Tras los apuntes

El párrafo más importante de Cien años de soledad. Por: Javier Aranda Luna

GaboGarcía Márquez confirmó en el libro Gabo. Cartas y recuerdos de Plinio Apuleyo Mendoza que en ese fragmento se encontraba toda la novela: su tono, su estilo y la hebra que habría de tensar la novela hasta la última línea del último capítulo


El capítulo más difícil de Cien años de soledad fue para Gabriel García Márquez la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios Buendía. Por ese texto despiadadamente fantástico tuvo la “desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podría ser afortunada que catastrófica”. No le preocupaban los hilos de sangre trepando las paredes, las mariposas ni el niño con cola de cerdo de la novela.

Era el año de 1967 cuando mandó copias a sus amigos y a los críticos más exigentes y francos que conocía para saber qué opinaban sobre la ascensión de Remedios Buendía. Confiaba en esta práctica, pues ya la había probado satisfactoriamente cuando uno de esos lectores le dijo a bocajarro, cuando apenas había cruzado unas palabras con él, que La hojarasca tenía un capítulo de más.

Después de pasar esa prueba definitiva, le puso punto final a los originales llenos de notas, anexos, textos escritos en el revés de las páginas que había escrito en la ciudad de México, la urbe que había decidido convertir en su residencia permanente después de una vida más o menos itinerante por su trabajo periodístico.

Cien años de soledad fue la primera novela que trató de escribir a los 17 años, según le confesó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en una carta memorable. La pensaba llamar La casa. Y aunque abandonó el proyecto por parecerle demasiado grande, desde entonces no dejó de pensar en él.

En esa misma carta, fechada el 22 de julio de 1967, García Márquez escribe que tenía atragantada esa historia “donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma y los maricas se bañan en albercas de champaña, las muchachas aseguran a sus novios amarrándolos con un dogal de seda…”.

En Gabo. Cartas y recuerdos de Plinio Apuleyo Mendoza recientemente publicado por Ediciones B, García Márquez confirma una verdad intuida por algunos de sus lectores: que en el primer párrafo de Cien años de soledad se encontraba toda la novela: su tono, su estilo y la hebra que habría de tensar la novela hasta la última línea del último capítulo.

Ese primer párrafo da cuenta de que más que una lección de humanidad García Márquez quería escribir un “larguísimo poema de vida cotidiana, la novela donde ocurriera todo”. Fue escrito 20 años antes que el resto de la novela y no cambió desde entonces una coma.

Según el escritor colombiano, lo más difícil a la hora de escribir Cien años de soledad fue precisamente ese primer párrafo inicial donde presente y pasado se engarzan, donde la fantasía y lo vivido son una y la misma cosa.

La publicación de estas cartas también dan cuenta de sus temores por el fardo de la fama; nos muestran cómo escribió algunas de sus más significativos cuentos y novelas y dan cuenta de algunos de sus viajes a Cuba, Rusia, Italia, Alemania y Venezuela.

Pero quizá lo más importante de estas cartas y recuerdos sea que nos permiten ver el revés de ese gran lienzo de la narrativa de García Márquez. Cuando la memoria se convierte en otra de las formas de la imaginación las cartas son constancia de lo vivido.

Para quienes han querido reducir la importancia de García Márquez a sus convicciones políticas, el autor de El coronel no tiene quien le escriba tiene una frase escrita hace casi medio siglo que pone las cosas en su sitio: “El deber revolucionario de un escritor es escribir bien”. No más, tampoco menos.

El Gabo íntimo de las cartas y recuerdos publicadas por Plinio Apuleyo Mendoza solo confirman con detalles poco conocidos el genio de uno de los grandes escritores hispanoamericanos de todos los tiempos. Allí se documenta su gusto por Brahms y por el trabajo periodístico, por el París que en los años cincuenta del siglo XX fue magneto de escritores y artistas, por el olor de la guayaba, las rosas amarillas y por la escritura como forma de vida.

Tomado de la publicación: www.jornada.unam.mx

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La desescolarización del mundo patas arriba. Por Gašper Kralj

Patas arribaPrologo a la edición eslovena de Patas arriba. La escuela del mundo al revés, de Eduardo Galeano, obra que “en cierto sentido es la continuación de Las venas abiertas de América Latina”.

El lenguaje cambió considerablemente, los conceptos se alteraron, y para describir el mundo tal y como hoy lo conocemos ya no basta decir simplemente que se trata de «la crisis del capitalismo más profunda en la historia moderna de la humanidad»: es necesario presentar pruebas. Y esto es lo que se propone el presente libro. Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998), basado en numerosos «estudios de casos», pone en evidencia las máscaras del sistema: en sus aulas enloquecidas rigen los valores invertidos con los que el capitalismo mantiene y justifica su poder global.

Por un lado, el libro puede leerse de un modo informativo: es posible que nos interese saber cómo y por qué se impuso la creencia de que «otro mundo no es posible». Por otro, puede leerse de un modo transformativo: tal vez nos despierte, incite y desafíe a empezar a reflexionar de una manera distinta sobre cuestiones que nos parecen obvias. En tal caso, esta peligrosa lectura no sólo influirá en nuestros pensamientos, sino también en nuestra relación con el mundo. Y parece que fue con este propósito que su autor, el escritor uruguayo y apasionado del fútbol, Eduardo Galeano, acordó una alianza secreta en complicidad con su compañero ausente, José Guadalupe Posada, el artista mexicano de principios del siglo veinte.

Galeano obtuvo reconocimiento con Las venas abiertas de América Latina (1971), obra en la que escribió aquellas páginas que la historia, esa bella durmiente (o ese «monstruo», depende del punto de vista), normalmente omite. Partió de la tesis de que «el subdesarrollo no es una etapa del desarrollo, es su consecuencia»; expuso los extravíos de los conquistadores e inquisidores, y luego de los economistas y tecnócratas convencidos de que América Latina sigue viviendo en la «infancia del capitalismo»; y, después de noventa noches en vela, en la oscilación entre el estremecimiento producido por cafeína y la concentración, entre las emociones y el riguroso trabajo mental, a finales de 1970 concluyó un extenso «panfleto político» de más de trescientas páginas al que no pronosticó más que «dos o tres años de vida».

El propio libro demostró cuánto se equivocaba. Pero no en lo referente a su tesis sobre el desarrollo desigual y sus «modelos de éxito», tan devastadores para la mayoría de la población mundial ―modelos en los cuales está basado también Patas arriba―, sino en cuanto a su «esperanza de vida». Aunque la ironía de Las venas abiertas molestó a los gobernantes sin sentido del humor pero con mucho sentido del terror estatal, sobrevivieron ambos: Galeano en el exilio ―entre los años 1973 y 1976 en Buenos Aires, luego en Barcelona donde vivió y escribió hasta que en 1984 regresó a su Montevideo natal― y el libro, sobre todo en América Latina, donde por aquel entonces lo rescataban de las autoridades, lo ocultaban en los pañales, se lo pasaban de mano en mano, lo leían en los autobuses y en los metros, lo citaban en los encuentros y en las reuniones secretas. Las venas abiertas sigue siendo hoy una de las obras esenciales no sólo para entender la otra historia de América Latina, sino sobre todo para comprender la rabia humana ante el desenfrenado despojo de las riquezas terrenas y subterráneas del continente.

En cierto sentido, Patas arriba. La escuela del mundo al revés es la continuación de Las venas abiertas de América Latina. Es verdad que entre ambas obras transcurrieron casi treinta años, pero el mundo sigue regido por las mismas leyes básicas: con la exportación de las riquezas naturales todavía se importa la miseria humana; los mayores comerciantes de armas todavía son los más fervientes pacifistas; y los peores contaminadores, los más entregados a la doctrina verde. Pero no obstante, como dice Galeano, hace tres décadas existía la convicción de que «la pobreza era fruto de la injusticia», mientras que hoy «es el justo castigo que la ineficiencia merece».

Por eso, en Patas arriba, que apunta no sólo a América Latina sino al planeta entero, Galeano pregunta otra vez: ¿de qué manera está conectada la pobreza con la injusticia? ¿Cómo están vinculados la ciencia y el derecho internacional con el racismo? ¿Cómo se justifican las leyes que excluyen a poblaciones enteras o incluyen solamente a aquellos individuos «productivos» que pueden ser impunemente desgastados y después de uso (y abuso) desechados? ¿Por qué las desigualdades económicas y sociales dentro del sistema capitalista sólo pueden aumentar?

Y también: ¿cuánto cuestan hoy los asesinatos de las personas y de los países? ¿Cómo hoy ejercen el poder, en lugar de las rígidas dictaduras militares, las dictaduras de los medios de comunicación y del capital financiero? ¿Adónde viaja el dinero y por qué, de forma inversamente proporcional al considerable progreso tecnológico, las horas de trabajo están aumentando, los salarios disminuyendo, y la seguridad social, con las restantes condiciones para una vida digna, desapareciendo? ¿De qué manera el tiempo libre y el estudio también se han vuelto dependientes del trabajo? ¿Cómo se han roto tantos vínculos de solidaridad?

Y para hacernos comprender cómo de verdad funciona este mundo, el mundo al revés, Galeano nos invita a una escuela en la que imparten clase distinguidos expertos, todos ellos catedráticos de neoliberalismo; a una escuela que instruye sobre la importancia del egoísmo, la competencia, la traición al prójimo y el autoengaño para el crecimiento personal y el éxito en la vida; a una escuela donde se enseña «Curso básico de injusticia», «Curso básico de racismo y de machismo», etc.

Pero Patas arriba no es «un libro fatalista». A pesar de que la solidaridad en la lucha contra el sistema de la época de Las venas abiertas se ha convertido en la lucha de uno contra otro y de todos contra todos, y aunque el dinero es el único fundamento firme (sólido) en el capitalismo tardío, Galeano no propone un «suicidio colectivo». Al contrario, para tratar los «temas depresivos» usa las armas del humor y de la ironía.

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La primera publicación de Galeano, una caricatura política, aparece en el periódico montevideano El Sol. Más tarde es corresponsal y editor del influyente semanal uruguayo Marcha, cuyo archivo es destruido por entero durante la dictadura de Bordaberry. Edita el diario Época y dirige una editorial universitaria. Exiliado en Buenos Aires funda y publica la revista Crisis hasta su partida a Barcelona. Después de volver a Montevideo, en colaboración con antiguos colegas editores, retoma las ideas de crítica social de la Marcha: en 1985 fundan el semanal Brecha.

Con Adolfo Pérez Esquivel, Ernesto Cardenal, Tariq Ali y otros, forma parte del consejo consultivo de TeleSUR, con sede en Caracas, que hoy, junto con Al-Jazeera, es la red televisiva independiente y no comercial más importante del mundo. Por una parte, en sus muchos e ingeniosos artículos «periodísticos» no se pueden pasar por alto sus ambiciones literarias; por la otra, él mismo dice que, de hecho, sólo descubrió el «universo literario» después de haber escrito Las venas abiertas de América Latina. En todo caso, parece que al sentarse ante el escritorio a escribir una columna para The Progressive, un artículo para La Jornada , o un nuevo libro, en este escritor templado cada vez se despierta aquel chico de catorce años que ―hace casi seis décadas― preparaba en Montevideo la que sería su primera publicación.

La obra literaria de Galeano se caracteriza por los escritos cortos. Con textos cada vez más breves, quiere decir más con menos palabras; él mismo afirma que «no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida […]. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia».[1]

En el «desnudamiento del lenguaje» toma por modelo los consejos de su primer maestro, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, el cual, durante las primeras tentativas literarias de Galeano, cuando éste se inclinaba atormentado sobre el papel en blanco, le recomendó que eligiera las palabras con sensibilidad. «Siempre me decía: “Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”».[2]

De ahí que Galeano no tenga un «horario» fijo para escribir a diario. Al contrario, de los músicos cubanos aprendió a ponerse a escribir solamente cuando le «escuecen las manos». El proceso creativo que sigue a la inspiración lo compara al acto de tejer: así como el tejedor urde el tejido con hilos multicolor, él entrelaza en sus textos las hebras de palabras que son las emociones, ideas, experiencias, memorias… Y, como dice, estas hebras son producto, a la vez, de «la razón y el corazón. Son ideas sentipensantes, no son ideas que pertenecen solamente al dominio de la razón. Están muy vinculadas con lo que se siente en las entrañas, provienen de esas voces misteriosas que la razón a veces no es capaz de entender, pero que es capaz de organizar».[3]

La temática literaria central de Galeano fue y sigue siendo la memoria. El mejor ejemplo es la trilogía Memoria del fuego (1982 – 1986), que al mismo tiempo es una de sus obras principales. En el primer libro, Los nacimientos (1982), se inspira en los mitos originarios indios y en la tradición oral precolombina y, a partir de la conquista, lo hace en los capítulos omitidos de la historia colonial temprana, hasta finales del siglo XVII. El segundo libro, Las caras y las máscaras (1984), es un mosaico de narraciones, que se opone a los libros escolares oficiales sobre la historia americana de los siglos XVIII y XIX. En él trata sobre el imperio británico en Cuba que en sólo diez meses convierte el país en una fábrica de azúcar; sobre las trece pobres colonias sin oro, sin plata y sin azúcar; sobre la primera novela americana, en la que los europeos no creen en los sueños, pero se imaginan cosas que son todavía más increíbles; sobre las promesas traicionadas de los conquistadores y de las profecías cumplidas de los guerreros indios.

El tercer libro, El siglo del viento (1986), continúa de esta manera hasta los años ochenta del siglo XX. Está compuesto por las historias de América, que es la del Norte y cuyo Sur no existe; de las revoluciones y los revolucionarios, de Zapata, Madero, Pancho Villa; del «casi» poder, de la reforma agraria y del primer ataque «terrorista» en los Estados Unidos; del arte, de Frida Kahlo y Diego Rivera; de las aventuras amorosas de las multinacionales, de la bananización y la impotencia de los estados marioneta; de los colegas escritores, de Márquez, Neruda, Onetti, Cortázar, Rulfo, Borges, Carpentier, Walsh, Hemingway, Faulkner, del antropólogo Ribeira; del Lenin mexicano; de Al Capone que llama a la defensa contra el peligro comunista; del optimismo de Trotski que junto con su esposa Natasha en Coyoacán se alegra por cada mañana nueva; de Sandino, Árbenz, Che, Castro, Domitila, Allende; de Cuba que amanece sin Batista; de Guatemala de la que se apodera Castillo Armas y pone fin a la década de la restauración democrática del país; de Nicaragua, donde Somoza está presente siempre y en todas partes; de la guerra del Vietnam, de Martin Luther King, del rock’n’roll y Rockefeller; de la matanza de los estudiantes en Tlatelolco; del Chile bajo Pinochet y la Argentina bajo Videla; de los presos políticos uruguayos, etc.

Pero Memoria del fuego no es sólo un compuesto de descripciones literarias de los acontecimientos rompedores, los grandes episodios históricos y sus sospechosos habituales, sino, sobre todo, de sus voces desoídas y de los detalles no vistos, elaborados con esmero y entrelazados en historias designadas y ordenadas por años para posibilitar al lector el fácil movimiento hacia adelante y hacia atrás en el tiempo. Con una distinción significativa: que todas están escritas en tiempo verbal presente. Como dice Carlos Fuentes: «El pasado humano se llama Memoria. El futuro humano se llama Deseo. Ambos confluyen en el presente, donde recordamos, donde anhelamos».[4]

De ahí que el amplio collage de relatos, algunos de unas pocas frases, funcione como una serie infinita de fotografías datadas: puede que nos atraiga una historia que irrumpe implacablemente del pasado al presente, puede que nos interese el contexto y que consultemos para nuestro estudio posterior el material adicional que Galeano anota bajo el texto con número bibliográfico adjunto. Al mismo tiempo añade que Memoria del fuego no es obra de un historiador, sino de un escritor; no es un «almanaque histórico» sino una «creación literaria», con la que quiere «contribuir al rescate de la memoria secuestrada».

Después de haber escrito Las venas abiertas, una obra completa e íntegra en la que con precisión cirujana hizo una disección del capitalismo periférico y de sus consecuencias para América Latina y sus habitantes, renunció al grand récite. Y tras escribir Memoria del fuego, renuncia también al coherente orden cronológico del texto. Por lo tanto, en sus obras posteriores, la búsqueda de conexiones y la creación de constelaciones de historias particulares extraídas de fuentes tan distintas como las advertencias de los dioses y los mensajes de los graffiti, las dejó al propio lector. El campo de la literatura «fragmentaria» lo descubrió por completo con El libro de los abrazos (1989). Este no está escrito al «estilo de una novela de amor o de piratas» y su objetivo tampoco es una «reinterpretación lineal de la historia cultural». Las historias enmarcadas forman más bien una baraja de cartas, compuesta tanto por el terror como por las bellezas de América Latina.

Página tras página están llenas de testimonios de personas que resplandecen con fuegos diferentes; de la pobreza, que es tan generosa como la riqueza es rapaz; de los «nadies» que cuestan menos que la bala que los mata; de los pueblos que mueren por los ideales de la revolución social con el mismo ardor con que el amor nace del dolor… Desde El libro de los abrazos hasta Espejos: una historia casi universal (2008), universo de casi seiscientos fragmentos, Galeano se está dirigiendo hacia «un lector mucho más complejo, mucho más exigente en materia espiritual», mientras que su literatura no se inserta con facilidad ni entre los cuentos ni entre los relatos breves, pues se resiste tenazmente a cualquier clasificación.

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Galeano derriba las fronteras. Él mismo dice que en vez de escritor debería ser «contrabandista, delincuente».[5] Sus libros no pertenecen a ningún género literario y al mismo tiempo contienen elementos de muchos. A pesar de esto, algunos críticos designaron Patas arriba. La escuela del mundo al revés como su «regreso» del área de las bellas letras al campo de la literatura políticamente comprometida, incluso al de la de protesta.[6] Otros comentaristas constataron que de hecho se había adelantado a los críticos que le reprochaban «didactismo innecesario» autoproclamándose «instructor» de la escuela cuyas perversas lecciones son las ú nicas adecuadas para comprender el capitalismo actual.[7] El viejo maestro respondió con su conocido tono irónico: «Etiquetar es siempre peligroso».

Las polémicas discusiones sobre la literatura políticamente comprometida, tan características de los círculos literarios latinoamericanos a partir de la segunda mitad del siglo XX, época en la cual caben también las obras de Galeano, han dividido a los autores por lo menos en tres grupos diferentes. En el primero se hallan los que abogaron por la total autonomía de la literatura y del arte en general, y así liberaron formalmente al autor y a su obra de los vínculos éticos y políticos con la comunidad. En el segundo, los aficionados a la literatura «revolucionaria», que floreció sobre todo con el empuje del triunfo cubano y se extendió por toda América Latina, durante los años siguientes a la caída de Batista, como «herramienta» a manos de la revolución.

A pesar de su maestría literaria, a los primeros les criticaron los segundos por su «apoliticidad» ante el ascenso de las dictaduras militares. A los segundos les criticaron los primeros por su realismo social, sus novelas de tesis, por la devastación del lenguaje (incluso a través de la sobreabundancia de palabras), el adoctrinamiento ideológico, la retórica política, o sea, por la «poca profundidad» de sus obras. El tercer grupo se estableció en la intersección de los dos. Ahí se encontraban los escritores que intercedían a favor de la idea de libertad literaria,[8] pero al mismo tiempo también de la de responsabilidad individual y colectiva de los autores ante la necesidad profundamente sentida de radicales cambios sociales.[9] Su dilema recuerda a la disyuntiva de Orwell: del mismo modo que él «en una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos», pero ante el ascenso del nazismo en Europa y del franquismo en España se vio obligado a «convertirse en una especie de panfletista», aquellos escritores latinoamericanos testigos de las sangrientas dictaduras que por toda América Latina aniquilaban las vidas humanas para aplastar los ideales de la revolución social, renunciaron al «egoísmo agudo», al simple «entusiasmo estético» y al mero «impulso histórico».

En efecto, de «panfletista » Galeano pasó a ser escritor. Pero, desde los años setenta del siglo pasado hasta ahora, no ha dejado de ser un inagotable e implacable crítico del sistema, acompañante de los movimientos sociales y luchador por la justicia en el continente americano y en el mundo. A finales de mayo de 2011 en todos los comentarios acentuaba sobre todo, en lugar del premio por el cual había sido invitado a España, el significado de la acampada y de la ocupación de las plazas, en las cuales participó tanto en la Puerta del Sol en Madrid como en la Plaça de Catalunya en Barcelona.

Ante el desacuerdo fundamental entre el sistema político y la nueva generación de activistas que ya no cree en los partidos políticos ni en los rígidos sindicatos, considera que ellos eligieron el nombre apropiado, indignados, pues el mundo se divide entre los indignos y los indignados, entre los que en colaboración con los medios de comunicación de masas tratan de conservar el sistema vigente, y aquellos que, desde los barrios griegos antiautoritarios, la aventura egipciana democratizante, el experimento popular español, las feroces luchas por la educación libre y gratuita para todos en las calles de Santiago de Chile, hasta el Wall Street ocupado en septiembre del 2011, etc., resisten decididamente al sistema capitalista global.

Al mismo tiempo, Galeano no deja de creer en el oficio de escritor: no consiente ni la actitud autoexcluyente de los autores que escriben y al mismo tiempo afirman que «escribir no tiene sentido en un mundo donde la gente muere de hambre», y aún menos la de aquellos que convierten la literatura en un objeto de deseo burgués, que en este mundo es accesible solamente a los que pueden comprar libros.

Su escritura es la denuncia del «control policial del lenguaje»; y precisamente Patas arriba es la denuncia del vocabulario de los expertos en relaciones internacionales, de los líderes de la opinión pública y de los estrategas militares, todos ellos enemigos «lingüísticos» contemporáneos de la crítica social y del pensamiento en general. Es la escuela de la época en la que las bombas se han hecho inteligentes, en la que la dictadura de los medios de comunicación se llama derecho a la información, en la que la educación se ha convertido en la administración del conocimiento…

Por otro lado, aboga por la creación literaria liberada de la ideología dominante, de las prescripciones estilísticas, del valor de cambio económico y del fetichismo de la mercancía impuestos por la construcción capitalista del mundo a la literatura y al arte en general. Al mismo tiempo no asiente ni a la llamada literatura «revolucionaria», a la que considera, si está escrita para los convencidos, tan «desertora» como «una literatura conservadora consagrada al éxtasis en la contemplación del propio ombligo». Además, en relación con el «compromiso político» de las obras literarias, añade: «Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una mala novela de huelgas. No comparto el criterio de una literatura política que además, en general, es aburridísima».[10]

Convencido de que la literatura quedará bloqueada de una o de otra manera mientras que los medios de comunicación se ocupen de la «imbecilización colectiva», Galeano persiste en su tarea básica: «rescatar la palabra, usada y abusada con impunidad y frecuencia para impedir o traicionar la comunicación». Ya en 1977 en el artículo Defensa de la palabra escribe: « “Libertad” es, en mi país, el nombre de una cárcel para presos políticos y “Democracia” se llaman varios regímenes de terror; la palabra “amor” define la relación del hombre con su automóvil y por “revolución” se entiende lo que un nuevo detergente puede hacer en su cocina».[11]

De manera similar, tres décadas más tarde, está «rescatando» palabras que en el diccionario preestablecido por la organización neoliberal del mundo han sido sustituidas por otras más aceptables: «el capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado»; «el imperialismo se llama globalización»; «las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de desarrollo»; «el oportunismo se llama pragmatismo»; «la traición se llama realismo»; «los pobres se llaman carentes»; «el derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación se llama flexibilización del mercado laboral».[12]

Por una parte, Galeano «rescata» palabras para desenmascarar el sistema. Pues considera sospechoso todo lo que se da por supuesto en el mundo que tenemos ante nuestros ojos (y que precisamente por eso ni siquiera solemos verlo). Por la otra, en su trabajo de escritor, sigue fiel a los principios basados en el lazo indisoluble entre «la ética y la estética, entre la justicia y la belleza». Y, si por ello resulta «prehistórico», él mismo asume el cargo de tales acusaciones.

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Patas arriba. La escuela del mundo al revés es una especie de «manual» para leer las noticias diarias. Galeano propone un método simple: leer las declaraciones de los gobernantes al revés, pues todos sin excepción «prometen cambios y en el gobierno cambian, pero cambian… de opinión». En esta escuela aparecen, unos al lado de otros, los políticos, los líderes de la opinión pública, las cenicientas neoliberales de las telenovelas, los antihéroes desde Hussein, Bush, Bin Laden, Gadafi… y todos los que, cada uno en su momento de resplandor y fama internacional, ganaron el prime-time y los papeles principales en el cine de terror: los comerciantes de seguridad, los expertos policiales, los propietarios de las cárceles, los científicos que subordinaron el saber científico al poder imperial de los centros globales, la reina del opio Victoria de Inglaterra, los banqueros del Vaticano y de otras partes.

Y, aunque sólo en los últimos dos capítulos, también están presentes aquellos que resisten a tal escuela. Sus voces y sus caras por lo general no aparecen en las noticias diarias, y si lo hacen, es tan solo en la prensa amarilla. En este sentido, al final del libro nos encontramos como en el patio escolar de la imaginación política. Allí se hallan los individuos y los grupos que no obedecen a sus maestros, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, los movimientos sociales que ocupan las calles en vez de asistir a clase: los Indios que han enmascarado sus rostros para «desenmascarar el poder que los humilla»; los campesinos sin tierra que en la tierra ocupada y expropiada a las multinacionales cultivan alimentos para sus familias; los activistas que luchan por el derecho a la bancarrota, a no pagar las deudas a los financieros y banqueros, a la renta básica garantizada independiente del empleo, a la vivienda para todos, a la educación y a la asistencia médica gratuitas. Entre ellos resuenan las consignas «¡Nadie nos representa!» y «¡Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir!».

Allí está naciendo el «mundo nuevo, mundito nomás por ahora» de Galeano. También es ahí donde, al fin y al cabo, reside la utopía, la que siempre está tan sólo a un paso o dos delante del horizonte.

Por un lado Patas arriba. La escuela del mundo al revés se erige en la era del neoliberalismo, en la época del dominio del capital financiero, del desarrollo de los medios de comunicación y del florecimiento de la sociedad global de consumo. Por otro lado, en vez de un análisis político-económico, tenemos ante nosotros un entero «plan de estudios» entretejido con materia literaria explosiva. De ahí que podamos leer el libro «desde el principio hasta el final»; elegir la «asignatura» preferida y leerlo por separado; o abrirlo al azar y, junto con Alicia en el país de las maravillas de Galeano, a través de las anécdotas enmarcadas, echar un vistazo en cualquier momento al mundo en el espejo, al mundo al revés.

Galeano no es un «optimista profesional», pero al mismo tiempo tampoco deja «el pesimismo para tiempos mejores». Sostiene el principio de que «dentro de una sociedad presa, la literatura libre sólo puede existir como denuncia y esperanza». Por eso, Patas arriba representa una contribución importante a lo que Ivan Illich denomina «la desescolarización de la sociedad». Dice Illich que la escuela se ha vuelto «el más grande y el más anónimo de todos los patrones», al mismo tiempo «un nuevo tipo de empresa, sucesora del gremio, de la fábrica y de la sociedad anónima», y una verdadera «agencia de publicidad que le hace a uno creer que necesita la sociedad tal como está».[13] Y así como este pedagogo radical colocó «la desescolarización de la sociedad» en el primer plano de todos los proyectos para la «liberación del hombre», Patas arriba viene a ser una rebelión contra el aislamiento individual y colectivo y, por tanto, una muestra del compañerismo y la solidaridad que Galeano desea que ayuden al mundo patas arriba a ponerse en pie.

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Notas:

[1] Eduardo Galeano, «Sobre el arte de un escritor», http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/galeano.htm (accesible el 28 de septiembre de 2011).

[2] Ibid.

[3] Carlos Aznárez, «Eduardo Galeano: ‘Cada vez es más difícil ser diferente’», http://sololiteratura.com/gal/entcadavezesmasdificil.htm (accesible el 28 de septiembre de 2011).

[4] Carlos Fuentes, La gran novela latinoamericana, Editorial Alfaguara, Madrid, 2011, p. 28.

[5] El novelista, ensayista, poeta, miembro del influyente grupo literario Sur y primer traductor de Theodor W. Adorno, Max Horkheimer y Walter Benjamin al español, Héctor Álvarez Murena, en sus Ensayos sobre subversión (1962) describe así tales «delincuentes con pasión escrituraria»: «Consideremos más atentamente estas vidas. En apariencia ociosos, al margen de la sociedad, aunque obstinados en influir sobre ella, sin distingos de clase, por cierto. Conciliábulos, fraternidades, movimientos regidos por consignas, olfato diabólico para percibir amigos potenciales y enemigos encubiertos. Difusión solapada de ideas que (precisamente por la forma en que se las maneja) resultan sospechosas de ilicitud. Tráfico de libelos redactados bajo el secreto y la noche. Excitabilidad desmesurada, temblores, síntomas permanentes de expectativa e intranquilidad… ¿No basta? ¿No se han configurado ya ante nosotros los rasgos de una cara infrecuente, pero característica, la cara repulsiva o atractiva (según el partido desde el que se la mire) de quien con su ansiosa actividad busca derrocar el orden constituido, del conspirador, del subversor? ». Héctor Álvarez Murena, Ensayos sobre subversión seguido de El nombre secreto, Editorial Octaedro, Barcelona, 2002, p. 31.

[6] Isabel Fonseca, «A Land in Exile From Itself», http://www.nytimes.com/books/00/11/12/reviews/001112.12fonsect.html (accesible el 28 de septiembre de 2011).

[7] Mark Engler, «Whither a New Internationalism?» http://www.democracyuprising.com/2002/07/whither-a-new-internationalism/ (accesible el 28 de septiembre de 2011).

[8] En 1970, en ocasión de la celebración del décimo aniversario de la Casa de las Américas en La Habana, Julio Cortázar dijo: «Yo creo, y lo digo después de haber pensado largamente todos los elementos que entran en juego, que escribir para una revolución, que escribir dentro de una revolución, que escribir revolucionariamente, no significa, como creen muchos, escribir obligadamente acerca de la revolución misma». Julio Cortázar, «Algunos aspectos del cuento», primera publicación en la revista Casa de las Américas, no. 60, 1970, La Habana, http://www.literatura.us/cortazar/aspectos.html (accesible el 28 de septiembre de 2011).

[9] Gabriel García Márquez, por ejemplo, opina así: «Nunca hablo de literatura, porque no sé lo que es, y además estoy convencido de que el mundo sería igual sin ella. En cambio, estoy convencido de que sería completamente distinto de no existir la policía. Pienso, por tanto, que habría sido más útil a la Humanidad si en vez de escritor fuera terrorista». Javier García Sánchez, «Ser sido…», en: Anthony Percival (ed.), Escritores ante el espejo: estudio de la creatividad literaria, Editorial Lumen, Barcelona, 1997, p. 338.

[10] Eduardo Galeano, » Sobre el arte de un escritor ,« http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/galeano.htm (accesible el 28 de septiembre de 2011).

[11] Eduardo Galeano, Nosotros decimos no: crónicas (1963/1988), Siglo XXI editores (séptima edición), México, 2001, p. 224.

[12] Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, Siglo XXI editores (sexta edición), México 2003, p. 41.

[13] Ivan Illich, Deschooling Society, CIDOC, México, 1970, http://philosophy.la.psu.edu/illich/deschool/ (accesible el 28 de septiembre de 2011).

Tomado de la publicación: www.rebelion.org

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Laura Restrepo vapulea “el viejo sueño global americano”. Por: Mónica Mateos-Vega

Hot SurLa escritora colombiana promueve en varios países Hot sur, su novela más reciente. A la voracidad capitalista sí se le puede poner un signo de igual con el agotamiento del planeta y sus recursos, dice la escritora y sentencia: “El panorama cambia o vamos de cabeza al desastre”

En la novela más reciente de Laura Restrepo, Hot sur, “el viejo sueño global americano sale muy vapuleado”, señala la autora, quien luego del retraso para el lanzamiento mundial de esta obra y un accidente que sufrió en septiembre del año pasado, se encuentra totalmente recuperada y lista para dar a conocer su crítica feroz al mundo occidental capitalista y sus falsos sueños de prosperidad.

En entrevista con La Jornada, explica: “Quise ubicar la novela en esta nueva etapa por la que pasa el planeta, de derrumbe de los viejos sueños y búsqueda de otros nuevos. Hace unos años, sólo los de izquierda creíamos que el capitalismo no era la respuesta al derecho a la vida digna y la felicidad. Hoy esto lo viven millones, sin necesidad de mucha teoría, apenas con la constatación cotidiana del montaje de unos bancos que roban sin pudor y mandan a países enteros a la quiebra, y de unos gobiernos al servicio de esos bancos, con el resultado de que la gente del montón se queda sin techo, sin trabajo, sin educación ni salud. Sin futuro”.

La escritora colombiana considera que todo aquello que parecía memorial de agravios contra el llamado tercer mundo, “hoy es pan de cada día también en el primero. Además, la ecuación capitalismo igual a democracia va resultando difícil de tragar. En cambio, a la voracidad capitalista y a su afán de lucro sí se le puede poner un signo de igual con el agotamiento del planeta y sus recursos.

“O el panorama cambia, o vamos de cabeza al desastre, esa es una sensación bastante generalizada. Y no parece fundada la esperanza en que el poder asuma su responsabilidad en la crisis y se dulcifique o humanice. Como dice Slavok Zizek: para el capitalismo es más fácil concebir el Armagedón, que su propio cambio estructural”.

Desilusión y pesadilla

En Hot sur (publicada por Planeta), continúa Restrepo, hay personajes “de todo plumaje: Ian Rose, un hombre marcado por la pena, padre de un muchacho asesinado, quien se mete en camisa de once varas y se aventura en un mundo muy ajeno al suyo con tal de recuperar fragmentos de la memoria de su muchacho.

“La madre, Bolivia, una latina que sueña con el norte, llega allá como indocumentada y se quiebra el lomo trabajando hasta que, años más tarde, logra traer a sus dos hijas, María Paz y Violeta, a las que ha dejado atrás, en su tierra de origen, muy pequeñas y cada una en una ciudad distinta, al cuidado de una familia distinta. Cuando las dos muchachas llegan por fin, lo que les espera no es el sueño, sino la desilusión y la pesadilla. María Paz se casa con un policía estadunidense y blanco para obtener papeles, pero más tarde es acusada del asesinato del tipo y va a parar a la cárcel. A partir de ese momento, su único propósito es escapar con su hermana de Estados Unidos. Si la madre soñaba con llegar, ellas viven la gran aventura recorriendo el camino inverso: tratando de largarse de ahí.

“El elemento en común entre los diversos personajes, es que todos van dejando su historia por escrito, por diversos medios: diarios íntimos, cartas, correos electrónicos, cuadernos de notas, ejercicios en clase, declaraciones a los medios, supuestas entrevistas.

“Como autora, me adjudiqué un papel más bien de escribana: quise transcribir lo que ya estaba escrito por los personajes. Que fueran ellos quienes le hablaran directamente al lector, o mejor dicho, que el lector pudiera entrar en contacto con los personajes sin sentir como una imposición la presencia del escritor.

“Todo es juego, desde luego; convención narrativa. Pero contra el espejismo de que los personajes son parte de una realidad social, quise pintarlos como lo que son, criaturas de papel, hechas con palabras. En últimas, cada personaje es lo que relata sobre sí mismo”.

La narradora reconoce que lo más difícil al escribir Hot sur, fue “ir armando una estructura complicada, con distintos planos temporales, varias voces narrativas e historias cruzadas, sin que se me cayera todo el aparataje encima.

“De pronto llegaba a un callejón sin salida: nada empataba con nada, y parecía que meses de trabajo iban a dar al traste. Era para jalarse los pelos. Venían entonces noches en blanco, tratando de buscarle salida al atolladero, y culpándome a mí misma por haber ido tan lejos en la escritura sin darme cuenta de que aquello desembocaba en un gran enredo.

“Pero poco a poco cada pieza fue encajando en su lugar, y la estantería se tuvo en pie. Menos mal. Otra dificultad fue narrar la historia en bilingüe, no desde el punto de vista del lenguaje, sino del sicológico. Tratar de enfocar el choque de culturas sur-norte desde los dos puntos de vista. Para mí estaba bastante claro cómo veíamos los latinos a los gringos, pero no viceversa. Fue interesante el ejercicio de tratar de descifrarlos”.

FUERZA VIVA E IMPULSO DE LIBERTAD

¿Qué le descubrió su novela una vez concluida?, ¿hacia qué caminos la llevó, tanto en lo literario como en lo personal? y ¿qué huella deja en su pluma?

―El tema de Hot sur es duro, incluso brutal por momentos. A los personajes los hice sufrir y pasar por las mil y quinientas. Pero al mismo tiempo traté de ir cuidando al lector página tras página, para que no se aburriera, no se sintiera abrumado, no se perdiera en los vericuetos de la trama. Que en medio de una escena sangrienta, también pudiera reírse un poco.

“Creo que andamos crucificados en una falsa disyuntiva, entre lo que llaman bestseller, y lo que se considera literatura seria. En Hot sur quise ignorar esa jerarquización, tan manipulada. Mira, los autores del siglo XIX eran unos genios para escribir por todo lo alto, contando al mismo tiempo historias apasionantes. En cambio, en las décadas recientes, se impuso una tendencia hacia lo pedante, y autor que no clavara un rollo macabeo, no se consideraba culto ni valioso. Los lectores, que no son tontos, desertaron masivamente hacia géneros que mantienen la pasión por la trama, como la novela negra, o el ensayo, que va directo y sin subterfugios novelescos a las interpretaciones y los contenidos, si eso es lo que se busca.

“Entonces, ¿por qué no intentar hacer novela con todos los recursos literarios, sin simplificaciones ni facilismos, pero sin apantallar al lector con el despliegue, sin aplastarlo con la supuesta sabiduría del autor?, ¿no puede ser seria una historia que apasione? Quién sabe si lo habré logrado con Hot sur, pero al menos eso me propuse.

“En esta novela, el sur es la migración, el desplazamiento, como fuerza viva e impulso de libertad, valor para perseguir sueños, rebeldía contra las imposiciones del poder, vocación de aventura. El sur, no tanto como punto cardinal, no tanto como ubicación en el mapa. Más bien como contraposición a la petrificación de un sedentarismo que pretende encerrarse para que no lo despojen de sus bienes, y que se amuralla, e impone visas imposibles y leyes discriminatorias para dejar a los recién llegados por fuera. En Hot sur, el Sur (con mayúscula), representa lo novedoso, los caminos abiertos, la solidaridad, el futuro”, concluye.

La novela se encuentra ya en librerías mexicanas. Laura Restrepo realiza una amplia gira de promoción por Madrid, Barcelona, Bogotá, Quito, Lima, Caracas, Santiago de Chile, Montevideo y Buenos Aires. En México, presentará Hot sur en junio.

Tomado de la publicación: www.jornada.unam.mx

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Guerra (simbólica) al capital. Por: Oriol Alonso Cano

“La guerra simbólica. Hacia una semiótica para la emancipación”Reseña de “La guerra simbólica. Hacia una semiótica para la emancipación” de Fernando Buen Abad Domínguez

La guerra que el capitalismo libra al mundo libre de sus ataduras ya no es solamente material sino que, por el contrario, la contienda se desenvuelve principalmente en el horizonte simbólico, en el plano semiótico. Simplificando un tanto (inmerecidamente) la cuestión, esta sería la provocativa y lúcida tesis que vertebra la totalidad de la obra de Fernando Buen Abad Domínguez. Si hasta hace pocas décadas, el yugo del capitalismo se manifestaba de una forma estructural, producto de la desigualdad económico-social que genera la inevitable lucha de clases, en los últimos tiempos el territorio donde el dominio capitalista mejor se desenvuelve es en el imaginario, expresado psicoanalíticamente. De ahí que, una de las formas más eficaces que tiene de legitimarse estriba en servirse de toda una serie de aparatos de orden simbólico –medios de comunicación, industria cultural….) para no sólo difundir e inocular su mensaje, sino también para estructurar de una forma prístina la experiencia de los sujetos.

Siguiendo las tesis de Abad Domínguez, muy cercanas en el espíritu a las planteadas por Zizek a lo largo de su crítica a la ideología, la eficacia semiótica del discurso capitalista se erige en uno de los mecanismos más útiles para generar la ideología propia del paradigma capitalista. Sin embargo, no se trata, como nos expone la perspectiva tradicional, de que lo ideológico se constituye en el mero reflejo de una infraestructura caracterizada por las desigualdades y desequilibrios económicos, producto de la apropiación de capital por parte de una clase determinada del orden social, sino que la cuestión estriba en que la ideología es un instrumento que genera por sí sola realidad. Al servirse de todos los instrumentos simbólicos (entre otros), la ideología se encarga de generar experiencia en el sujeto. Dicho sucintamente, lo ideológico no sólo oculta el auténtico estado de (desigualdad) las cosas, ya que además se encarga de gestionar, forjar y producir una nueva realidad en los individuos. Evidentemente, dicha realidad novedosa, se halla perfectamente acorde con la lógica explotadora que caracteriza el capitalismo. Ahora bien, la ideología ya no es solamente el reflejo especular de un orden material, sino que ella goza de una cierta dosis de autonomía y, por ese motivo, se encarga de producir por sí misma realidad.

Al exhumar este carácter estructural que goza lo semiótico para con la percepción que tiene el sujeto de la realidad, la obra de Abad Domínguez, se erige en uno de los análisis más penetrantes y diáfanos del verdadero devenir del paradigma capitalista.

Tomado de la publicación: www.rebelion.org

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La racialidad cuestionada. Por: Aurelio Alonso*

Zuleica Romay

Zuleica Romay (Autora del libro: Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad)

En realidad nos encontramos ante el resultado de una de las investigaciones más serias realizadas sobre el tema de la racialidad en el escenario cubano, al cabo de medio siglo de un escabroso proyecto socialista en el cual las discriminaciones por el color de la piel y por la diferencia de sexo (racismo y machismo) fueron consistentemente repudiadas por el discurso oficial dentro de un modelo basado en la igualdad social.

El ensayo comienza con una sección introductoria desprovista de formalismos, pues se dedica a constatar que, aunque reconozcamos la complejidad de los mecanismos de formación y reproducción social de los prejuicios raciales, así como la existencia de factores que estimulan su persistencia y mutación, tenemos que admitir que “la Revolución aún no ha erradicado el problema racial”, lo cual genera en muchos de los cubanos una sorda frustración (20). Quiero subrayar con ello que la autora va al grano desde las primeras líneas, enunciando sin rodeos lo que sus resultados de investigación dejan comprobado, de manera suficiente y constructiva a la vez.

En consecuencia, lo que sigue a este enunciado es un minucioso esfuerzo de demostración que no escatima reconocimientos a la voluntad política, las acciones puntuales, los logros alcanzados y la diferencia abierta de cara al pasado, pero que identifica con claridad las insuficiencias, los vacíos e incluso los retrocesos a los que han forzado el peso de los lastres y los giros de las coyunturas. Al tiempo que nos ofrece referencias que alertan la posibilidad de complicación aún de la recurrencia del efecto discriminatorio que hoy observamos si no se le encuentra una forma eficaz de erradicación.

Personalmente considero que la discriminación constituye uno de los problemas, o anomalías sociales más difíciles de superar. Diría yo que solo superable, en cualquiera de sus manifestaciones, a partir de un patrón capaz de remontar la mirada sujeta a la estructura de clases antagónicas. En esto consiste, a mi juicio, la mirada específicamente socialista. Y no se refiere exclusivamente al  color de la piel o al origen étnico, a pesar de que la discriminación racial tal vez constituya la expresión más grotesca de “percepción sobre la inferioridad del ‘otro’”. (37)

La discriminación, en el sentido más general se define como expresión de etnocentrismo (dislike the unlike o desagrado hacia lo diferente), para decirlo en los términos aparentemente desideologizados de la sociología positiva. Sin embargo, no conozco hoy búsqueda seria que no parta del reconocimiento de que en la práctica la mayoría de los efectos discriminatorios relevantes se fundamentan en  patrones de dominación y opresión vistos como manifestación de poder y privilegios (dominio político, económico y social).

Para no quedar en el enunciado, comencemos por observar que el rico discrimina al pobre en todos los regímenes de explotación hasta nuestros días,  por su escasa preparación cultural, su atractivo físico supuestamente inferior, sus manos callosas, su dentadura mal cuidada, su atuendo ajado, su mala vivienda, sus costumbres toscas. El pobre carece de todo lo que la riqueza proporciona.

La discriminación racial se revela vinculada a una historia de poder y de riqueza, y en nuestra América ha sido Aníbal Quijano uno de los pensadores que con mayor acierto ha puesto de relieve la relación entre “racialidad y colonialidad”, que Zuleica maneja al referirse a la permanencia de la subordinación mental “aunque las relaciones sociales parezcan afirmar lo contrario” (217).

La discriminación por el sexo (en esencia del hombre hacia la mujer) también atraviesa la historia de las clases sociales, y se cruza con la discriminación racial, en tanto la mujer no blanca queda sujeta a la superposición de dos efectos discriminatorios.  La discriminación religiosa, principalmente de  religiones hegemónicas hacia otras minoritarias, pero también la discriminación religiosa desde la esfera política. Esta ha sido el caso de la realidad social cubana hasta hace apenas dos décadas y también se cruza, de cierta manera con el tema de la racialidad, aunque esto tendría que ser materia de otro trabajo.

Y ni siquiera podría ponderar cuantas formas de discriminación significativas podrían ser enunciadas. Más reciente que nuestra reacción a la discriminación religiosa ha sido el enfrentamiento a la homofobia. Y me pregunto si no habría que codificar algunas expresiones de discriminación al pensamiento allí donde el discurso político se presume portador por antonomasia de la verdad.  Aludo a las primeras porque en la historia cubana se cruzan con sistematicidad, y Zuleica no las pasa por alto, aunque tampoco pretende agotar estas relaciones.

Los tres capítulos que siguen nos ponen en la perspectiva formativa de la racialidad en la sociedad cubana. “Mito, sociedad y racialidad en Cuba” se identifica con la tesis de Adolfo Colombres: “… el tiempo del mito no es un tiempo pasado sino un tiempo metahistórico, que comprende también el presente y el futuro” (54). El ensayo lo aborda precisamente así, buscando en el pasado, explicando el presente, previendo futuros.

Un rápido recorrido por nuestra historia nos muestra como “los ideólogos… [que] clamaban por la abolición de la trata [esclavista]… postergaban la erradicación del sistema productivo que la hacía indispensable” , por lo cual en la polémica de la época se impuso diferenciar entre trata y esclavitud, “caras de la misma moneda que el temor al descalabro económico, por un lado y a las rebeliones de esclavos, por el otro convirtió en problemas diferentes” (40). Desplazar la mirada hacia el pasado obliga a colocarnos allí, para no imponerle nuestros esquemas de presente, aunque sin ellos sea imposible comprender aquellos tiempos.

En la lucha contra el poder colonial, que conectó en la aventura revolucionaria cubana, como en pocas de las gestas de nuestra América, independencia y abolición, nos recuerda Zuleica, a pesar de ello, las actitudes ambivalentes de prominentes figuras blancas (como Salvador Cisneros Betancourt, Serafín Sánchez, Bartolomé Masó, Calixto García) hacia el liderazgo de Antonio Maceo debidas al prejuicio racial. Y con posterioridad los prejuicios raciales de Manuel Sanguily y de otros.

Por eso también sobresale la excepcionalidad martiana al abordar el tema del negro como sujeto y no como objeto y aportar el pronunciamiento definitivo de superación: su rechazo a nada que se sostuviera en el concepto de raza. “El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre y ya se dicen todos los derechos”[1].

Al diseccionar los mitos, Zuleica señala: “Uno de los más extendidos mitos de Iberoamérica es el del mestizaje” como camino de superación de la discriminación; “la quimera reformista de ‘la gran familia nacional’… que alguien denominó ‘ficciones fundacionales’”. José Martí no fue, definitivamente,  ideólogo del mestizaje ni de la conciliación étnica sino de la unidad humana. Y con su pensamiento y en la lucha misma, “La igualdad racial se robusteció en los campos de batalla y emergió de ellos como derecho conquistado”. En este punto, como en tantos, llegó más lejos que sus contemporáneos.

Elogio de la alteaSin embargo, “también en el ámbito de las relaciones raciales la colonia siguió viviendo en la República” (198). Se restableció la discriminación al amparo del “mito de la igualdad racial” consagrada formalmente en la Constitución; “el mito absolutizador de la educación y la cultura como vías de ascensión social de negros y mestizos”. El Derecho y la Constitución contribuyeron a ello. Mientras en la dura realidad la primera década republicana, que culminaría con la represión y la matanza  de los independientes de color, dejó bien establecido su patrón discriminatorio.

La Revolución del 59, de inspiración martiana confesa y probada, canceló privilegios y al desmontar las estructuras de desigualdad impuestas por el capital abrió accesos prohibidos, facilitó una recromatización urbana eliminando barrios exclusivos, unió en la escuela a todos los cubanos sin distingo de clase, raza, sexo o religión, y proscribió discriminaciones. Pero todos estos pasos, que tuvieron un significado decisivo,  fueron, por otra parte, asumidos superficialmente como signos  de algo que había quedado resuelto, y no se estructuró un programa a largo plazo para dar continuidad a los análisis y las acciones sobre el problema racial que se habían emprendido. En consecuencia “se rearticuló el mito de la igualdad racial… asentado ahora en una vida colmada de ejemplos de equidad social y confraternidad de razas”  (77). Es, entonces, a la vuelta de medio siglo que “hombres y mujeres de todos los matices… nos vemos convocados a seguir la lucha hasta que el color de lo cubano nos haga indistinguibles, y entonces la realidad desplazará del todo al mito”.

En un capítulo posterior nos recuerda Zuleica como todavía hoy  “la escuela cubana no aborda la racialidad desde una perspectiva histórica, omite su relación causal con relevantes procesos y acontecimientos de nuestro devenir, a la vez que constriñe su análisis a inarticulados sucesos de muy lejana data” (112) Y sin embargo  es necesario reconocer a la vez, como lo hace la autora, que “ningún país ha llegado tan lejos como Cuba en la materialización de los ideales de justicia social. Ninguno ha aportado el sudor y la sangre de cientos de miles de sus hijos para contribuir a la emancipación de África…” Pero en la permanente lucha contra el lastre mental de tiempos idos aun nos queda mucho por andar para dar respuesta al dilema de la discriminación que Fernando Ortiz diagnosticó con acierto (118).

La realidad de cambio que afronta hoy nuestro pueblo no simplifica la ecuación sino que la complica; no hay que ceder a la tentación del triunfalismo. Zuleica hace explícita esta complicación en el capitulo final del ensayo, titulado “Algo más sobre raza y desigualdad en la Cuba de hoy”. Revela la conexión del efecto discriminatorio y el problema de su superación con la restratificación de la sociedad cubana en los últimos 20 años. Se  apoya para ello en los últimos aportes del PNUD sobre la medición del índice de desarrollo humano (IDH) y aborda los estudios más rigurosos realizados sobre la situación nacional, con referencias puntuales de María del Carmen Zavala, de Mayra Espina y de otros especialistas. Estos nos muestran que, “beneficiados en mucha menor medida por remesas familiares, subrepresentados tanto en el sector emergente de la economía como en los espacios de poder del sector no emergente, y con más duras condiciones de vida —inferior ingreso per cápita, viviendas menos confortables, menguada capacidad de inversión en bienes suntuarios y en equipos e insumos de tecnología digital—, muchos negros y mestizos cubanos han visto aumentar en estos años la brecha que los separa, en cuanto a calidad de vida se refiere, del grupo poblacional blanco observado en su conjunto” (249). “En los primeros años de la depresión económica conocida como período especial algunas indagaciones identificaron el ámbito laboral como uno de los espacios donde se percibe discriminación por motivos de color” (256). Por otra parte, “los negros y mestizos que están nutriendo el sector no estatal de la economía cubana se posicionan, de manera general, en la base de la pirámide ocupacional”.

Por supuesto, la corrección de la injusticia histórica no puede lograrse con la inversión de la pirámide… “El proyecto de radical transformación que significa el socialismo no puede articularse en medio de la rutina social y el desmovilizador conformismo de los más… Por ello resulta imprescindible diseñar y ejecutar políticas encaminadas a renovar, intencional y focalizadamente,  el entorno material y el universo de los grupos y estratos sociales más atrasados.” (252)

Tan amplio y diverso resulta el inventario temático que ha abarcado la autora, con una acertada perspectiva interdisciplinaria que incluye la historia la antropología, la sociología, la economía y, digamos que, en una u otra medida, el cuerpo del conocimiento social, que resultaría imposible recorrer aquí todos los aspectos sustantivos manejados en la obra. Se bien que paso por alto más de lo que he manejado en esta presentación, pero espero que lo tratado sea suficiente para dejar una imagen balanceada y justa; lo demás quedará al lector el desafío de descubrirlo. Pienso que debe ser, al fin, el reto de una lectura provechosa.

Quiero resaltar igualmente el dominio de alrededor de doscientas fuentes bibliográficas, todas relevantes, las cuales maneja con rigor en su discurso analítico. Y no podría dejar de citar otras virtudes del ensayo como su coherencia desde el capítulo inicial hasta sus propuestas finales, la claridad del lenguaje, no solo para el especialista sino para el lector interesado, el profesional o el estudiante.

La tesis central se sostiene sobre una carga probatoria difícil de cuestionar, y quizá donde la vemos expuesta con más precisión es en las proximidades del final, cuando subraya: “Aunque la Revolución Cubana demolió el racismo estructural de la vieja sociedad y el color de la piel perdió el papel ordenador de antaño, aún no terminamos de barrer todos los escombros; la raza —ese tipo de codificación mental de lo que somos y de lo que son los otros— continua influyendo en las premisas, formas y consecuencias de ciertas relaciones sociales así como en las posibilidades de realización efectiva de sujetos individuales y colectivos […] Las tensiones inter-raciales, en nuestro país están asociadas, precisamente, a las dispares posibilidades de acceso y participación de la riqueza, el poder y la cultura” (255-267).

Se me hace evidente que estamos ante un estudio indispensable, polémico sus aserciones y científico en su argumentación, que debe hacerse sentir en los años venideros en el tratamiento teórico de la cuestión de la racialidad, y en la búsqueda de solución a la carga discriminatoria que aun arrastramos. Recuerdo siempre cuando el Che Guevara decía al periodista francés Jean Daniel que no bastaba asegurar el desarrollo económico para el socialismo, sino que lo esencial era eliminar la alienación. La discriminación racial, como otras discriminaciones, no puede tener espacio en la sociedad de justicia a la cual aspiramos.

Tomado de la publicación: www.lajiribilla.cu

Aurelio Alonso*Sociólogo y escritor cubano. Licenciado en Sociología en la Universidad de La Habana. Miembro del Consejo de Dirección de la revista Pensamiento Crítico. Autor del libro “Iglesia y política en Cuba revolucionaria”. Es Investigador Titular del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) y Profesor Titular Adjunto de la Universidad de la Habana.

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Y en eso llegó Iroel. Por: Pascual Serrano*

Iroel SánchezIroel Sánchez (izquierda) junto al autor del texto.

Lo primero que debemos decir es que estamos ante un libro que recoge y vuelve tangible un blog. Los textos de un blog tienen las limitaciones de lo urgente y precipitado, los textos de un libro ganan tiempo para estar más reflexionados y elaborados pero no pueden dedicarse a los acontecimientos de la inmediata actualidad. Sospechas y disidencias supone para el panorama editorial cubano la novedad de combinar los dos formatos. Pero es que el blog La pupila insomne, de donde proceden los textos de este libro, también fue en su día algo novedoso. El fenómeno de La pupila insomne, cuya responsabilidad y culpabilidad es totalmente de Iroel Sánchez, muestra dos cosas: la primera, el mérito de su autor; y la segunda, la necesidad de más audacia en el periodismo cubano.

Durante años, a quienes defendíamos Cuba o denunciábamos las mentiras mediáticas en nuestros países, nos decían, como argumento para desautorizarnos, que no vivíamos en Cuba. Como si no pudiéramos denunciar los crímenes en Iraq porque no vivimos en Iraq. En otras ocasiones nos decían que si tanto nos gustaba Cuba, que nos fuéramos a vivir aquí. Y parafraseando a Carlos Puebla, podemos decir “Y en eso llegó Iroel, y los mandó parar”. Porque Iroel Sánchez vive en Cuba y escribe sobre Cuba y quienes nos decían que nosotros no vivíamos en la isla o debíamos venirnos se han estrellado. Los medios comerciales neoliberales presentaban el panorama cubano dividido entre una prensa gubernamental monolítica que escribía al dictado y unos heroicos blogueros díscolos y perseguidos que, como David, se enfrentaban al Goliat gubernamental cubano. Y ahora aparece un David, con su honda La pupila insomne, que defiende a Goliat, porque en Cuba, Goliat es el pueblo cubano. Y es que en Cuba todo es al revés. Aquí los blogueros disidentes ganan más dinero que los ministros, es el único lugar del mundo donde los exiliados en Miami vuelven de vacaciones o ser atendidos gratuitamente por los médicos cubanos. Y son los blogueros que defienden la revolución los perseguidos, perseguidos por la censura y el silencio de los medios occidentales, perseguidos por las mentiras que circulan sobre su país y que deben enfrentar. Decían que el gobierno cubano no dejaba salir a los famosos blogueros disidentes, pero hay que decir que son los gobiernos europeos los que no dejan entrar a los blogueros revolucionarios. Porque los primeros tienen su agenda repleta de ágapes y recepciones en España y Europa, y a Iroel ni lo invitan ni lo citan. Por eso tenemos que venir nosotros aquí a escucharlo, o sea, que nos venimos a Cuba como ellos querían.

Luego está lo de la audacia que señalaba anteriormente. Porque creo que la revolución también debe aprender del fenómeno de La pupila insomne. Debe aprender que muchas veces los revolucionarios pueden ser más eficientes cuando se les deja que tomen sus propias iniciativas. Sin duda, los ejércitos revolucionarios deben estar organizados y trabajar de forma colectiva, pero algunas veces no viene que mal que, una noche, mientras todos descansan, un soldado se levanta se introduce en terreno enemigo, les quita unos fusiles y vuelve a su campamento con armas incautadas para la revolución. Y eso es lo que ha hecho Iroel Sánchez, sin que ningún superior se lo ordenara, se fue sigilosamente al terreno enemigo del ciberespacio capitalista, no robó armas, pero lanzó sus posts y volvió a casa, y cuando los del bando capitalista se levantaron encontraron que alguien les había dejado el ciberespacio lleno de unas verdades sobre Cuba que no podían rebatir y se llevaron tremendo disgusto. En cambio, los que nos consideramos revolucionarios que vivimos en la zona capitalista cuando nos levantamos y vimos por todos lados las palabras que Iroel había dejado nos alegramos tanto que hemos venido aquí a abrazarlo.

Ahora ustedes pueden leerlas en este libro, porque se me olvidó contarles que Iroel también ha incluido algunas verdades de las que vio en el capitalismo aquellas noches en que vino a lanzar clandestinamente sus mensajes.

*Palabras en la presentación del libro Sospechas y disidencias, de Iroel Sánchezen la Feria Internacional del Libro de La Habana, Casa del ALBA Cultural, 15 de febrero de 2013.

Tomado del blog: www.lapupilainsomne.wordpress.com

*Nacido en Valencia (España) el año 1964. Se licenció en Periodismo en 1993 en la Universidad Complutense de Madrid. Se inició en el periodismo trabajando en el diario español ABC. Fue fundador y redactor jefe de la revista Voces, editada por la organización política Izquierda Unida.

Sus trabajos se han desarrollado tras sus viajes por México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Cuba, Argentina, Bolivia, Iraq, Jordania y Líbano.

En 1996 fundó junto con un grupo de periodistas la publicación electrónica Rebelión (www.rebelion.org), que hoy funciona como diario alternativo en Internet.

Durante 2006 y 2007 fue asesor editorial de Telesur, un canal de televisión promovido por Venezuela con la participación de Cuba, Argentina, Uruguay y Bolivia, que pretende ser un modelo de comunicación contrapuesto a los medios dominantes del primer mundo.

Es miembro fundador de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, creada en México en 2004.

Colabora habitualmente en una decena de publicaciones españolas y latinoamericanas sobre temas de comunicación y política internacional, entre ellas, el diario Público, el mensual Le Monde Diplomatique, el quincenal Diagonal o la revista cultural cubana La Jiribilla.

Es coautor de los libros “Periodismo y crimen”“Washington contra el mundo” y compilador de “Mirando a Venezuela”.

A principios de 2006 publicó ”Perlas. Patrañas, disparates y trapacerías en los medios de comunicación” editado en España por El Viejo Topo. En Cuba y Venezuela se editó una versión adaptada: “Juego Sucio. Una mirada a la prensa española”.

En la actualidad es miembro del consejo de redacción de las revistas Mundo Obrero, El Otro País y Pueblos, donde colabora habitualmente.

En febrero de 2007 fue Primer Premio del Concurso Internacional de ensayo “Pensar a contracorriente”, por su trabajo “Violencia y medios de comunicación”, convocado por el Instituto Cubano del Libro, el Ministerio de Cultura de Cuba y la Editorial Ciencias Sociales.

En septiembre de 2007 publica “Perlas 2. Patrañas, disparates y trapacerías en los medios de comunicación”, con prólogo de Alfonso Sastre y epílogo de Ignacio Ramonet. En mayo de 2008 publica en España “Medios violentos. Palabras e imágenes para el odio y la guerra”, (Editorial El Viejo Topo. Barcelona Mayo 2008) del que existía una versión anterior en Venezuela escrita con Santiago Alba. La versión española se reeditaría en Venezuela por el Ministerio de Comunicación e Información en Junio de 2008 y al año siguiente por la Universidad Bolivariana de Venezuela. Posteriormente se publicaría en Ecuador (Ciespal) y Cuba (Editorial José Martí).

En marzo de 2009 publica con la asociación de solidaridad Cubainformación, Conjura contra Cuba, un libro sólo disponible a través de las organizaciones de solidaridad con Cuba (distribucion@cubainformacion.tv ).

En junio de 2009 publica Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo (Península), con prólogo de Ignacio Ramonet. Esta obra recibió una de las cinco menciones honoríficas del Premio Libertador 2009.

En febrero de 2010 fue galardonado con la distinción Félix Elmuza, que otorga la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) en casos excepcionales a periodistas no cubanos.

En abril de 2010 publica “El periodismo es noticia. Tendencias sobre comunicación en el siglo XXI”. Icaria.

En diciembre de 2010 publica “Traficantes de información. La historia oculta de los grupos de comunicación españoles”. Foca. Noviembre 2010

En Mayo de 2011 publica “¿El mejor de los mundos? Un paseo crítico por lo que llaman ‘democracia’”. Icaria. Junio 2011

Su último libro es “Contra la neutralidad. Tras los pasos de John Reed, Ryzard Kapuścińsky, Edgar Snow, Rodolfo Walsh y Robert Capa” (Península, 2011)

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“Una sociedad en que todo se vende y todo tiene precio”. Por: Iroel Sánchez*

El mejor de los mundosCuando hace casi diez años nació la colección Rebeliones, de la editorial Ciencias Sociales, el objetivo era poder publicar con rapidez textos breves, de mucha actualidad, que aportaran al debate ideológico contemporáneo.

El libro Desde el capitalismo. Un paseo crítico por eso que llaman democracia,  de Pascual Serrano, cumple como pocos con esa intención.

Este título llega en un momento en que, por un lado, el modelo de sociedad que desde Europa y Estados Unidos ha sido impuesto al mundo como sinónimo de democracia es cada vez más cuestionado en esos propios escenarios; y por otro, se trata de vender la idea de que las transformaciones en curso en Cuba son un viaje encubierto hacia el capitalismo.

Con Pascual me une una ya veterana amistad, veterana más por los combates compartidos que por el tiempo transcurrido desde que en el año 2004 nos encontráramos en uno de los espacios fundacionales de lo que devino la Red de redes en Defensa de la Humanidad. Su agudeza intelectual, su capacidad de síntesis y su fina ironía no habían aparecido entonces en forma de libro, pero ya el periodismo a contracorriente que venía haciendo en el sitio rebelión.org era un referente en nuestra lengua.

Recuerdo cuando apareció Perlas. Patrañas, disparates y trapacerías en los medios de comunicación, publicado en Cuba con el título de  Juego sucio, su primer libro, al que han seguido un  grupo de volúmenes de investigación que juzgo imprescindibles para cualquier análisis del papel de la información en relación con los procesos sociales, al menos  en América Latina y España.

En Desde el capitalismo. Un paseo crítico por eso que llaman democracia, Pascual  vuelve al estilo de viñetas o perlas, presente en Juego sucio…, en que la limpiezade la anécdota se elevapor encima de las coyunturas para ser, bajo el bisturí del autor, un acercamiento inteligente, y hasta divertido, a las paradojas que todos los días ocultan los medios de comunicación del régimen que como él mismo dice en la introducción a este libro: “ha conseguido que los ciudadanos pierdan el pensamiento crítico para percibir clamorosos ejemplos de aberraciones, injusticias y desigualdades que no son aisladas, sino que forman parte del núcleo del sistema que siguen empeñados en llamar democracia”.

Procesos electorales, fallos judiciales, encuestas, y datos, muchos datos, pasan bajo la lupa de Pascual para demostrarlo y lo hacen con una prosa clara, disfrutable hasta en la amargura de descubrir los engaños a que somos sometidos todos los días por esa maquinaria que se ocupa de invisibilizar a autores como él y vendernos ídolos de cartón incapaces de ir más allá del corral mediático en que sirven a una estafa incompatible con la honestidad intelectual.

“Hay pocas cosas más absurdas que transportar basura y hielo a miles de kilómetros”, pero este libro documenta que eso ocurre en la Europa que manda a la calle a millones de trabajadores en nombre de la eficiencia. Conceptos aparentemente sacrosantos como el Producto Interno Bruto o la calidad de la atención al cliente por las empresas transnacionales saltan en pedazos aquí como dogmas casi religiosos que no tienen asidero en la realidad con que el ciudadano común de un país capitalista debe enfrentar su vida cotidiana. Igual ocurre con la demostración, que evoca esa biografía del neoliberalismo que es La doctrina del shock de Naomi Klein, del vínculo brutal entre los desastres humanos y el “desarrollo” del capitalismo.

“De modo que cuando leamos que este o aquel país ha mejorado su Producto Interno Bruto, quizás se trate simplemente de que ha aumentado el tráfico de drogas o la prostitución, los incendios han desvastado su foresta, fue sacudido por un terremoto o ha sufrido una epidemia de malaria”, concluye Pascual después de levantar una montaña de ejemplos que lo prueban.

Si, como dice el autor de este libro, el capitalismo ha convertido el imperio de la ley en un talonario de cheques, donde “cualquier cosa que alguien esté dispuesto a comprar, alguien estará dispuesto a ofrecérselo por destructivo que sea”, es posible entender, como se cita aquí, que para el 70% de los españoles quienes mandan en el mundo no son ya los estados sino los mercados.

En la página 67 de esta edición vuelve Pascual Serrano sobre el gran fotógrafo Robert Capa, uno de los protagonistas de su imprescindible libro Contra la neutralidad, aún no publicado en Cuba. Recuerda Pascual que en un comentario sobre sus fotografías durante la Guerra Civil Española, Capa relataba que el lugar preferido para refugiarse de las bombas eran los sacos de arena junto a las bóvedas de los bancos porque el sistema creado para proteger el dinero era mejor que el que debía guarnecer a las personas. Algo que vimos repetirse en Nueva Orleans durante el huracán Katrina, cuando, en medio de un gran desastre humanitario, la guardia nacional estadounidense llegó con la orden de “proteger la propiedad”.

Nada más lejos de la democracia que esa sociedad “donde todo se vende y todo tiene un precio”. Y nada más alejado de los valores que alimentaron las discusiones con que los cubanos consensamos las transformaciones que ahora se implementan en nuestra sociedad que un futuro como ese, donde “es mejor ser empresa que ser persona”.

Pascual Serrano, amigo de la Revolución cubana que comparte nuestras luchas y esperanzas lo sabe, como también sabe que damos la bienvenida a sus argumentos e inteligencia en el acercamiento crítico a un mundo que se intenta presentar como una arcadia a la que al fin nos dirigimos. Gracias una vez más por  iluminarnos las terribles sombras en un camino que no queremos recorrer.

El hecho de que las “aberraciones, injusticias y desigualdades” que describe este libro sean inaceptables para la mayoría de los cubanos es una prueba de que el ideal democrático está más cerca de nosotros que de quienes intentan imponernos sus modelos en crisis. (Publicado en CubAhora)

Muchas gracias.

*Palabras en la presentación del libro Desde el capitalismo. Un paseo crítico por eso que llaman democracia,  de Pascual Serrano en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Tomado del blog: www.lapupilainsomne.wordpress.com

foto Leandro Teysseire*(Santa Clara, Cuba, 1964).  Editor y periodista. Autor del libro: “Sospechas y disidencias” Editorial Abril (2012)

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Pascual Serrano: “Periodismo canalla. Los medios contra la información”

Los medios de comunicación están teniendo una responsabilidad fundamental en que las nuevas generaciones no logren comprender nada de lo que está sucediendo en el mundo. Esta obra hace un recorrido ameno por los senderos de esa tragedia. Muestra las paradojas y disparates de algunos de los contenidos, deja en evidencia algunas técnicas con las que operan para desinformarnos, descubre lo absurdo de muchos de sus criterios de trabajo y modos de presentar las noticias y desentraña algunas características del funcionamiento de las empresas de comunicación. Por último, también aporta algunas ideas que permiten albergar esperanzas de que este modelo de desinformación pueda cambiar.

Pascual Serrano fundó en 1996, junto con un grupo de periodistas, la publicación electrónica Rebelión www.rebelion.org, que hoy funciona como diario alternativo en Internet. Fue durante dos años asesor editorial de Telesur, un canal de televisión multinacional latinoamericano que pretende ser un modelo de comunicación contrapuesto a los medios dominantes del Primer Mundo.

Colabora habitualmente en Le Monde Diplomatique, además de otras publicaciones españolas y latinoamericanas sobre temas de comunicación y política internacional.

Entre sus libros destacan Desinformación, Traficantes de información y Contra la neutralidad. En Icaria ha publicado El periodismo es noticia y ¿El mejor de los mundos?  y Periodismo canalla.

Asaco, 15
Análisis contemporáneo
Comunicación y nuevas tecnologías
ISBN: 9788498884739
Año Publicación: 2012
páginas: 96
PVP: 7 €

www.icariaeditorial.com

Tomado de la publicación: www.diario-octubre.com

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Crítica de la (pseudo) razón turística irresponsable. Por: Salvador López Arnal*

Reseña de El turismo en el inicio del milenio. Una lectura crítica a tres voces, de Joan Buades, Ernest Cañada y Jordi Gascón. Foro Turismo Responsable, Red de Consumo Solidario, Picu Rabicu y Espacio para un Comercio Justo (colección Thesis), Madrid, 2012, 174 páginas. Prólogo de Macià Blázquez.

Un dato relevante para enmarcar la temática. El número de viajes aéreos internacionales que se realizaron en 1998 fue de 458 millones. Doce años después, en 2010, se habían casi quintuplicado: el número de viajes internacionales superaba los 2.560 millones. También la industria turística –un sector que ha tenido la “habilidad” empresarial de apropiarse del concepto de turismo responsable que surgió precisamente para denunciarla- tiene que decrecer señalan los autores.

El turismo, señala Macià Blázquez, autor del prólogo, se fundamenta en el desarrollo desigual y combinado de diferentes partes de la humanidad, que es inherente al capitalismo, entre la emergencia de concentraciones de bienestar y capital por un lado, y pobreza y opresión por otro. Entonces, ¿toda clase de turismo tiene ese fundamento? No, el turismo responsable –no es una entelequia ni un lema publicitario- es otra cosa.

Tiene que ver, escribía recientemente Ernest Cañada, uno de los autores de este ensayo, con “la lucha de las comunidades costeras de Costa Rica cuando exigen la aprobación de una Ley de Territorios Costeros Comunitarios que dé seguridad a los pobladores locales, ya sean pescadores o pequeñas iniciativas turísticas de capital local”; con la acción de los vecinos del barrio barcelonés de la Barceloneta “cuando cuelgan en los balcones de sus casas pancartas pintadas a mano con el lema “tourists go home”, hartos del incremento de precios y la especulación provocados por el turismo, que hace su vida cada vez más difícil”. También, por cierto, con “los sindicalistas argentinos que luchan por un trabajo decente y logran imponen a la patronal unas determinadas condiciones laborales” o con los manifestantes que, llegados de diversas partes del mundo (diciembre de 2009), “ocuparon las calles de Copenhague en las actividades paralelas a la fracasada Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático exigiendo, entre otras cosas, una regulación vinculante que pusiera fin a los tratos de favor a la industria aérea para que su responsabilidad mayor en la destrucción climática no siguiera quedando impune”.

Serían esencia de este turismo responsable “los esfuerzos de poblaciones rurales organizadas colectivamente, como la Finca de los Hermanos Cerrato en Estelí, Nicaragua, o el Bosque de Cinquera en El Salvador, por desarrollar nuevas vías de diversificación y complementariedad en sus economías agrarias”. Formarían parte de él también, señala EC, los pequeños hoteles y restaurantes que tratan de llegar, como pueden, a fin de mes “soportando la competencia del “todo incluido” de las cadenas transnacionales”. Turismo responsable, añade EC, es igualmente “el compromiso de las profesoras y estudiantes de la UNAN Managua por apoyar a las comunidades rurales a apropiarse de sus territorios y recursos para poder llevar una actividad turística bajo su control”.

El turismo responsable, por tanto, no puede ser un producto turístico más, ni mucho menos algo que pueda “certificarse” y comercializar. Consiste, mas bien, “en una invitación a la acción social, al compromiso colectivo por incidir y transformar el sector turístico”. ¿Será finalmente el turismo responsable un concepto útil para identificar un movimiento, o, por el contrario, “sucumbirá bajo las presiones de la segmentación de mercados y creación de nuevos productos”? Los peligros acechan, pero, en cualquier caso, la construcción de un movimiento con voluntad de incidencia global en la actividad turística seguirá presente en opinión de Cañada. El turismo responsable es, pues, una apuesta política de combate en la que queda mucho por hacer y donde casi todo es posible.

Esta es la temática discutida en este volumen: esta nueva plaga –en su versión depredadora- civilizatoria (y anticivilizatoria a un tiempo) cuyas dimensiones crecen aceleradamente, otro de los nudos –nada marginal- del programa y la acción de la hora en este mundo (neoliberal), grande y terrible, en el que estamos abocados y encarcelados.

Un prólogo de Macià Blázquez, una introducción –“Apuntes para un análisis crítico del turismo”- firmada por Jordi Gascón y tres secciones -“Turismo, neoliberalismo y capital transnacional”, “El turismo considerado desde la Soberanía Alimentaria y la Justicia ecológica” y “Turismo y cooperación al desarrollo”-, con artículos de Joan Buades, Ernest Cañada y Jordi Gascón, componen El turismo en el inicio del milenio. Una lectura crítica a tres voces [ETIM].

“Los textos que aquí se presentan son una muestra de su capacidad de análisis mordaz de la actualidad, con proyección crítica política y sobre el fundamento de la búsqueda de la calidad científica”, señala Macià Blázquez en la presentación del volumen. No exagera, no es retórica vacía para colegas que son amigos.

La perspectiva desde la que los autores construyen su visión crítica e imprescindible está apuntada por Jordi Gascón en la introducción de ETIM. Los autores participan de lo que se ha venido en llamar giro crítico (Critical Turn), algo así como la revolución copernicana kantiana en los estudios de turismo. ¿Cómo definir este giro praxeológico, no sólo teórico, de marchamo copernicano? Como una línea de investigación -a lo Lakatos- que no aspira a quedarse sólo “en la crítica ontológica o académica del turismo, sino que tiene explícitamente un compromiso político a favor de la justicia social, la equidad y la lucha contra la opresión”.

Una línea de trabajo, reconocen los autores, en proceso de desarrollo, casi marginal en estos momentos, “en un contexto en el que predomina la investigación de carácter técnico o relativamente complaciente con la industria turística de la que suele depender económicamente” (p. 19), lo que, sin atisbo para ninguna duda, otorga más valor a su investigación documentada, a sus análisis punzantes y a su sólido compromiso.

No hay industria legal, señala JG, que pueda exhibir un crecimiento más acelerado y exponencial en los últimos sesenta años como el turismo, con la posible salvedad del sector informático (pero acaso con mejor cintura para sortear las crisis), un sector, el turismo, que parece inmune a fenómenos de carácter estructural (por ejemplo, al del encarecimiento del petróleo). Es un mito que el turismo genere beneficios sin requerir grandes inversiones y que sea, sin más matices, un eficaz y seguro motor de desarrollo (A pesar de ello, como es sabido, la apuesta destacada por él es nudo esencial de los planes estratégicos de algunos grupos hegemónicos. La apuesta de amplísimos sectores de la burguesía catalana –o de la madrileña aguirrista- por EuroVegas sería un buen ejemplo).

ETIM recopila algunos artículos publicados por los tres autores en diversos medios de información de diferentes países en los últimos años. Los artículos no son uniformes: escritos periodísticos, entrevistas, panfletos en el mejor sentido de la palabra y textos de carácter científico (“La trasnacionalización del capital hotelero balear y de las resistencias ciudadanas”, pp. 49-58, y “Geopolítica, neoliberalismo y turismo en los Países Catalanes”, pp. 59-70, son dos de los preferidos entre estos últimos por este lector). Todos ellos con una característica común destacada por Jordi Gascón: “visualizar los impactos no deseados que el turismo tiene en ecosistemas y sociedades, yendo más allá de los discursos comunes sobre turismo y sostenibilidad”.

A destacar, no son los únicos nodos, los que tienen en su punta de mira crítico-analítica las empresas trasnacionales turísticas de capital español -Grupo Barceló, por ejemplo, una “empresa familiar” de rapiña señala Joan Buades; Ernest Cañada, por su parte, dedica un excelente trabajo a analizar la hostilidad hacia la presencia sindical en los hoteles de las cadenas españolas (pp. 37-40)- o ese cuento de falarios cuentistas llamado “responsabilidad social corporativa” en el turismo (o la estrategia de esconder cadáveres en el armario, comenta con acierto Jordi Gascón, a propósito de Sol Melià).

“Ernest, Joan y Jordi investigan por convicción y con autonomía, sin hacer en el utilitarismo propio de la academia que es propensa a la obra autorreferencial”, señala Macià Blázquez en la presentación del volumen. Añade: “La divulgación científica a la que se dedican es una muestra de su generosidad. Han abierto nuevas fronteras de difusión del conocimiento crítico y colaboración entre investigares y activistas mediante su creación de asociaciones como Alba Sud y Acció per un Turisme Responsable… Ernest, Joan y Jordi seguirán proponiéndonos retos que asumir desde la ciencia y la divulgación, para desvelar los mitos del turismo y del capitalismo”.

No está a mi alcance expresarlo mejor pero sí, en cambio, destacarlo por su justicia y veracidad.

Tomado de la publicación: www.rebelion.org

*Profesor-tutor de Matemáticas en la UNED y enseñante de informática de ciclos formativos en el IES Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet (Barcelona). Colabora normalmente en la revista “El Viejo Topo” y es coguionista y coeditor, junto con Joan Benach y Xavier Juncosa, de “Integral Sacristán” (El Viejo Topo, Barcelona, en prensa).

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Reseña de “Qué hacemos con la educación”. Por: Manuel Menor Currás

Este libro de 63 intensas páginas acaba de inaugurar una colección sustanciosa en la que se pasará revista a los asuntos primordiales que conforman nuestra problemática actualidad. Tarjeta de presentación de la misma, está especialmente pensado para ciudadanos preocupados por cómo en pocos meses los derechos sociales y políticos que tanto tiempo y trabajo costaron, están siendo arrebatados con enorme facilidad y desparpajo. Les ayudará a entender mejor qué está pasando, a desconfiar de versiones oficiales engañosas y a resistir en la construcción de un mundo mejor que el que les tocó en herencia. Qué hacemos hereda el mismo espíritu que animó, hace algunos años, a otras colecciones como De qué va, que coordinaba María Fuentetaja desde Ediciones La Piqueta, o la que Antonio Albarrán desarrolló con notable éxito desde Editorial Popular: … A lo claro. Como ellas, la nueva colección pretende una reflexión colectiva sobre cuestiones acuciantes, de la mano de personas y colectivos implicados en una sociedad más justa y menos asimétrica, más consciente y menos amedrentada.

En el título completo de este primer libro está más explícito el sentido que le anima: Qué hacemos para que los recortes y reformas no acaben con un pilar tan básico de nuestra vida como la educación. La pregunta –o advertencia desesperada- no puede ser más certeramente crucial para la enseñanza pública, en una coyuntura en que, -después de una ambigua herencia recibida del franquismo, y de una transición democrática demediada por múltiples urgencias-, se la está estrangulando sistemáticamente con el pretexto de la crisis y, de añadido, se le quiere imponer una nueva ley orgánica inoportuna e inadecuada. Los autores de este pequeño libro tratan de erigir con sus frágiles páginas de papel una muralla contraria a las políticas conservadoras que están deteriorando de manera acelerada la calidad y equidad de la educación pública española. Consideran que, si no se detienen a tiempo, “podemos estar ante un retroceso histórico que nos devolvería a la escuela de pobres del franquismo y, en definitiva, a una universidad sólo para ricos”. La “mejora de la calidad”, que propugna la LOMCE, desmotivará mucho a los profesores, segregará más a los alumnos y privatizará rápidamente las menguantes dotaciones

Agustín Moreno, Enrique Díez, José Luis Pazos y Miguel Recio –ampliamente reconocidos por cuantos pugnan por una enseñanza pública digna para todos- repasan desde esta óptica los grandes retos de nuestro sistema educativo, insuficientemente atendidos o malinterpretados: el derecho a la educación, la educación inclusiva, el currículo educativo, la autonomía y organización democrática de los centros, la evaluación educativa, la formación inicial y permanente del profesorado, la universidad y la I+D, la financiación educativa y, sobre todo, qué hacemos con la educación del siglo XXI, porque, al final, de poco valen estos empeños si nos quedamos sin futuro, nosotros y nuestros hijos. Por todo ello, este libro, además de seria reflexión sobre este presente estragado, quiere ser llamada urgente a seguir luchando porque nuestra educación pública sea lugar de encuentro, de mejora en el conocimiento y la libertad, de convivencia: esa es su esperanza.

Tomado de la publicación: www.rebelion.org

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