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Raúl Rodríguez: “Soy un fotógrafo realista”. Por Octavio Fraga Guerra*

A Raúl Rodríguez siempre le interesó el cine. Desde niño estuvo vinculado a este arte, entretenimiento fundamental en la Santa Clara de los años 40, cuando la oferta de espectáculos prácticamente se limitaba a la proyección de filmes, las visitas del circo o de compañías de teatro. Sus padres iban al cine dos o tres veces a la semana, y muchas veces lo llevaban, incluso a ver películas prohibidas para menores. Así creció su hábito y gusto por la gran pantalla.

Desde muy chiquito ya era un cinéfilo. Y a los 14 años, cuando estuvo tres meses en casa de su tía en New York, caminaba por la calle 44, donde estaban las distribuidoras de películas, y de los basureros sacaba las revistas de cine para estar al tanto de los filmes que estaban en producción, en exhibición y en desarrollo.

De vuelta a su natal Santa Clara, empezó a estudiar en el preuniversitario (lo que en aquel entonces se llamaba Instituto de Segunda Enseñanza) y allí, un día descubrió un proyector de 16 mm, en perfecto estado, que nadie usaba, y creó un cineclub estudiantil.

Enrolado desde entonces en los vaivenes del séptimo arte, el cineasta Raúl Rodríguez ha sido proyeccionista, editor, promotor de cine club e incursionó en la dirección de documentales. Pero hoy es, sobre todo, un sólido operador de cámara y, más aún, un experimentado director de fotografía, avalado por más de cien obras audiovisuales que son las mejores huellas de su talento.

Un cúmulo de experiencias que tomó muy en cuenta el jurado convocado por el ICAIC para otorgarle el Premio Nacional de Cine, en su última edición. El lauro, reconoce a los cineastas del país por la obra de la vida. Y Raúl, considerado por muchos uno de los fotógrafos más prominentes del cine cubano, lo agradece. Porque este es, más bien, la continuidad de su trabajo, de su sustantiva labor creativa.

Pero, cuénteme, ¿cómo hizo usted para hacer realidad aquel Cineclub estudiantil en los años 60?

Primero me conecté con mis compañeros más cercanos y lo estructuramos, aunque no fue una tarea fácil. Las películas en aquel tiempo había que alquilarlas. Si las solicitabas a instituciones de La Habana, solo una costaba como mínimo unos 12.50 pesos. Entonces, nos íbamos a la estación del ferrocarril, pagábamos ahí mismo el coste del alquiler del filme, lo tomábamos y al día siguiente hacíamos la devolución, porque su tardanza significaba pagar el doble de ese valor. Y nosotros éramos muchachos muy pobres. Recuerdo que en aquella época muchas veces yo tuve que devolver varias veces la película sin poderla ver.

Pero el cine no es solo entretenimiento. Como todo arte en sus contenidos hay mensajes. Y la única manera de desentrañarlos es discutiendo el filme luego de verlo. Para esta labor, en nuestro Cineclub nos guiábamos por los textos de  críticos como Guillermo Cabrera Infante, de la revista Carteles, y por las excelentes crónicas publicadas por la revista Bohemia. Y hacíamos ese cine club a lo grande, los domingos por la mañana e invitábamos a mucha gente.

Esa fue mi etapa en el cine club, hasta finales de los 60, hasta que vine para La Habana. Creo que también fue meritorio mostrar en ese escenario los trabajos del ICAIC, que en aquel período eran desconocidos. Nosotros los exhibimos en Santa Clara.

Sin embargo, en este cine club que creamos no solo exhibíamos películas, también filmábamos. Yo tenía una cámara de ocho milímetros, que me había llegado a través de un curso. Con ella filmábamos pequeños documentalitos en la ciudad de Santa Clara y los editábamos a ojo. Con una lupa cortábamos y poníamos los planos.

Desgraciadamente esos materiales se perdieron. Recuerdo que uno de ellos lo pude traer a La Habana y Titón lo vio. Le interesó mucho uno que hicimos acerca las peleas de gallos, sobre el nivel de violencia que generan. Filmamos una pelea de gallo completa, con toda ese morbo de la sangre, un espectáculo repugnante que aún hay quienes cultivan, sin contar las de perros.

¿Cómo fue su participación en el Noticiero ICAIC y su experiencia de trabajo con Santiago Álvarez?

Yo no era un camarógrafo del Noticiero ICAIC. Trabajé en el Noticiero ICAIC por la necesidad que había de hacer filmaciones. A veces los camarógrafos del Noticiero no podían cumplir con todos los compromisos y entonces me vinculé con ese grupo y cumplí varias misiones internacionales. Cuando Héctor José Campora hizo el cambio de poder en Argentina, estuve allí filmando un documental con Santiago Álvarez. Este trabajo se llamó El nuevo tango y lo compartí con el excelente camarógrafo Adriano (Nano) Moreno.

También tuve la posibilidad de ir a Portugal cuando se produjo la famosa Revolución de los Claveles. Allí probamos la primera cámara no ruidosa que compró el ICAIC, blindada, de 16 milímetros. Filmamos aquellos días de tensión y alegría generalizada. Dos días antes de irnos para Portugal, en España se metieron en nuestro apartamento y nos registraron todo. Perdimos documentos, pero por suerte no tuvimos problemas con la cámara ni con la película virgen que llevábamos.

Estuve además en la visita de Fidel a Chile. Santiago hizo un documental titulado De América soy hijo y a ella me debo, un material de cinco horas en el que yo participé con una cámara. También participaron Iván Nápoles, Derbis Pastor Espinosa y el Nano. Fue una época tremenda. Trabajábamos con películas de 35 milímetro, que ocupa mucho espacio, pesan mucho y el cambio de rollos el complicado. Con todo y eso, estuvimos todo el tiempo con Fidel en Chile.

En el año 1972 filmamos el mundial de pelota en Nicaragua, estando Somoza en el poder. Pero aprovechamos para entrevistar a algunos miembros del Frente Sandinista que se hallaban en la clandestinidad. Fue una aventura porque estábamos en medio de una ciudad, muy vigilados. Yo era el camarógrafo y José Borras el sonidista. Filmamos en Granada, Chinandega, en las ciudades más importantes de ese país.

Su debut como director de cine fue con el filme Rancheador, de Sergio Giral ¿Qué recuerdos tiene de esa primera experiencia?

Fue violentar mi experiencia como fotógrafo. Hasta ese momento había trabajado como operador de cámara y asistente, pero nunca en un largometraje como director de fotografía, aunque tenía mucho interés en hacerlo.

En aquel momento tenía 36 años y todavía no me sentía lo suficientemente seguro. Pero Sergio Giral (que era el director), con quien yo había trabajado mucho haciendo documentales, me dio esa responsabilidad. Él tenía mucha confianza en mí y yo mucho miedo. Era mi primera vez; además, la tecnología del cine analógico es muy complicada: hay que saber de laboratorio, de exposición, de cómo iluminar. Y tener en cuenta otros muchos factores.

Fue una época en la que pasé mucho trabajo, incluso en mi vida cotidiana y para llegar al ICAIC. Vivía en una casucha de fibrocen, en Cojimar, que tenía ocho metros de largo por tres y medio de ancho. Pero siempre estaba en el ICAIC, que en verdad es mi casa.

Esta película se hizo en Pinar del Río, en la zona de Soroa. Empecé a dar mis primeros pasos, a iluminar, a hacer todo lo que se supone debe de hacer un director de fotografía. En esa experiencia me acompañaba como operador de cámara Julio Valdez (El Pavo), de mucha experiencia (posteriormente fue director de fotografía de películas de ficción). Pero, unas semanas después de empezar la filmación El Pavo se enfermó, tuvo que salir de la película y yo me enfrenté simultáneamente a la labor de operador de cámara, iluminación y dirección de fotografía. Afortunadamente pude conciliar los tres oficios.

Sergio es un director que hace búsquedas, experimenta. Y la imagen (no solo la dirección) también influye en la comunicación que se logre. En esta película él tuvo que moverse más a lo convencional, aunque logró romper esquemas en algunas secuencias. Contábamos con un gran actor, Reinaldo Miravalles. Fue la primera vez que Reinaldo tuvo que montar a caballo. Uno de los logros del filme fue la iluminación, el uso de la luz natural. Se consiguieron escenas con cierta legitimidad, veracidad. La película caminó bien, tuvo una trayectoria interesante en el ICAIC.

¿Cómo encara, en su condición de director de fotografía, el trabajo de prefilmación?

Como director de fotografía he realizado 28 largometrajes de ficción y muchos más como operador de cámara, además de documentales, programas de televisión, teatros para este último medio. Mis obras como fotógrafo pasan de 100.

Siempre he estado más inclinado al cine documental que al de ficción. (¿Será porque el documental da libertad para aportarle muchas cosas al proyecto?). Es la cámara la que tiene que descubrir, “estar a la viva”. Entonces el documental me permite experimentar más que la ficción. Esta requiere de un proceso largo: primero el guión literario, después el guión técnico, en el cual yo trabajo con el director, a veces con el director de arte y también con el asistente de dirección.

El guionista es un personaje fundamental, el argumento, la historia, es para mí lo más importante de la película. Priorizo la historia por encima de lo demás. Entonces voy a ver al guionista a su casa, le pregunto las cosas que no entiendo bien del guión literario y después tengo esa misma conversación con el director de la película: ¿Cuál es el objetivo del proyecto? ¿Qué imagen tienes en tu cabeza? ¿Cuál es el casting?  (Muy importante). Y me reúno también con el director de arte, fundamental porque es quien crea los espacios.

Trato de buscar los elementos más adecuados para el encuadre y la iluminación del trabajo. En ese proceso se dan los debates, las discusiones necesarias para que el filme llegue a buen puerto, a un resultado positivo. El guión técnico conlleva dos semanas de intenso trabajo (se discuten las escenas en planos). Y en ese proceso yo voy pensando en la luz, en cómo voy a iluminar esos lugares. Hago fotografías de las locaciones donde se va a desarrollar la filmación, aunque vayan a cambiar. Es enloquecedor.

Hay que pensar en las luces a utilizar, en los movimientos de cámara y sus porqués. ¿Cómo hago la fotografía de un primer plano de un actor, a la altura de los ojos, por debajo y por encima. Esas variaciones tienen un significado a la hora de montar la cámara. La mayor responsabilidad del director es la puesta en escena y la labor con el actor.

En el trabajo de mesa voy mirando la gestualidad y proyección de los actores. En dicho proceso el guionista es fundamental. El peso que lleva el director de fotografía en la película es enorme. Yo he tenido siempre la colaboración y el apoyo de los directores.

Fotografiar la realidad ¿Cómo se traduce en Raúl Rodríguez?

La realidad ha de ser fotografiada muy de cerca. No podemos convertirla en una imagen fabricada. Debemos apropiarnos de ella lo más fielmente posible. Por eso siento una gran pasión por el cine documental. El estilo del cine documental yo lo aplico al de ficción. El gran aporte que hace en mí el cine documental lo desarrollo en la ficción. Soy un fotógrafo realista. Me gusta copiar la vida tal y como es, aunque a veces me critican por eso.

Usted tuvo la vital experiencia de trabajar el cine analógico ¿Cómo ha sido su tránsito hacia el cine digital?

Para mí fue un salto tremendo. Por suerte estaba haciendo documentales en video digital y compartía los dos soportes. Cuando empecé hacer cine digital descubrí que la cámara domina y hace todo lo posible por salirse con la suya. En el cine analógico uno es el dueño de la imagen.  Para mí fue una gran alegría enfrentarme al cine digital. Es la posibilidad de poder ver el plano cuando lo terminas y hacer después los cambios, de hacer los cambios no solo de la fotografía, también de la iluminación, el encuadre o el maquillaje. Eso es fabuloso. Y cuando ves la película en la gran pantalla te das cuenta de la limpieza, la calidad, la perfección de color, de la óptica. Para mí la experiencia digital es maravillosa.

¿Cuáles son sus temas preferidos?

Uno de ellos es el tema histórico. Me permite romperme la cabeza buscando una imagen que responda al tema. Y también prefiero los actuales: esa película que es como la vida misma. Chocar con la realidad, con la crudeza del asunto. Soy capaz de moverme en ambos extremos. El cine de ficción histórico y el cine de ficción de hoy en día. El tema cubano me interesa mucho, me siento mucho más cómodo con mi realidad. La ciencia ficción me encanta.

Desde su punto de vista, ¿cuál es el estado de salud de la fotografía en el cine cubano contemporáneo?

En este momento hay muchos jóvenes trabajando como directores de fotografía. Algunos de ellos han sido mis asistentes; otros vienen de la FAMCA o de la EICTV. Veo las películas producidas por ellos y me siento feliz, porque tenemos un relevo importante, además de que los fotógrafos de mi generación siguen trabajando. Pero los jóvenes están haciendo un trabajo estupendo. Me hubiera gustado que hicieran también cine analógico, porque es una prueba dura para un director de fotografía.

¿Qué significado tiene para usted el otorgamiento del Premio Nacional de Cine?

Me produjo una gran alegría porque no contaba con él. Cuando me lo comunicaron sentí euforia y tristeza, una mezcla de muchos sentimientos. Es el premio más importante que da el ICAIC, el cine cubano. Lo acepto como estímulo al trabajo que he desarrollado por más de 50 años. Y lo digo con modestia, es un premio merecido. El ICAIC es mi casa y mi casa me ha otorgado este premio. Por supuesto, este reconocimiento no es final de mi trabajo, es la continuidad de toda mi carrera.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

*(La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte, Canarias Semanal y Cubainformación, estas dos últimas del Estado Español.

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Conversando con Lester Hamlet. Por Octavio Fraga Guerra*

El espacio ajustado para el desarrollo de los personajes, la escenografía austera, minimalista, los desafíos de los muchos ángulos y planos que toca construir en locaciones de poca holgura (un apartamento de pocos metros cuadrados), son algunos de los tópicos de un diálogo que hurga en lo periférico, en lo corpóreo de Ya no es antes, la más reciente entrega cinematográfica del director Lester Hamlet.

¿Cómo fue el proceso de preparación de los actores y de la película? ¿Qué singularidades tuvo esta primera etapa?

Fue un proceso muy largo. Desde el momento en que me propuse hacerla y me aceptaron el proyecto pasaron 6 años. Eso, de alguna manera, alteró un poco el proceso positivamente, porque me dejó mucho tiempo para pensar.

Durante ese tiempo la diseñé e imaginé muchas veces. Las víctimas de esa dilatación fueron los actores que estuvieron en los casting iniciales. Luego, cuando pude filmarla, fue bastante rápido. Era una película que ya me sabía. Le tenía dibujado los planos, los movimientos, dónde ocurriría cada acción. Fue fácil organizarla. Era un espacio, dos actores. En ese sentido, no fue complicado.

Por otra parte, no podía tener a dos actores durante 12 horas de rodaje. Era una carga muy fuerte para ellos. Y fuimos viviendo la historia cada día. La misma naturaleza del guión nos permitió filmarla cronológicamente, descubrir acción tras acción. La filmación fue muy viable.

En Ya no es antes, logró reunir a dos actores antológicos ¿Qué significado tiene para usted este reencuentro?

Es un privilegio para la película contar con ellos. Es un honor porque de alguna manera este hecho redondea la metáfora. Si es cierto que Mayra y Esteban hacía 40 años que no se veían, también es verdad que Isabel y Luis Alberto hacía muchos años que no actuaban juntos.

Entonces el reencuentro de ellos dos formó parte de la naturaleza misma de la película. Y le dio, tal vez, un hálito de verdad, más allá de la interpretación. Son dos actores que están en el recuerdo del público cinéfilo cubano.

La gente los asocia con memorables filmes. Además, son dos grandes intérpretes y esta es una película que descasa en ellos, en sus verdades. Ese es su soporte principal. Creo que ninguna otra pareja de actores lo hubiera hecho así de bien, ni hubiera provocado esa pasión que despiertan en el público Isabel y Luis Alberto.

Dentro de los múltiples retos que tiene un director de cine, se incluye la dirección de actores ¿Es para usted una experiencia gratificante?

En mí, todo es un pretexto para llegar a esa etapa. El proceso que más disfruto es estar con ellos. No soporto la escritura del guión, aunque es un paso previo necesario. Pero, cuando de verdad me siento feliz, a full en mis potencialidades, es en el momento de dirigir a los actores. De la praxis cinematográfica lo que más me gusta es estar en el set filmando, conversando con los actores, ver cómo vamos armando la película.

Desarrolla el rodaje del filme en un pequeño apartamento pudiendo hacerlo en un estudio ¿Por qué este desafío?

Porque siempre le tengo miedo a la falsedad que puede tener un estudio. Temo que se note una costura de irrealidad. Creo que el apartamento, con todo lo difícil que fue, contribuyó a esa veracidad que quise lograr. Además de que durante años, supuse la película en un espacio real.

¿Cómo valora el trabajo de la directora de arte en Ya no es antes?

Fue vital. Vivian del Valle participado en todas mis películas en esta especialidad. Esta relación facilita el entendimiento entre ambos de lo que ella también descubre en el filme y de lo que quiere poner en la pantalla.

Todo ese mundo de los colores, los rosas, los fucsias, los grises, lo que está en las paredes es resultado de su labor. Creo en el trabajo en equipo, en lo maravilloso que te aportan los compañeros. El cine no puede hacerse solo, porque no eres capaz de tanto. No es igual que escribir un poema o pintar un cuadro. A los especialistas del cine, esa maravilla, hay que darles espacio para soñar. Y ahí viene un proceso de decantación, de conversaciones donde crece la obra.

En cuanto a trabajo con Harold López Nussa, ¿le marcó pautas creativas o le dió total libertad?

Harold es un virtuoso, es un genio. Por supuesto que conversé con él. Junto definimos, luego de ver la película, áreas donde intervenir, incorporar notas y acordes. Converso mucho, no soy un director que imponga nada. Creo que la película es un momento de realización de todos y todos tienen algo que aportar a la película.

Es un privilegio contar con Harold en una película, por segunda vez. Y según preveo haré todas las películas con él. Lo adoro, me encanta su música, la manera en que sabe traducir con música lo que está pasando en el filme. A veces como contrapunto, a veces como apoyo, a veces como subrayados.

¿Cómo fue trabajar con el experimentado Raúl Pérez Ureta ante un escenario pequeño, sobrio, de austera escenografía?

Fue un desafío enorme. Raúl Pérez Ureta es un maestro. Él hizo que yo tuviera una película bonita. No me lo imaginaba. Mientras yo me empeñaba en lograr intensidad, dramatismo, Raúl construía la belleza de la imagen.

Durante todo el proceso de la película cambiaron muchas cosas. Iban a ser unos actores que no fueron, iban a ser productores que no fueron, iba a haber una música que no resultó. Pero lo que nunca cambió fue la dirección de fotografía de Raúl Pérez Ureta.

“Ya en mi tercera película, y justamente por lo difícil que yo sabía que sería esta (la cuarta) estaba convencido de que tenía que hacerla con un maestrazo de la fotografía. Fue un lujo, porque no hay nada para mi tan importante como querer aprender y con Raúl se aprende todo el tiempo. Tiene más energía y vitalidad que nadie. Es una catedra del cine cubano.

¿Cómo evolucionó el guión a partir del texto Weeken en Bahía? ¿Cómo fue el trabajo desarrollado por Mijail Rodríguez en la co-escritura del texto fílmico?

Yo tenía claro a lo que quería llegar. Fue un trabajo de escritura permanente. Sobre todo de relectura y revisión. A veces Mijail y yo lo dejábamos reposar, lo dejábamos de leer por seis meses. Cuando volvía a releerlo, encontraba detalles en la estructura y hacia encuentros esporádicos con Mijail. Fue un proceso orgánico, vivo, hasta la edición.

Cuando entraron los actores el guión creció. Yo estoy abierto a eso, no soy un director aferrado a una única manera, a una sola intención. Es algo que uno no puede hacerse en soledad, y se debe estar abierto a escuchar los aportes de otras personas.

Si llamé a Raúl Pérez Ureta es porque sabía que no me iba a sentir solo. Iban a nacer soluciones, encuadres, posibilidades narrativas. Si llamé a Isabel y a Luis Alberto es porque no solo me quise aprovechar de los actores que son sino también de sus condiciones como artistas e intelectuales. Sus sapiencias le aportan a la película. Por lo mismo llamé a Harol, a Vivian del Valle y a todas las personas que integraron el equipo de realización: para aprender de ellos.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

*La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte, Canarias Semanal y Cubainformación, estas dos últimas del Estado Español.

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Ambrosio Fornet: Entre la imaginación y el pensamiento. Por: Octavio Fraga Guerra*

Para Silvia Gil

Una entrevista audiovisual ha de ser cartografiada con agudo sentido del tiempo, con mirada pretérita y acento renovado. Es una ruta donde se impone construir signos de vastos contenidos en llana relación con los requeridos equilibrios temáticos que transitan por el texto fílmico.

En el documental, la entrevista es recurrente. Se erige como una plataforma inmaterial donde podemos reescribir medulares capítulos de la historia, la sociedad, la cultura y el pensamiento. Tras una evolución atemperada por la intencionalidad de sus autores, en este género cinematográfico son tomados en cuenta los muchos destinos por donde pueden deambular los cruces de palabras. Es edificado un amplio abanico de ideas que se erigen para el lector audiovisual.

La no ficción de corte biográfico, en el cine, suele estar planteada como una puesta en escena donde se jerarquizan los valores del entrevistado y las sustantivas palabras que genera el dialogo. Casi siempre es producida en un encuadre potenciador de la gestualidad y la expresión corporal, sin ignorar los pasajes de acentos socioculturales que fortalecen la personalidad del interlocutor protagónico. Eso sí, el personaje ha de ser retratado con sobria envoltura, cuya puesta en escena ha de ser frontal al reality show fílmico de burda factura, una tendencia creciente en ciertos filmes que apuntan al mundo animal o, también a las extravagancias de personajes anodinos ubicados en paisajes naturales, presentados en un transversal escenario.

Cuando el material está bien construido por ese echar un párrafo esperadamente enriquecedor, denota el particular intercambio de vestiduras y abordajes. Desde otra perspectiva, estudiosos del tema jerarquizan la voz como el elemento clave a trabajar, como articuladora del mensaje, “pero el resto de las expresiones no verbales que lo acompañan influyen decisivamente en la interpretación que extrae el telespectador”[i].

En este singular momento, la palabra es el eje narratológico. Se dimensiona en el empeño de darle cuerpo a la arquitectura fílmica construida. Todo ello acompañado de una fotografía que hurgue, humanice, retrate los cercos del protagonista; delineado por un montaje de austeras entradas, de cortes curtidos por giros y transiciones de “obligada presencia”; secundado por una banda sonora que legitime el dialogo, sublimice los momentos tejidos de improntas y simbolismos. Todas estas lumbres, y muchas otras, conviven en función del objetivo central: el entrevistado.

El teórico francés Michael Piault rubrica una idea que sirve de punto de partida a los esbozos anteriores, cuyo eje central es la pieza de la Videoteca Contracorriente producida por el ICAIC, donde el protagonista es el intelectual cubano Ambrosio Fornet.

“Hemos oído hablar del otro, hablar por el otro, designar al otro, interrogarlo para oír por fin su propia voz. Y luego surgió el tema de oír no sólo el sonido de su voz sino de aceptar su palabra, de escucharla directamente y no de transcribirla o interpretarla. Escuchar al otro, esto conducía igualmente a escuchar sus razones y a percibir el sentido que da a sus actos, a percibir las referencias que da de su comportamiento…”[ii].

Esta acotación puede parecer una simple nota al margen sobre los corpus teóricos que merodea a la entrevista, en particular la audiovisual. Es un excelente boceto sobre la corporeidad del protagonista o la dicotomía entre el imaginario construido sobre un personaje y la realidad contada por él mismo.

El audiovisual hoy, circula ante una colectividad cada vez más fraccionada, más hacia su parcela o su espacio vital asociado a lo profesional, a los gustos y motivaciones lúdicas. Asistimos a la fragmentación del conocimiento y los gustos que han explosionado en escenarios virtuales de ceros y unos. Sus velados códigos nos impulsan a descifrarlos, socializarlos, ante lo cambiante del escenario multimedia de estructuras matemáticas que condicionan o intervienen en el comportamiento humano, un cúmulo de información apabullante que no pocas veces oculta lo esencial para el crecimiento humano.

Como eje protagónico de la narración audiovisual, debe hallarse un equilibrio entre la codificación de los mensajes, la pensada fragmentación de los planos y el corte de las palabras. Es decir, una deseada armonía entre el discurso oral y la forma en que ha sido construido para que llegue con acierto al espectador.

Son estas, imágenes justificadas en la pantalla, construidas para un lector fílmico que se “apropia” de las baldas constitutivas de la estructura narrativa, de un dialogo pretendidamente culto, cuando se trata de personaje  de la estatura de Ambrosio Fornet. Como bien lo delimitó el entrevistador en este capítulo de Contracorriente, el también escritor y ensayista Francisco López Sacha, una figura del pensamiento cultural cubano.

López Sacha se muestra en dicha pieza fílmica tal y como es en los diversos escenarios sociales y culturales: exuberante, indagador, también protagónico, detalle que debió cuidar el realizador de esta entrega. Más bien se trataba de hurgar en los predios de Fornet sin caer en lo desmedido, en lo periodísticamente incorrecto, sin violentar las plazas personales del autor de Narrar la nación (2009), que en otros planos del filme se muestra atento a lo sustantivo de las interrogantes.

Uno de los grandes retos de toda entrevista fílmica es fotografiar al entrevistado tal y como es. Un personaje sujeto a la óptica de las cámaras, a las luces que enriquecen las texturas corporales, los fondos escenográficos. Un recreo de planos y contra planos pensados para construir autenticidad, humanismo, ruptura de lo artificial ante lectores que exigen severo profesionalismo.

Fornet, también teórico del cine y autor de Alea: una retrospectiva crítica (1987) o Las trampas del oficio (2007), se presenta en la entrevista con la sencillez que le caracteriza: un pensador cuya obra ha trascendido las coordenadas de nuestra geografía insular. Eso sí, sin dejar de hacer correcciones a sus propias palabras, sin renunciar a su derecho de abundar más allá de lo preguntando, pues sabe del valor del tiempo en la pantalla y su trascendencia formadora de probado alcance social. Con su labor ha puesto a la cultura cubana, en particular a la literatura y el cine, en el mapa de los más encumbrados escenarios de las últimas décadas del siglo pasado y del aún joven siglo XXI.

Las palabras del entrevistado son las de un intelectual que ha incorporado la educación como parte esencial de su vida. Este discurso fílmico, con envoltura de dialogo, se presta para el ejercicio de reflexiones cultas, despojadas de la petulancia y los esnobismos de algunos otros, que revelan vacíos humanos y limitaciones creativas.

López Sacha rompe su contienda indagatoria desde el encadenamiento lógico de sus orígenes. Remueve en los antecedes del trabajo intelectual de Fornet, en sus comienzos un probado lector, revelado luego como ensayista y devenido, con el paso de los años, como un gran editor, crítico de cine, guionista, conferencista en muchas materias de la cultura y la sociedad. Un sólido intelectual con una singular y descollante obra literaria sobre temas que pertenecen, en algunos casos, a los predios de la política cultural cubana.

A manera de prólogo, el entrevistador construye un mapa de Fornet. Contextualiza su origen provinciano, no para desmeritarlo, más bien para desgranar la singularidad de los primeros años de su vida. El autor de A un paso del diluvio (1958), su primera obra, nació en Veguitas, un pueblo situado a 47 kilómetros de Bayamo. Un intelectual que creció en el fragor de una época, revolucionaria por naturaleza, donde todo estaba por hacer.

No es casual esta apertura de la pieza audiovisual para entender el curso de su estructura narrativa, construida con sobriedad, contados recursos narratológicos y documentales. El filme emerge desde lo biográfico para desmontar nuestra sociedad y cultura, para significar algunas zonas del pensamiento cubano y la rica historia de un pueblo hidalgo, solidario.

El preámbulo del documental sustantiva que toda gran obra artística y literaria es fruto del esfuerzo, del empeño, cuya evolución pasa por los más disímiles obstáculos que han de sortear los pensadores; que la lectura es la praxis de su faena, porque enriquece, perfila ideas y conceptos, revoluciona las cortezas de las palabras.

En este primer tercio de la entrevista, se nos dibuja la evolución de un intelectual que hizo del ejercicio crítico una aguda labor entre los creadores literarios. Sus anécdotas fotografían una insuficiencia en el ejercicio crítico del arte y el pensamiento cubanos; la necesidad de despojarnos de la mentada autocomplacencia, de construir el rigor y la fina palabra en función de la sociedad, más allá de los predios naturales del arte y la cultura.

La actitud ética del entrevistado está plasmada en el segundo trecho de esta entrega, como parte de los roles y ejercicios humanistas que le toca asumir a los pensadores de nuestra nación, a los que se impone insertar en nuestros medios más allá de los naturales espacios en los que son leídos.

Sus acusadas aseveraciones presentes en estas dos primeras partes de la entrevista están despojadas de la ineficaz ortodoxia de la educación, del didactismo tardío. Fornet dialoga en cada tramo del documental con esa probada vocación de construir lectores cautivos, de aportar sus experiencias, sus puntos de vista enriquecedores de probada vigencia, de claro compromiso con nuestra cultura. Su oratoria es un permanente invitar a leer, a descubrir los ardores de los buenos libros y su pasión de hombre sabio aflora en cada una de sus intervenciones con meridiana sencillez.

Un nuevo trazo significante se incorpora en este dialogo ilustrado, la labor de Ambrosio en la creación de la colección Cocuyo, una serie de libros de autores cubanos, y de otras latitudes, que fueron escritos entre las décadas del 40 y 60 del siglo XX. Vale citar entonces una idea muy actual, que a manera de glosa nos expresa el interrogado, cuyo origen es el texto: Contribución a la crítica de Carlos Marx: “El artista cuando crea una obra de arte para el espectador, crea al mismo tiempo, un nuevo espectador para la obra de arte”[iii].

Ambrosio Fornet delinea una esencia de orden cultural cuya vigencia es incuestionable. Esta frase entra con brasa de relojería en el esqueleto y las ramificaciones de la política cultural de la Revolución cubana, en tiempos en los que las nuevas tecnologías multiplican el conocimiento, las maneras de construir la realidad y el pensamiento.

Estamos ante un escenario global que se trasmuta a sí mismo, se viste de disímiles ropajes, subvierte la realidad para construir otras; prostituye la verdad. A este escenario asistimos expuestos, a la intemperie. Y en el filme documental dedicado a Fornet, el anecdotario del también autor de El libro en Cuba (1994), es pasto para la entrega de nuevas aportaciones de matriz cultural y educativo, conexas a dichas ideas.

Pero el entrevistado va mucho más allá, incorpora a esta atmósfera fílmica un tema que compete no solo a la literatura sino también al audiovisual, al teatro, a las otras artes: se impone involucrar a las ciencias sociales para responder, en parte, a las expectativas no reveladas de ese lector que aspira también a recibir el retrato humanizado de nuestros héroes, de nuestros referentes históricos, sociales y culturales.

Desde esta perspectiva urge entonces reciclar la obra construida por Fornet, desde las herramientas de las nuevas tecnologías y, claro está, desde los tradicionales modos de comunicación para conducirlos hacia el templo de las bibliotecas.

La magnitud del asunto es proporcional con la legitimidad de toda obra sobresaliente, con hacer realidad la socialización de sus contenidos, con la necesidad de tocar los fondos y la epidermis de una generación que desconoce a muchos de nuestros más prominentes intelectuales.

[i] Balsebre, A., Mateu, M. y Vidal, D. La entrevista en la radio, televisión y prensa. Ediciones Cátedra, 2008.

[ii]   Piault, Michael. Anthropologie et Cinéma. Ed. Nathan, Paris, 2001.

[iii] Fornet, Ambrosio. Una entrevista a Ambrosio Fornet. Videoteca Contracorriente. ICAIC, 2009.

Tomado de: http://www.cubarte.cult.cu

*La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte, Canarias Semanal y Cubainformación, estas dos últimas del Estado Español.

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Ecos de Palabras a los intelectuales. Por: Octavio Fraga Guerra*

Resulta oportuno para el sistema de instituciones culturales de nuestra Isla, sus hacedores, y para la sociedad cubana, la publicación del compilatorio: Un texto absolutamente vigente. A 55 años de Palabras a los intelectuales. El joven historiador Elier Ramírez Cañedo asumió este encargo y encabezó el libro con el discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz,  colofón del encuentro del líder con los intelectuales en la Biblioteca Nacional los días 16, 23 y 30 de junio de 1961.

En el mapa de la compilación, de sustantivas texturas, se incluyen ideas de dieciséis pensadores de la nación. Carlos Rafael Rodríguez, Graziella Pogolotti, Armando Hart Dávalos, Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero, Nancy Morejón, Fernando Martínez Heredia, Jaime Gómez Triana, Omar Valiño, Aurelio Alonso, Ambrosio Fornet, Luis Toledo Sande, Fernando Rojas, Indira Fajardo Ramírez, Rayner Pellón Azopardo y Juan Nicolás Padrón, son los antologados en este ensayo.

En el corpus del libro, los autores revisitan las ideas de Fidel. Con sus notas contribuyen a la comprensión de la trascendencia de las intervenciones del líder en aquel convulso 1961. Un año marcado por sucesos históricos como la derrota de la Brigada 2506, en Playa Girón; la lucha contra las bandas mercenarias que operaban en el Escambray, y en otras zonas del país, y el empuje de la campaña nacional para eliminar el analfabetismo en la geografía cubana.

Palabras a los intelectuales dialoga con los textos que habitan en este libro-mapa. Es una selección que enriquece el alcance, la contemporaneidad y vigencia de este discurso fundacional, capital para el desarrollo de la política cultural de la nación. Resultan reveladores los enfoques de cada autor.

Al interior del libro se nos revela la anchura de sus contenidos, la evolución de cada uno de los textos y el curso de las más descollantes miradas. La pluralidad de los análisis nos permite atemperar la vitalidad de este volumen.

Los autores redimensionan a Palabras… más allá de la frase: “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”. Desmontan tergiversadas lecturas, miradas fragmentadas o enfoques descontextualizados; apuntan, pliego sobre pliego, toda una batería de argumentos que revelan la trascendencia del texto, que con este volumen se convierte en un discurso mayor.

“Yo veo la trascendencia de Palabras a los intelectuales en el conjunto de la intervención de Fidel y en los objetivos que tuvo, más que en la frase famosa. A mi juicio, esa frase atendía a lo esencial de aquella coyuntura, y no al propósito imposible de enunciar un principio general de permanente de política cultural”, subraya el pensador Fernando Martínez Heredia.

La virtud de esta entrega, preparada por Ediciones UNIÓN (2016), es también la de nuclear en un solo volumen la mirada crítica de varias generaciones de intelectuales cubanos. Todas ellas enriquecedoras y sustantivas, ameritan leerse desde una mirada integral, abarcadora, contemporánea, historicista. Una clara invitación de Un texto absolutamente vigente. A 55 años de Palabras a los intelectuales.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

*La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte, Canarias Semanal y Cubainformación, estas dos últimas del Estado Español.

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Jorgito Kamankola en El patio de Baldovina

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Viernes 24 de febrero, 5:00 PM

La Jiribilla

Revista de cultura cubana

Calle 5 y D, Vedado

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Ediciones ICAIC: siete novedades para esta Feria. Por: Octavio Fraga Guerra*

Al frente de Ediciones ICAIC está una mujer vital, constante y segura. Acompañada de editores, diseñadores, fotógrafos y muchos otros profesionales lleva a buen puerto el agudo trabajo de una esencial institución de la cultura cubana. Hablo de Mercy Ruiz y de la presencia de su sello en la 26 Feria Internacional del Libro de La Habana.

“Vamos a presentar siete novedades. En primer lugar Vivir bajo la lluvia, en homenaje a ese gran intelectual que fue Julio García Espinosa. Tenemos la suerte de que Dolores Calviño, Lola, nos preparó un excelente volumen con textos de Julio y sobre Julio, algunos de ellos inéditos”.

Cronología del cine cubano, tomo IV (y cierre de la colección), de Arturo Agramonte y Luciano Castillo, es otra de las entregas, señaló Mercy Ruiz. “Se trata de una gran obra fruto de una acuciosa investigación realizada por los autores. Abarca desde 1897 hasta 1959. Es una serie muy demanda entre los especialistas.

“Presentaremos también, Memorias de un director de arte, de Pedro García Espinosa, un texto en homenaje a esa especialidad del cine, poco ponderada y conocida y muy importante en el desarrollo de una obra cinematográfica. Pedro dedicó más de 60 años, su vida, a este oficio y ha hecho un libro que compendia sus experiencias”.

En su enumeración de las ofertas de Ediciones ICAIC para la Feria, la directiva añadió El espejo roto. Morfologías del cuerpo gay-lesbiano/queer en el cine, el más reciente libro de Alberto Garrandés. Este ―dijo Ruiz―es un prolífico narrador, pero también escribe sobre cine y esta es su cuarta entrega para nuestro sello editorial.

Otra de las ofertas es La edad de las ilusiones, el cine de Fernando Pérez, de Joel del Río, donde el autor traza un boceto inteligente y calibrado de los años de formación del realizador, según lo expresa el crítico e investigador Luis Álvarez en el prólogo de este volumen.

En coedición con la Fundación Alejo Carpentier, Ediciones ICAIC también pondrá a disposición de los lectores Alejo Carpentier: la facultad mayor de la cultura, del escritor camagüeyano Luis Álvarez. El texto está prologado por la Dra. Graziella Pogolotti. Es un estudio que hace su autor sobre el ideario carpenteriano relacionado con la cultura cubana y latinoamericana.

Para los niños presentaremos Contar y cantar 5, de Jorge Oliver, añade Mercy Ruiz. “Es una colección que abrimos hace tres o cuatro años. Este libro, bellísimamente ilustrado por los creadores de los Estudios de Animación del ICAIC, reúne cuentos inspirados en distintos videoclip”.

Sobre la realización de estos libros la directiva subrayó el trabajo de los autores, “todos de primera línea”; de los editores, “muy capaces y profesionales”; de los diseñadores y los artistas, “que han hecho posible las cubiertas de los siete títulos”. Y asimismo declaró su agradecimiento por el aporte del Fondo de Desarrollo del Ministerio de Cultura, “que financia parte de nuestros títulos”. También manifestó su gratitud hacia el Instituto Cubano del Libro, “que a través de los planes especiales ha hecho posible imprimir tres de estos volúmenes. “Ellos también nos ayudan en las labores promocionales y de distribución del catálogo Ediciones ICAIC”.

Pero sin la poligrafía nada de esto es posible, acotó la directiva. “Tenemos una opinión muy positiva de las entidades poligráficas que trabajan con nosotros (la UEB Gráfica Caribe y la Empresa Osvaldo Sánchez). En ellas se hace una meritoria labor y los libros quedan muy atractivos y con un buen acabado”.

El Centro Cultural Dulce María Loynaz es el espacio escogido para la presentación de todos los títulos (el 10 de febrero a las 10 de la mañana), excepto Cantar y contar 5, de Jorge Oliver, que será lanzado en la Sala Dora Alonso, del recinto ferial Cabaña, el jueves 16 de febrero a las 12 del día.

La editorial tendrá un stand (el A7C), ubicado en la Plaza de San Francisco, en el complejo Morro Cabaña. Allí estarán dichas novedades editoriales y libros de años anteriores. Estarán a la venta alrededor de 80 títulos, además de Cine Cubano, la primera revista cultural que surgió después del triunfo de la Revolución, en junio de 1960. Fue fundada por Fidel y por Alfredo Guevara. Al año siguiente surgió Ediciones ICAIC.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

*La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte, Canarias Semanal y Cubainformación, estas dos últimas del Estado Español.

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La Cinemateca de Cuba está de fiesta. Por: Octavio Fraga Guerra*

Apenas un año después de haberse creado el ICAIC, hace 57 años, nació la Cinemateca de Cuba, institución que atesora y promueve los más descollantes filmes de la producción nacional e internacional.

Según Luciano Castillo, su actual director, este cumpleaños será celebrado dos días después de la fecha fundacional: el 8 de febrero, a las seis de la tarde, en el cine 23 y 12, y podrán participar en el festejo todos los interesados.

La Orquesta de Cámara de La Habana interpretará temas clásicos de la música cubana y universal en una función especial de gala, como parte de un amplio programa cultural concebido para conmemorar este aniversario. Además, ese mismo día se presentará el documental La primera función, una compilación de los cortos que se exhibieron originalmente en la presentación inaugural del Cinematógrafo Lumière, el 28 de diciembre de 1895.

“Elegimos este material porque el reciente 24 de enero se cumplió el 120 aniversario de la llegada del cinematógrafo a Cuba y de la primera función de cine, desarrollada en un local aledaño al Teatro Tacón, hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Después, en calidad de estreno, exhibiremos una versión restaurada, definitiva, del clásico El Chicuelo, de Charles Chaplin”, explicó Luciano Castillo.

Antecede a dicha programa inaugural, la exhibición de los cuatros títulos restaurados del cine cubano, presentados en la pasada edición del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en la sección “Clásicos restaurados”. Ellos son Memorias del subdesarrollo, Los sobrevivientes y Una pelea cubana contra los demonios, de Tomás Gutiérrez Alea, y Retrato de Teresa, de Pastor Vega.

Otros títulos de la cinematografía nacional ―adelantó el director de la Cinemateca― están en proceso de restauración: La Virgen de la Caridad (1930), de Ramón Peón; Estampas habaneras (1939), de Jaime Salvador; La serpiente roja, el primer filme sonoro cubano, de Ernesto Caparrós; Casta de robles, de Manuel Alonso, y Cuba Baila, de Julio García Espinosa; además del primer Noticiero ICAIC. “Es muy probable que estos títulos queden terminados para diciembre y podamos disfrutarlos en la próxima edición del Festival de Cine de La Habana”.

Según Castillo, varios países y representantes del Festival de Guadalajara y el de Cartagena y del Museo de los Ángeles, así como de la isla de Hong Kong se han mostrados interesados en exhibir Memorias del subdesarrollo, por ese redescubrir de la película.

“Por otra parte, esta festividad incluye también una sólida oferta: la exhibición en la Sala Charlot de filmes estrenados el pasado año 2016, hecha por los críticos de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, y los 100 mejores filmes del nuevo milenio, según una encuesta recientemente desarrollada por la BBC. Estos últimos serán presentados en la sede de la Cinemateca, el cine 23 y 12.

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Letras Cubanas más allá de la Feria de la Habana. Por: Octavio Fraga Guerra*

Mi entrevistado, Rogelio Riverón**, es narrador, poeta, periodista, crítico y editor. Ha sido antologado reiteradamente en Cuba y el extranjero. Para muchos es uno de los mejores hacedores de la promoción literaria. Por varios años ha sostenido una columna de crítica literaria en el periódico Granma y es responsable de varias antologías del cuento cubano.

Para esta ocasión no pretendo hurgar en su copiosa obra literaria. Me anima su condición de director de Letras Cubanas y la presencia de esta editorial (que el reciente primero de enero cumplió 40 años de fundada) en la 26 Feria Internacional del Libro de La Habana.

¿Cómo han concebido la presencia de Letras Cubanas en la Feria?

Hemos organizado el programa basándonos en algunas fechas importantes en el campo de la literatura. Quiero destacar un panel que hemos organizado por el centenario de Salvador Bueno, el gran ensayista, investigador, antólogo, catedrático, que fue presidente de la Academia Cubana de la Lengua.

Creo que Salvador Bueno es una figura de obligado estudio en Cuba, por encima del prejuicio de que por no haber sido un creador de ficciones no alcanzó la estatura singular de otros escritores. Hemos publicado una antología de artículos que tituló Costumbristas cubanos del siglo XIX y que ya había aparecido en la Colección Ayacucho, Caracas, 1985. Dentro de las actividades de la Feria, organizamos también un panel por los cuarenta años de Letras Cubanas.

¿Qué novedades nos puede anunciar?

Llevamos una edición comentada de Jardín, de Dulce María Loynaz, un trabajo de la investigadora Zaida Capote. También, libros de autores contemporáneos como Roberto Méndez con su novela El fuego de RUAN. Llueve sobre La Habana; Insomnio -the fight club-, una selección de cuentos de Ahmel Echevarría y Prontuario impropio, un poemario de Pedro de Oraá, quién obtuvo recientemente el Premio Nacional de las Artes Plásticas.

Vamos a presentar además la poesía completa de Georgina Herrera, una publicación muy merecida por la escritora, así como poemarios de autores más jóvenes. Entre ellos Legna Rodríguez, que tiene otro libro titulado CHICLE (ahora es cuando), Katia Gutiérrez y Augusto Alfonso.

¿Qué nos puede comentar de los premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén que concede cada año Letras Cubanas?

Los premios de esta edición de narrativa y ensayo Alejo Carpentier y de poesía Nicolás Guillén se darán a conocer en una ceremonia en la 26 Feria del Libro de La Habana. Los libros premiados en la pasada edición ya están impresos. El poemario Bosques fractales, de José Rolando Rivero; la novela Demonios, de Alberto Garrandes y el libro de cuentos titulado La línea en la mitad del vaso, de Emerio Medina, ya están circulando en las librerías.

¿Cuál es la apuesta de vuestra editorial para los jóvenes escritores?

Se impone destacar la presentación de tres títulos de la colección Pinos Nuevos para la promoción de escritores noveles: Pájaros azules (narrativa), de Marta Acosta Álvarez; Peregrinaje de Borges por los laberintos de Dante (ensayo), de Arassay Carralero y Los hijos de Caín (poesía), de Rubiel G. Labarta.

¿Una vez que concluya la Feria, qué labores pretende desarrollar la editorial más allá de La Habana?

Letras Cubanas estará de gira con los autores en varias provincias. Los libros de nuestra editorial serán presentados también durante todo el año. No hemos perdido la perspectiva de que somos una editorial nacional. Nuestros autores son de todas las regiones del país, sin que responda a cumplir una cuota. Ellos entran a nuestro catálogo por la calidad de los profesionales que trabajan en nuestra editorial, por su capacidad de gestar libros y de estar al tanto de la literatura que se está escribiendo en Cuba.

**Rogelio Riverón ha obtenido entre otros reconocimientos los premios Luis Rogelio Nogueras, 1990, con Los equivocados (Edición Extramuros, 1992); el Premio de cuento de la revista Revolución y Cultura, 1994; el Premio Nacional de Periodismo Cultural, 1997; el Premio UNEAC de cuentos, 1999, con el libro Buenos días Zenón y en el 2001 con Otras versiones del miedo, así como una mención en el Premio Casa de las Américas en el 2000. En 2007 obtuvo el prestigioso Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar con la obra Los gatos de Estambul. Ha publicado también los libros Subir al cielo y otras equivocaciones (Letras Cubanas, 1996), la novela Mujer, mujer (Ediciones Capiro, 1999) y el libro de cuentos Mi mujer manchada de rojo (Editorial Oriente, 2005). Es además, autor de varias antologías de la narrativa cubana actual, entre ellas Palabra de sombra difícil (Editora Abril-Letras Cubanas, 2000); Cuentos sin visado (Lectorum, México-UNIÓN, La Habana, 2002); Conversación con el búfalo blanco (Letras Cubanas, 2006); Los premios (Letras Cubanas, 2007) y La línea que cruza el agua (Monte Ávila, Venezuela, 2006). El Consejo de Estado de la República de Cuba le otorgó en 1996 la Orden Abel Santamaría por su destacada labor de promoción cultural en la comunidad cienfueguera del Castillo de Jagua. Posee también la Distinción por la Cultura Nacional.

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Una imagen en lugar de muchos discursos. Por: Octavio Fraga Guerra*

“El primer cartel producido por el ICAIC para la promoción de una película cubana de ficción fue Historias de la Revolución (1960) de Tomás Gutiérrez Alea, quien le encargó la obra al diseñador Eduardo Muñoz Bachs. Este cartel reúne elementos que lo identifican como una obra de transición, pues a diferencia de otros carteles producidos con posterioridad este no fue impreso en serigrafía y su formato fue el de mayor dimensión”. Así lo suscribe la intelectual cubana Sara Vega, autora del libro, El cartel cubano llama dos veces, un texto imprescindible para entender y apreciar la tradición de la cartelística del cine nacional.

Este volumen fue presentado con la presencia de Consejero Cultural de la Embajada de España en Cuba, el Sr. Guillermo Corral, de Reinaldo González, Premio Nacional de Literatura y de Ignacio González, director de Ediciones La Palma, de Madrid.

Financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional, en alianza con la Cinemateca de Cuba. El texto, dedicado a la cartelística, es el primero de una colección llamada La bitácora del cine cubano. Según palabras del Consejero Cultural, “el cartel en Cuba tiene una enorme tradición y también se ha ganado un gran respeto y prestigio internacional bien justificado.

Por su parte, Reinaldo González expresó que “el cartel cubano nos enseñó a ser sutiles, a sugerir, sintetizar y a poner una imagen en lugar de muchos discursos; también a construir el buen gusto en nuestra sociedad. Este libro es un objeto “dulce” para trabajar con él y descubrir cómo se estructura. Es un libro bello”.

Su importancia, apuntó, está también en la información que contiene. Desde el prólogo, escrito por Luciano Castillo, hasta el minucioso trabajo de Sara Vega, con su empeño de no dejar nada fuera y contar las historias que están alrededor del cartel mismo”.

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Épica y tenacidad en el cine cubano contemporáneo. Por: Octavio Fraga Guerra*

En nuestra nación el cine épico tuvo su período de florecimiento en los albores de la Revolución. El ICAIC, fundado el 24 de marzo de 1959 como institución productora y gestora de las políticas culturales de nuestra cinematografía, subrayó los temas históricos, en particular la gesta emancipadora de la Isla. Historias de la Revolución (1960), de Tomás Gutiérrez Alea; El joven rebelde (1961), de Julio García Espinosa; Realengo 18 (1961), de Oscar Torres y Eduardo Manet; o Cuba´58 (1962), de Jorge Fraga son tan solo algunos de los filmes de ficción materializados en ese período fundacional que entroncan con esta esencial experiencia.

En décadas posteriores se concretaron otras puestas de amplia factura y renovados estilos como parte de esa estrategia de visibilizar la historia, la pretérita memoria y la eticidad de la sociedad cubana. Se retrataron, desde dispares narrativas, relevantes hechos, requeridas biografías e impostergables pasajes donde la sociedad cubana se vio representada, historiada, dibujada en veinte cuatro cuadros por segundo.

Textos fílmicos como David (1967), de Enrique Pineda Barnet; La odisea del General José (1968), de Jorge Fraga; La primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez; Páginas del diario de José Martí (1971), de José Massip; Mella (1975), de Enrique Pineda Barnet; Primero de enero (1984), de Miguel Torres; Baraguá (1986), de José Massip; Asalto al amanecer (1988), de Miguel Torres, nos confirma lo vital que resulta de construir un cine jerarquizador de nuestros valores patrios, los medulares hechos de la nación, así como de los prominentes momentos de la historia nacional y locales.

Esta filmografía fue desarrollada por más de una generación de cineastas que tuvieron en el documental y en los Noticieros ICAIC las necesarias escuelas, una práctica que ha sido superada en las últimas décadas con la fundación de la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Universidad de las Artes y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. La impronta desarrollada al calor de la Revolución, los desafíos de cinematografiar nuestra rica historia, el compromiso de asumir las más descollantes epopeyas y sus protagonistas, fueron algunas de las ramas de este frondoso árbol, ralentizado por la crisis económica de la década de los noventa del siglo pasado.

Si repasamos las producciones de este siglo, estos dos grandes temas: épica y tenacidad, escasean en la cinematografía cubana. Kangamba (2008), de Rogelio París; Ciudad en rojo (2009), de Rebeca Chávez; Sumbe (2011), de Eduardo Moya; José Martí: el ojo del canario (2011), de Ferrando Pérez; La emboscada (2015), de Alejandro Gil y Cuba Libre (2015), de Jorge Luis Sánchez son los filmes de ficción que engarzan con este apartado. Al Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficas (ICAIC) y al resto de las casas productoras del país les asiste llenar estos vacíos, también de pensamientos, de lúcidas ideas. Son proyectos que han de ser solventados con una mayor producción de obras de ficción y de documentales, género este último que en nuestra Isla ha de crecer, evolucionar con obras de mayor factura, de notorio acabado.

Para este reto se impone diseñar lógicas de producción más allá de los nichos creativos y de gestión audiovisual. Son ideas básicas que han de materializarse desde una pensada articulación entre las casas generadoras de audiovisuales y multimedia y las instituciones productoras contenidos ideoestéticos y culturales. Esta variable ha de ser acompañada por un redimensionamiento de los esquemas de trabajo hacia una mayor flexibilidad, dinamismo y trascendencia que cale en la sociedad cubana y en otras geografías. Estas ideas no desconocen lo complejo del escenario económico nacional ni las políticas de centralización de los recursos financieros, idea esta defendida por el Che.

Se impone suscribir incentivos en los servicios, una de las habituales fuentes de ingreso de la cinematografía cubana. Vale la pena elaborar proyectos cuyos contenidos sean de interés para casas productoras foráneas, que cristalicen en nuestras fronteras y superen los tradicionales esquemas de las coproducciones, no exentas de retos. Para este empeño se han de integrar otras instituciones afines al arte y la cultura, así como entidades gubernamentales pensadas como activas colaboradoras de estos propósitos.

Las nuevas tecnologías abrieron paso a un estadío alentador para el desarrollo del cine cubano. Los filmes Leontina (2016), de Rudy Mora, y Bailando con Margot (2016), de Arturo Santana, no los confirman. Escenarios pretéritos construidos por estas herramientas permiten desarrollar y construir locaciones de legítima factura. El cine nacional crecerá con esas herramientas cada vez más reconocidas y usadas por jóvenes cineastas, desatadas en todo un entramado de ideas y sueños que ha tenido mayor desarrollo en las producciones de videoclip de factura nacional.

¿Épica y tenacidad solo para los filmes que abordan nuestras luchas independentistas, nuestra historia? No, son muchos los relatos a cinematografiar en 58 años de Revolución que “esperan” por los sabores del celuloide.

En estos tres últimos lustros ha sido fotografiada por el cine documental la obra de nuestros colaboradores en misiones internacionalistas. Sin embargo, su arte final no ha tenido la exigida factura. El tono reporteril, el empastado didactismo, la buscada y no siempre lograda suma de emociones, son desaciertos a tener en cuenta ante la necesidad histórica de documentar, pero también de ficcionar los relatos de nuestros compatriotas.

Hace más 30 años se fundó en Cuba el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (1 de julio de 1986). La institución sentó las bases para el desarrollo de los llamados polos científicos, enclavado en la capital y en varias provincias del país. Detrás de esas prominentes instituciones habitan muchas historias que podrían ser montadas en renovados textos cinematográficos. Los desvelos de sus protagonistas, el humanismo  de sus investigadores y los desafíos vencidos por la tenacidad y la ética de estos grandes creadores, son buenos pretextos para actualizadas puestas de cine.

Será gratificante conocer la vida y la obra de prominentes científicos de nuestra Isla. Nos asiste fotografiarlas, legitimarlas, humanizarlas. Para este escenario, casi virgen, cabe el documental y la ficción. Dichos sueños implican todo un trabajo de búsqueda de las historias de las muchas epopeyas vividas. En ese proceso de indagación afloran las ideas, los guiones, la empatía y el compromiso con los sueños cumplidos por los investigadores cubanos.

El Ballet Nacional de Cuba; sin dudas, una de nuestras agrupaciones culturales de mayor prestigio internacional, fortalece el sentido de la tenacidad, el orgullo de ser parte de esta Isla, nuestro apego a la nación y sus conquistas. Sin embargo, el séptimo arte no lo ha fotografiado más allá de la puesta en escena audiovisual o en los espacios informativos, filmando solo desde la epidermis de sus creadores. ¿Cuántas historias que habitan tras bambalinas se podrían contar? ¿Cómo logran nuestros bailarines esos prominentes resultados? ¿Es que estamos “condenados” a conocer solo las puestas de realizadores foráneos que abordan dichos temas? Son estas, a fin de cuentas, meras provocaciones para seducir a los narradores fílmicos.

En la misma línea de la tenacidad, dos ejemplos dispares son válidos para varias puestas de ficción y documental. La ejemplar faena de la cruzada teatral de Guantánamo y la obra de los constructores que con los pedraplenes unieron a nuestro archipiélago con la cayería norte del país.

La experiencia de la cruzada teatral de Guantánamo, que cada año se realiza en la oriental provincia, merece al menos un texto fílmico, una pieza capaz de hacer visible la gesta y la tenacidad de sus actores. Conformada por teatristas que cada año comparten sus empeños escénicos en poblados que no cuentan con un circuito de manifestaciones artísticas, sus protagonistas siguen aferrados a trotar por parajes distantes de la cabecera provincial en condiciones de campaña. Por más de 25 años, estos actores de excepción dejan huellas, conocimientos, estimulan en los pobladores de estas inhóspitas regiones saberes, valores, y lo más relevante, socializan su labor más allá de la nicho tradicional del teatro.

Los pedraplenes en Cuba son otra gran historia por contar en el cine. Desafiando los obstáculos de la naturaleza cientos de maestros de obras, técnicos y constructores se han “adueñado” del mar para erigir carreteras que permiten el paso a lo que hoy es un gran polo turístico en nuestro país. Esta gesta nos exige componer con imágenes propias los retos, obstáculos y desafíos de dichas obras.

Muchos otros ejemplos asociados a esta idea podrían ser enunciados. La obra de la Revolución Cubana está colmada de experiencias tenaces, de historias que abrigan la épica más allá de la mentada y necesaria memoria histórica o de la cronología de hechos. El primer reto está en sortear los desafíos y las dificultades que persisten en Cuba para hacer cine.

Épica y tenacidad son imprescindibles para la formación de valores. Nuestro cine está necesitado de construir un capital simbólico que se incorpore al consumo de materiales ajenos a nuestras fortalezas culturales. Lo esencial es construir, de manera escalonada, pensados contenidos para ese lector cautivo, que abunda en las redes sociales de aparente caos, donde se busca despolitizar, homogenizar el pensamiento, las culturas y los valores, muchas veces ajenos a los anclajes de la nación. La faena es larga, tenaz y solo es posible edificarla con la fuerza integradora de muchas instituciones como parte de ese entramado socio cultural construido por la Revolución Cubana.

Tomado de Notas del Reverso de: http://www.lajiribilla.cu

*(La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte, Canarias Semanal y Cubainformación, estas dos últimas del Estado Español.

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