Tras los apuntes

Una mirada plural ante la violencia de género Por: Octavio Fraga Guerra*

Letra con género. Propuesta para el tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación. Autora: Isabel Moya Richard. Editorial de la Mujer, 2014.

Letra con género. Propuesta para el tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación. Autora: Isabel Moya Richard. Editorial de la Mujer, 2014.

No basta con leer obras propias de nuestra especialidad para desarrollar una labor eficaz en materia de comunicación. No es suficiente para un creador audiovisual o de los medios de comunicación dominar las teorías del arte, de las especialidades que le son afines, los conceptos o términos propios de su oficio. Y, desde esa incompleta idea, pretender hacernos ver las fortalezas de una labor que exige estudio permanente de otras materias como parte de un inmenso acervo cultural, cada vez más infinito, muchas veces inabarcable.

Es esta una faena que en la sociedad contemporánea tiende a la especialización, a la fragmentación de los tipos y fines. Singular trabajo, que tras los agotados procesos de investigación y ciclos creativos, en términos de resultados, se revela desde carencias estéticas o de contenidos, cuando no se ha tenido en cuenta dichos criterios de rigor.

Mucho se habla hoy en nuestros medios de comunicación de las ciencias  sociales como parte integradora de ese vital conocimiento, de esa reserva cultural acumulada, que enriquece la ruta creadora de los que hacen labor con la palabra, con el audiovisual, con la letra impresa, cada vez más digital.

Letra con género. Propuesta para el tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación, de la periodista y escritora Isabel Moya Richard, viene a cumplir ese cometido ante un tema que exige responsabilidad, intencionalidad del discurso, mesura en los usos y tipos del lenguaje frente a un mal social aun presente en nuestra nación. Un asunto que debemos abordar con sistematicidad, renovada coherencia, pensado desde las propias herramientas de la comunicación, que podrían ser más eficaces, si se construyen desde la participación de todos los que son parte esencial de la solución.

El texto está estructurado en tres partes fundamentales: Empezar por el principio, La canción que no cantan los ángeles y Letra con género. Estos acápites son el cuerpo de un manual que urge socializar entre todos los comunicadores cubanos, pues resulta una gran herramienta para adentrarnos de manera rápida y eficaz en las esencias problemáticas de la violencia de género y en su diagnóstico, cuyos retratos revelan los aciertos e insuficiencias presentes en nuestros medios a la hora de tomar nota de sus ejes y abordajes, cuya arquitectura exige un repensar.

Completan esta pieza de consulta, una mínima bibliografía y un glosario de términos que su rápida lectura nos permite familiarizarnos con los vocablos que distinguen al tema. La autora ha querido acompañar este texto con un extenso artículo de la socióloga cubana Clotilde Proveyer Cervantes, Aproximaciones de la realidad cubana, que su contenido cierra con acierto los cometidos de este manual de singular lectura.

Pero se impone significar algunas de las partes de esta obra. Empezar por el principio, se adentra en las tendencias, comportamientos y singularidades de este flagelo de la sociedad global. Retratos de países, datos estadísticos, abordajes de las raíces y orígenes de este mal social, son parte de sus contenidos. Las políticas gubernamentales de otras naciones, los criterios de cómo enfrentarlos, las definiciones que le da la cultura universal, completan esta estrega que ya cuenta con una segunda tirada.

La siguiente parte de esta pieza, La canción que no cantan los ángeles, desgrana las rutas de la violencia simbólica, los recursos discursivos que se usan para construir lo femenino, las tendencias o problemáticas que caracterizan al impostergable asunto en Cuba y las fortalezas que nos distinguen; claramente visibles, contrastables, documentadas, pero aún insuficientes para afirmar que se ha desterrado de nuestra isla los orígenes y cauces de esta inaceptable verdad.

Esta segunda parte del texto, revela la clara visión y el conocimiento que tiene la autora sobre el tema y como lo engrana desde la terminología comunicacional, cuyo antecedente es el libro: Del silencio al show mediático. El sexo de los ángeles. Una mirada de género a los medios de comunicación, publicado en el año 2010.

Letra con género cierra el triángulo argumental del manual aportando herramientas, ideas renovadoras, conceptos afines a los medios o las que son propias de la comunicación cumpliendo el cometido que distingue el cabecero del texto. Amplias propuestas sobre las estrategias de comunicación, las fuentes a tener en cuenta a la hora de abordar el tema, recomendaciones conceptuales y prácticas atemperadas a nuestra realidad o las particularidades en cuanto a la construcción del discurso, completan esta parte del compendio, escrito con sencillez, sentido de la síntesis, apegado a los recursos del periodismo. Su diseño denota por la jerarquización de lo medular, o lo que resulta esencial entender para desarrollar una labor eficaz en nuestros escenarios profesionales y personales. A fin de cuentas, la labor del comunicador es también relevante en el espacio doméstico, por esa virtud de saber decir cuando se trata de abordar un problema de todos.

Leer este singular texto es reconocer una problemática social de agudas dimensiones presente en nuestra sociedad. Un problema mayor que toca encararlo desde una mirada plural, diversa, alejado de los dogmas, de los conceptos prefabricados. El rol de los medios de comunicación y sus hacedores es vital para desatar desde la organicidad y la responsabilidad del discurso los vastos conocimientos que ya existen sobre el tema, la necesaria sensibilización de la problemática abordada o la responsabilidad a la hora de construir los contenidos.

Este manual escritor por Isabel Moya Richard, encara con acierto dicho cometido. Tan solo invito a la autora  a pensar en la idea de hacer una antología de textos que analicen audiovisuales, contenidos impresos o digitales que abordan el tema de la violencia de género, enfocados hacia los materiales producidos en nuestro país. Un asunto que fue escrito con estatura intelectual por el cineasta cubano Pastor Vega en su película Retrato de Teresa, basada en el guión del escritor, editor y ensayista cubano Ambrosio Fornet. Una obra mayor, referencial, antológica, que sirve de signo, de punto de partida, de mirada discursiva, imprescindible en una idea como esta.

*Editor del blog: http://cinereverso.org

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Pablo de la Torriente Brau: talento, decoro, valentía. Por: Luis Toledo Sande*

PTB 2En la Feria del Libro cubana de este año (2015) se puso en circulación Pablo de la Torriente Brau. Pasión de contar, publicado por la casa editora que lleva el nombre del héroe. Acerca del volumen y su presentación escribí una reseña que se publicará en la revista Bohemia. Ahora reproduzco en la artesa las cuartillas que me fueron pedidas para ese libro. Al revisarlas con miras a esta nueva salida, les he cambiado el título, y —entre otras modificaciones leves— he suprimido en ellas el corte propio de su origen: respuestas al cuestionario hecho por los compiladores.

L.T.S.

En algún texto me he burlado del prurito clasificatorio por el cual se dice que alguien es “escritor y periodista”, o viceversa. Tal formulación establece un deslinde entre las funciones mencionadas, cuando en rigor, al menos si de periodismo escrito se trata, un verdadero periodista es un escritor, aunque no cultive géneros de ficción. Son esos los que en la tradición occidental suelen otorgar rango de cultor literario; pero en nuestra América ocurre que el quehacer periodístico ha sido el terreno donde se ha expresado más ampliamente, o tanto como en los terrenos fictivos, el talento de autores de primera línea. Para el señero José Martí, aquel quehacer fue el que más lo ocupó en cuanto a producción de páginas grandiosas concierne; y para otros —mencionemos solamente algunos ejemplos insignes más: Rubén Darío, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Gabriel García Márquez— ha sido también una parcela de amplio cultivo.

Pero, a pesar de la burla aludida al inicio, también resulta ostensible que la clasificación tiene asideros considerables, y parecen crecer cuando el empobrecimiento del periodismo a nivel mundial, con ayuda de otros males, ha restado prestigio al oficio de informar, que a veces hasta cede el camino a la función contraria. Aunque sería injusto responsabilizar por ese hecho a las tecnologías de más reciente aparición, no cabe ignorar el peso de las facilidades con que ellas abonan despropósitos viejos, pero que ahora parecen estar en el apogeo de sus estragos. Es el caso de la agilidad irresponsable, del descuido formal que campea cuando han quedado atrás los rigores de prácticas creativas que empezaban por el pensamiento serio antes de llegar al manuscrito, o la escritura a máquina, y terminar (o interrumpirse) en todo un proceso de pruebas y revisiones, en el cual —escuela para autores— se fraguaban editores, correctores y tipógrafos experimentados.

Pero, a pesar y por encima de todo eso, un buen periodista sigue siendo alguien que cuida sus textos con no menos pasión que la puesta por un artista responsable en el cuidado de su obra. Un buen texto periodístico es también, a su modo, una pieza artística, literaria. Pablo de la Torriente Brau fue un escritor que volcó su talento, fundamentalmente, en la pasión informativa, y también de ahí —no solo de las ideas que defendió— le viene a su obra la vital perdurabilidad por la que, así como en su tiempo constituyó un camino creativo para la lucha en el plano del pensamiento y de la acción, se le sigue disfrutando por su eficacia verbal e ideológica, incluso por su condición de iniciador del testimonio como hoy se le entiende. Si es cierto, y lo han atestiguado personas que lo conocieron de cerca, señaladamente su hermana Ruth, que él arrancaba de un tirón los textos a su dactilográfica, habrá que entender que su rapidez no era fruto de la despreocupación, sino de aptitudes que no se regalan.

Y su capacidad profesional estuvo siempre hermanada con el coraje informativo. Constantemente desafiaba el peligro. Es cierto que lo hacía ante fuerzas políticas que encarnaban eso que, para simplificar las cosas, llamaremos el mal, al que es elegante desafiar, incluso —y hasta sobre todo— cuando se pierde la vida por encararlo. Pero un coraje como el personificado por Pablo es igualmente necesario para defender, desde dentro, una Revolución que no solo debe vencer escollos externos venidos de las fuerzas hostiles a ella y que dan continuidad a las que combatió Pablo, sino también deficiencias, faltas y desviaciones internas que acaban o empiezan siendo aliadas de aquellos escollos.

En ese terreno hay que combatir por igual, aunque a menudo las consecuencias no aporten a los protagonistas el sello de heroicidad y elegancia que Pablo ganó con su brega, en la cual siempre militó del lado de la verdad y la justicia, hiciéralo o no lo hiciera formalmente en las filas de una organización. No han faltado evidencias de que el no haberlo hecho propició que, al parecer, alguna actitud sectaria influyese en el intento de minimizar, por ejemplo, la significación de su heroica militancia revolucionaria, internacionalista, en defensa de la Segunda República Española, en la cual tuvo una participación que alimenta a la mejor tradición de partidismo emancipador. La vida muestra que también en las derechas se es orgánicamente partidista aunque no se sea parte formal de un partido.

En la conjunción de profesionalidad —signada en él por la calidad de la expresión— y de valentía combativa, están la raíz de la vigencia de su periodismo, y la mayor lección con que sigue siéndonos útil hoy, y lo será mañana.

Su obra tiene un alto valor en sí misma, y como alimento formador. Profesionalidad, pensamiento y actitud combativa —de palabra y de acción— apreciará quien se asome a ella. Tal experiencia será un hecho extendido más allá de lo individual de cada quien. Pablo es cimiento y vaso comunicante. No olvidemos el orgullo con que proclamó haber aprendido a leer en La Edad de Oro. Si bien puede haber dado con ello un testimonio de carácter factual, no debe descartarse que al decirlo se refiriera a la vez, sobre todo, a otra dimensión de la realidad: en aquella revista martiana, cuya lectura se le facilitó en su ambiente familiar, encontró tempranamente un camino para desentrañar textos y vida, y pensar por sí propio.

No es casual que en sus páginas, al sembrar valores con textos como la semblanza de tres héroes raigales en quienes prendió y fructificó aleccionadoramente el decoro, José Martí sostuviera: “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado”. Una luz como esa sitúa en un plano superior lo que para Pablo significaba haber aprendido a leer en La Edad de Oro. ¿Podría sernos indiferente una obra producida con esa claridad?

Como detalle de experiencia individual en relación con su legado, añadiría que la circunstancia de haber ejercido la diplomacia en la Embajada de Cuba en España, me dio la posibilidad de ser uno más entre los cubanos que han apoyado, o participado en él, el afán de que los restos de Pablo sean trasladados a su patria. Las características del sitio catalán donde se halla la fosa común en que acabó siendo arrojado su cadáver —que había sido preparado ya, en plena guerra, para su envío a Cuba— harán muy difícil desenterrar lo que quede de él, e identificarlo. Pero ese es un propósito al cual no debe renunciarse, y si, finalmente, sus restos no pudieran sacarse de aquella tierra, perduraría en pie el valor —símbolo y verdad— de la declaración, devenida testamentaria, que al consagrarle una de sus elegías Miguel Hernández recordó que el peleador cubano le había hecho: “Me quedaré en España, compañero”. Y si algún día se pudieran traer sus restos para Cuba, en España seguirá afianzado el sello de su ejemplo, para seguir irradiando desde allí a su patria y al mundo.

Conocí la obra de Pablo de la Torriente Brau por sus cuentos de Batey, gracias a la reproducción de uno de ellos, “El héroe”, en un libro de texto de la enseñanza secundaria básica, y por ahí llegué al volumen que lo contiene. Para mí, que estudiaba, a mediados de los años 60, en una escuela situada junto a la línea del ferrocarril oriental Velasco-Sabanazo —que todavía entonces funcionaba: sus rieles y traviesas se convirtieron luego en vigas para la construcción y leña para cocinar—, fue una revelación que el nombre de mi pueblo natal, Velasco, apareciera en un libro. De alguna manera eso sembró en mí algo de disposición para apreciar desde lo entrañable la vitalidad de los textos de Pablo, cuya obra es profundamente testimonial, aun cuando se vea en una novela, Aventuras del soldado desconocido cubano.

Una buena selección de escritos suyos no se librará de excluir páginas que son también de valor altísimo; pero estará fatalmente destinada a ofrecer un conjunto sembrador, ya recoja una muestra de Realengo 18, de Presidio Modelo o de La isla de los 500 asesinatos, de su periodismo y su epistolario, o de otras zonas de su obra no citadas aquí. Sobre todo, invitará a lectoras y lectores —estudien periodismo o cualquier otra carrera, o ejerzan la profesión o el oficio que tengan— a visitar otros espacios de una producción que sobresale, toda ella, por la gracia, el dinamismo, la sinceridad, el talento y el decoro, y la mejor gallardía.

Texto tomado del blog: https://luistoledosande.wordpress.com

Luis Toledo Sande*Nació en Velasco, Holguín, en 1950. Licenciado en Estudios Cubanos y doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como redactor-editor en la Editorial Arte y Literatura; investigador y sucesivamente subdirector y director del Centro de Estudios Martianos; profesor titular del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, tarea compartida con la asesoría nacional, en la dirección del Ministerio de Educación, para la presencia del legado de José Martí en los planes de enseñanza del país; jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Hacia finales de 2005 fue nombrado Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España, responsabilidad que concluyó satisfactoriamente en diciembre de 2009. De regreso al país, optó por ejercer el periodismo en la prestigiosa revista Bohemia.

Ha mantenido programas radiales semanales en CMBF y en Radio Habana Cuba. Ha participado como asesor en programas televisuales, y ha sido jurado en el Premio de la Crítica, el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y otros certámenes nacionales, y en el Premio Literario Casa de las Américas.

Ha impartido conferencias y participado en foros profesionales en Cuba, Venezuela, Nicaragua, República Dominicana, México, Costa Rica, Colombia, Puerto Rico, Argentina, España, Italia, Yugoslavia, Andorra, Checoslovaquia, India y China.

A su obra pertenecen volúmenes de diferentes géneros: Precisa recordar, Flora cubana, Tres narradores agonizantes, Libro de Laura y Claudia, De raíz y memoria, Textículos (reúne Amorosos textículos e Infernales textículos), De Cuba en el mundo, Más que lenguaje y varios acerca de José Martí. Entre estos últimos se hallan las colecciones de ensayos Ideología y práctica en José Martí y José Martí, con el remo de proa, así como la biografía Cesto de llamas, que recibió Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, cuenta con varias ediciones en español dentro y fuera de Cuba y se ha publicado asimismo en inglés y en chino.

Textos suyos de diversos géneros han aparecido en numerosos libros colectivos y publicaciones seriadas, dentro y fuera de Cuba, y ha prologado obras (algunas con selección suya) de Luis Vélez de Guevara, José Martí, Miguel de Carrión, Jesús Castellanos, Carlos Loveira, Jorge Mañach y otros. Preparó y prologó el primero de los dos tomos de la Valoración Múltiple de José Martí publicada por la Casa de las Américas. Tiene otros libros en proceso de edición. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

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Hacia la perfección de un círculo virtuoso. Por: Luis Toledo Sande*

Cambiando la mentalidadEl autor de las páginas reseñadas no solamente está libre de extremos que han conspirado contra el recto entendimiento y el buen empleo de la sicología, profesión a la cual se dedica sin estrecheces parcelarias. Un extremo ha sido pretender anclarla rígidamente en la individualidad y en procesos de raíz biológica; otro, suponerla mecánicamente determinada por el entorno social.

También aprecia el valor de esa ciencia para contribuir al mejoramiento de la sociedad, no solo para beneficiar a seres humanos tratados como pacientes. Lo guía una fértil voluntad instrumental, y no se asfixia en un utilitarismo ramplón. Al observar el conjunto social, valora el espacio y el peso legítimos de los individuos.

Goza de los “dones” del buen comunicador, y en su palabra escrita vibran ganancias de la oralidad, que él ejerce en el aula o en la televisión, y en encuentros con público en distintas conferencias, invitado como parte de un desempeño que lo ha llevado a varios países de Europa y América. Habitualmente dialoga con equipos deportivos, con colegas y otros profesionales de áreas afines, igual que con representantes de organismos políticos.

A todo eso se suma que, aunque gestadas hace algunos años ya al servicio de la formación de jefes —función que se realiza en muy diversos niveles: desde grupos minúsculos hasta la estructura de la nación—, las conferencias aparecen reunidas, como libro, en un momento singular del país: cuando, en pos de una eficiencia económica que sirva para mantener la justicia social y la equidad irrenunciables, se reclama lo definido como cambio de mentalidad necesario para las transformaciones que se buscan.

Desde su ángulo de exploración, el autor se interesa por ofrecer luz en ese afán. Tiene en cuenta —no es cosa de echarlo todo por la borda— lo que se debe mantener del pensamiento que ha servido para dar a la nación lo bueno alcanzado, y qué se debe modificar para excluir cuanto deforme o lastre, y pudiera poner o haya puesto ya en peligro, las conquistas cardinales.

Con miras al cambio necesario, señala la importancia de un deber que cada quien ha de asumir en cualquier caso: pensar con cabeza propia. Ello exige no caer en las hipertrofias del individualismo —caldo de cultivo para la corrupción y otras manifestaciones egoístas— ni, en nombre de un colectivismo mal entendido, o timorato, sentarse a esperar que otros ejerzan el pensamiento que nos corresponde cultivar con esmero y sentido de responsabilidad.

Inquieta al sicólogo/sociólogo el peligro de que la idea del cambio pare en simple consigna —teorización desmedulada— y se frustre por la resistencia de aquellos que, responsabilizados con ocupar un sitio de vanguardia en la transformación, por inercia o por cuidar ventajas personales se conviertan en escollos que la frenen. El título, que empieza con Cambiando la mentalidad, añade esta precisión: …empezando por los jefes.

¿No habría venido bien sacrificar en parte la idea de proceso reiterada con los dos gerundios, y sustituir el primero de ellos por el infinitivo cambiar o el sustantivo cambio? Quizás, pero las honduras del texto sugieren no detenerse en detalles de edición, aunque esta —que en todas partes parece descuidarse cada vez más— sea una especialidad tan necesitada de rigor como cualquier otra.

Fruto de una carrera profesional prestigiada por el éxito, el volumen se afirma en una amplia erudición. Su lectura fluye por la eficacia del comunicador que, haga lo que haga, no cede un palmo en las exigencias de su hacer, ni pierde la soltura, expresión de libertad. Propicia recordar con gusto su andadura juvenil en los caminos de la trova y la música, en la etapa tal vez más felizmente silvestre y sembradora del Grupo Moncada, nombre emblema de una historia a la que el autor del libro es creativamente fiel.

Sabe que en el mundo campea un pensamiento ajeno a la justicia, y el gran desafío para la sociedad cubana es marchar sin pausa ni costosas demoras hacia una luz justiciera cada vez más fuerte. El libro, publicado por la Editorial Academia, tiene en la cubierta un cuadrado en camino hacia la perfección de un círculo que no ha de ser vicioso. ¿Desiderátum inalcanzable? Difícil será, es, como todo lo grande, lo que vale la pena. Pero no se “contará” aquí el texto, cuya lectura nutre y se disfruta como obra de Manuel Calviño, autor lúcido y en plena lucha.

Texto tomado del blog: https://luistoledosande.wordpress.com

Luis Toledo Sande*Nació en Velasco, Holguín, en 1950. Licenciado en Estudios Cubanos y doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como redactor-editor en la Editorial Arte y Literatura; investigador y sucesivamente subdirector y director del Centro de Estudios Martianos; profesor titular del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, tarea compartida con la asesoría nacional, en la dirección del Ministerio de Educación, para la presencia del legado de José Martí en los planes de enseñanza del país; jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Hacia finales de 2005 fue nombrado Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España, responsabilidad que concluyó satisfactoriamente en diciembre de 2009. De regreso al país, optó por ejercer el periodismo en la prestigiosa revista Bohemia.

Ha mantenido programas radiales semanales en CMBF y en Radio Habana Cuba. Ha participado como asesor en programas televisuales, y ha sido jurado en el Premio de la Crítica, el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y otros certámenes nacionales, y en el Premio Literario Casa de las Américas.

Ha impartido conferencias y participado en foros profesionales en Cuba, Venezuela, Nicaragua, República Dominicana, México, Costa Rica, Colombia, Puerto Rico, Argentina, España, Italia, Yugoslavia, Andorra, Checoslovaquia, India y China.

A su obra pertenecen volúmenes de diferentes géneros: Precisa recordar, Flora cubana, Tres narradores agonizantes, Libro de Laura y Claudia, De raíz y memoria, Textículos (reúne Amorosos textículos e Infernales textículos), De Cuba en el mundo, Más que lenguaje y varios acerca de José Martí. Entre estos últimos se hallan las colecciones de ensayos Ideología y práctica en José Martí y José Martí, con el remo de proa, así como la biografía Cesto de llamas, que recibió Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, cuenta con varias ediciones en español dentro y fuera de Cuba y se ha publicado asimismo en inglés y en chino.

Textos suyos de diversos géneros han aparecido en numerosos libros colectivos y publicaciones seriadas, dentro y fuera de Cuba, y ha prologado obras (algunas con selección suya) de Luis Vélez de Guevara, José Martí, Miguel de Carrión, Jesús Castellanos, Carlos Loveira, Jorge Mañach y otros. Preparó y prologó el primero de los dos tomos de la Valoración Múltiple de José Martí publicada por la Casa de las Américas. Tiene otros libros en proceso de edición. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

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Visiones y argumentos. Por: Luis Toledo Sande*

Ser, parecer, tener. Debates en y por la Isla Desconocida, Enrique Ubieta. Casa Editora Abril, La Habana, 2014.

Ser, parecer, tener. Debates en y por la Isla Desconocida, Enrique Ubieta. Casa Editora Abril, La Habana, 2014.

No se ha repetido lo bastante: el vocablo desideologización enmascara maniobras destinadas a suplantar la ideología revolucionaria por la del capitalismo. Enrique Ubieta Gómez (La Habana, 1958) ha bogado contra ellas en revistas —fundó y dirige Contracorriente La Calle del Medio— y en varios libros. Ser, parecer, tener (2014) lo dedica “a los cubanos que hicieron la Revolución, a los que la refundan hoy, a los que mañana pelearán por ella…”.

Esa Revolución no se agota en el país donde se ha hecho, Cuba, ni en él termina la utilidad del libro. Otros lares y afanes le dan pábulo para la lucha ideológica por un mundo mejor: el actual, lleno de calamidades y crímenes, puede empeorar aún más, dadas sus patologías sociales, económicas, antihumanas. Desborda la casualidad el hecho de que las ilustraciones del volumen sean obra de un profesional en quien se unen el artista plástico y el siquiatra: Arístides Esteban Hernández Guerrero, Ares.

Para seguir siendo fuente de esperanza y ejemplo, la Revolución Cubana debe perdurar como tramo de transformaciones justicieras raigales, visto en sí mismo y en su carácter de plataforma para seguir, sin desviaciones, la marcha necesaria. Los desafíos serán tanto más duros cuanto más complejo resulten los replanteos que se consideren insoslayables. Ubieta Gómez sabe que —ni siquiera cuando se disfruta la vitalidad transformadora protagonizada por países vanguardia en nuestra América— la brega revolucionaria no puede soslayar las relaciones capitalistas que infectan el mundo.

El autor se mueve con soltura y tino en la polémica, y se une a quienes procuran que la alfombra roja de las pasarelas capitalistas no cubra el suelo de la Revolución, ni mengüe el significado libertario de aquel color. Recordemos el alerta de Ambrosio Fornet a inicios de los años 90 del siglo pasado, ante cambios que Cuba se vio forzada a experimentar para revertir efectos de la debacle del socialismo europeo. Si resultaba inevitable acudir a elementos del capitalismo, o asociados a ese sistema, también lo sería impedir que ellos alcanzasen el punto en que el país dejara de ser socialista. Como Fornet, en esa trama medita y propone Ubieta.

Que en la más alta dirección del país —y en la mayoría de la población— prime la convocatoria a preservar los ideales socialistas, no basta para ignorar riesgos que los cambios tengan o pudieran acarrear en la realidad objetiva y en su efecto ideológico. No hay sociedad monolítica, movida por intenciones idénticas, y el reto mayor estriba en la cultura, entendida como expresión concentrada y sembradora de un pensamiento propio del socialismo que se ha intentado construir, y que peligra si se coquetea con la cultura capitalista. Esta —lo recuerda Ser, parecer, tener— abona esencialmente el egoísmo y una banalización que se enmascara como inocencia y presunta espontaneidad gozosa.

El propósito de Ubieta —lidiar contra tendencias tales— se aprecia en cada una de sus páginas: artículos, entrevistas hechas al autor, polémicas en que él ha participado. Tal vez el libro habría ganado con una selección más severa, pues no todos los textos conservarán el peso que tuvieron originalmente en las batallas dadas por el autor en medios digitales entre 2001 y 2013, especialmente en su blog La Isla Desconocida.

Pero en el conjunto nada hay que merezca considerarse relleno inútil. El posible exceso cuantitativo —apoyado por la solvente y eficaz acogida que le dispensó la Casa Editora Abril— es inseparable de la vocación de utilidad ya mencionada. Ubieta no escatima proyectiles contra deformaciones que pudieran minarnos, o que ya nos visitan como si fueran cosa elegante y natural.

Las distorsiones prosperan en la realidad planetaria dominante, con una potencia imperialista que no respeta ley ni moral, y pueden empaquetarse como virus troyanos, promovidos por iniciativas individuales. Tampoco menospreciemos el apoyo que reciben de instituciones que descuidan su misión cultural. Ningún libro ofrece todas las verdades, todas las respuestas, ni siquiera todas las preguntas necesarias; pero frente a los peligros mencionados se afianza el valor de este que tan sugerentes inquietudes y reflexiones suscita. Lo mejor es leerlo, y cuando apenas se dedican unas cuantas líneas a saludarlo, sería insensato detenerse en minucias.

Texto tomado del blog: http://luistoledosande.wordpress.com

Luis Toledo Sande*Nació en Velasco, Holguín, en 1950. Licenciado en Estudios Cubanos y doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como redactor-editor en la Editorial Arte y Literatura; investigador y sucesivamente subdirector y director del Centro de Estudios Martianos; profesor titular del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, tarea compartida con la asesoría nacional, en la dirección del Ministerio de Educación, para la presencia del legado de José Martí en los planes de enseñanza del país; jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Hacia finales de 2005 fue nombrado Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España, responsabilidad que concluyó satisfactoriamente en diciembre de 2009. De regreso al país, optó por ejercer el periodismo en la prestigiosa revista Bohemia.

Ha mantenido programas radiales semanales en CMBF y en Radio Habana Cuba. Ha participado como asesor en programas televisuales, y ha sido jurado en el Premio de la Crítica, el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y otros certámenes nacionales, y en el Premio Literario Casa de las Américas.

Ha impartido conferencias y participado en foros profesionales en Cuba, Venezuela, Nicaragua, República Dominicana, México, Costa Rica, Colombia, Puerto Rico, Argentina, España, Italia, Yugoslavia, Andorra, Checoslovaquia, India y China.

A su obra pertenecen volúmenes de diferentes géneros: Precisa recordar, Flora cubana, Tres narradores agonizantes, Libro de Laura y Claudia, De raíz y memoria, Textículos (reúne Amorosos textículos e Infernales textículos), De Cuba en el mundo, Más que lenguaje y varios acerca de José Martí. Entre estos últimos se hallan las colecciones de ensayos Ideología y práctica en José Martí y José Martí, con el remo de proa, así como la biografía Cesto de llamas, que recibió Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, cuenta con varias ediciones en español dentro y fuera de Cuba y se ha publicado asimismo en inglés y en chino.

Textos suyos de diversos géneros han aparecido en numerosos libros colectivos y publicaciones seriadas, dentro y fuera de Cuba, y ha prologado obras (algunas con selección suya) de Luis Vélez de Guevara, José Martí, Miguel de Carrión, Jesús Castellanos, Carlos Loveira, Jorge Mañach y otros. Preparó y prologó el primero de los dos tomos de la Valoración Múltiple de José Martí publicada por la Casa de las Américas. Tiene otros libros en proceso de edición. Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.

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Notas para presentar Cuba entre tres imperios… Por: Abel Prieto Jiménez*

Cuba entre tres imperiosQuiero empezar diciendo que me parece muy importante presentar aquí, en el Instituto Pedagógico Varona, este libro, Cuba entre 3 imperios… de Ernesto Limia. Porque se trata de un libro de historia que nos habla de los siglos XVI, XVII y XVIII y al mismo tiempo, de manera indirecta, se mete de lleno en la batalla de ideas y valores del presente, en la batalla de este siglo XXI. Y en esta batalla nuestros maestros y profesores, nuestros estudiantes de pedagogía, nuestras escuelas, tienen un papel protagónico. Esto, que conste, lo estuvo pensando el autor durante todo el tiempo en que estuvo investigando y escribiendo este magnífico libro. Lo gestó no como una pieza arqueológica o museable, para las vitrinas, para los especialistas; sino como algo vivo, vigente, activo, que nos ayude en este combate. Él me pidió, incluso, y le agradezco mucho que me lo haya pedido, que hablara un poco hoy de algunos de los desafíos culturales, ideológicos, que tenemos los revolucionarios cubanos en el momento actual.

Voy a repetir algo que dicen el autor del prólogo, el poeta Juan Nicolás Padrón, y el crítico de cine y narrador Rolando Pérez Betancourt en sus notas de contracubierta, “este libro se lee como una novela de aventuras”. Y es verdad. En más de un pasaje se revela el talento de Limia para ir creando una especie de suspense. Es muy notable en ese sentido el fragmento donde se cuentan los antecedentes, la preparación y finalmente la ejecución de la toma de la Habana por los ingleses: las torpezas y cobardías de las autoridades españolas de las Isla; la desatención de indicios, señales y revelaciones que anunciaban el ataque como inminente; los vecinos de la Habana durmiendo a pierna suelta mientras la impresionante flota inglesa se va aproximando; todo eso se lee como si uno no conociera el desenlace. Y lo mejor es que Limia no logra ese efecto con trucos ni rebuscamientos, sino con una prosa limpia, transparente, que fluye de modo natural y hace particularmente amena la lectura del libro.

Limia ha tomado un punto de vista muy singular para estudiar la historia de Cuba desde su “descubrimiento” en 1492 hasta la toma de la Habana por los ingleses en 1762: el lugar que ocupaba la Isla en la geopolítica de los imperios español, británico y francés; y el que empezó a ocupar desde entonces en la potencia emergente (las 13 colonias que se independizarían de Inglaterra en 1776). No por casualidad Limia termina su libro citando a Benjamín Franklin, quien fue, además de un relevante científico, una de las figuras políticas decisivas de la independencia de los EEUU. Franklin, en una carta a su hijo, en la tempranísima fecha de 1767, habla de planes para llevar la guerra a la Isla de Cuba.

El libro de Limia está atravesado por varios tópicos que caracterizan “las causas de las cosas”, como dice Juan Nicolás en su prólogo, apropiándose de un título del ensayista Desiderio Navarro, es decir, las causas de los viajes exploratorios, de muchos avances en tecnología naval, en cartografía, de todas las guerras, los pactos entre potencias, etc. A pesar de todos los pretextos idealizantes, “civilizadores”, “portadores de la verdad de Cristo”, a pesar de todo eso, de toda la palabrería (que hoy se ha sustituido por “democracia”, “derechos humanos” y otras por el estilo) se hacen muy visible esos tópicos: las ambiciones de riqueza y poder de las potencias y de los individuos que las representan, el maquiavelismo, la falta total de escrúpulos, el genocidio, la barbarie, la esclavitud, el contrabando, los impulsos más mezquinos.

Hay unas palabras terribles de Bartolomé de las Casas: “La causa porque han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días” (Opúsculos, Cartas y Memoriales, Ver: Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Ed. Edaf).

El libro de Limia nos ratifica todo el tiempo dos frases muy impactantes, una de nuestro poeta Heredia y otra de Marx. Heredia, por un lado, habló de que en Cuba se reunían “las bellezas del físico mundo” y “los horrores del mundo moral”, es decir, una naturaleza privilegiada y una sociedad sustentada en la esclavitud, la codicia, la perversidad (por cierto, esta expresión de Heredia es muy citada por Cintio Vitier en su libro imprescindible Ese sol del mundo moral); Marx, ya a otra escala, señala lo siguiente: “Si el dinero, como dice Augier, viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies.”

Por cierto, esos tres siglos que toma Limia como marco cronológico para su estudio, se corresponden precisamente con el período en que el capitalismo da pasos decisivos hacia su consolidación. Escribe Marx, también en El Capital: “El descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria.”

Es un punto de vista que es muy útil para evaluar lo que está ocurriendo hoy y lo que ha ocurrido a lo largo de más de 55 años entre Cuba y EEUU. El otro día, para mi alegría, vi en el noticiero cultural un crítico joven que hablaba del libro de Atilio Borón sobre la geopolítica yanqui en torno a América Latina y en un prodigio de síntesis daba lo esencial de este ensayo y decía que a veces las dificultades cotidianas nos hacen concentrar nuestra mirada en un punto específico de la realidad cubana de hoy y olvidarnos del contexto internacional en que la Revolución Cubana está dando la batalla por sobrevivir y perfeccionarse. El libro de Limia, como el de Atilio (que acaba de publicar Ciencias Sociales), nos ayudan a entender las esencias de ese sistema que algunos pretenden ver como legítimo para el futuro de Cuba frente al supuesto fracaso del socialismo. (En Europa, no nos olvidemos de eso, fracasó una experiencia distorsionada de la utopía creada por Marx, Engels y Lenin; pero el capitalismo ha fracasado en todo el mundo y va a liquidar al planeta y a la especie. Por eso, cada vez que me dicen que el socialismo fracasó, yo pregunto “¿y dónde triunfó el capitalismo?”, “¿no fracasó el capitalismo?”. Recordemos que la batalla de ideas se da en el presente y en la historia.)

Las guerras imperiales de saqueo del siglo XXI tienen los mismos objetivos que las que describe Limia en su libro. El cinismo verdaderamente indescriptible de los imperios, que ha sido desmontado de un modo tan profundo y tan ameno al mismo tiempo por Limia en este libro, está hoy más vigente que nunca. Es cada vez más impúdico, más desvergonzado, y utiliza cada vez más activamente su maquinaria mediática de satanizar al enemigo, de mentir, de autotitularse estandartes de un mesianismo insostenible.

Este libro tenemos que usarlo para la batalla del presente: para combatir la desmemoria (hoy vivimos en un mundo que se nos presenta como un limbo atemporal, que parece carecer de antecedentes, de raíces), para aumentar la cultura general de los jóvenes, para que conozcan cómo fuimos un peón del ajedrez de las grandes potencias desde nuestros orígenes más remotos como nación.

Incluso los profesores de literatura pueden extraer mucho provecho de este libro: qué importante sería leer a la luz de sus análisis el texto fundador de la literatura cubana, Espejo de paciencia; o acudir al Quijote de Cervantes como una alegoría de la caída en desgracia del orgulloso y soberbio Imperio español, con ese hidalgo tan pobre que en lugar de cultivar la tierra enloquece leyendo novelas de caballería y se va en busca de aventuras imaginarias.

Los adoradores ingenuos del Norte fulgurante, lleno de lentejuelas, que ven en las películas, es importante que sepan sobre qué bases tan atroces se fundó esa prosperidad, que ahora pasa por una crisis estructural.

Me voy a detener ahora en la solicitud que me hizo Limia: en los retos que tenemos en el campo de las ideas y de los valores. Por supuesto, voy a anotar solamente algunos aspectos muy parciales, vistos especialmente desde el punto de vista de la cultura. Ni por asomo pretendo abarcar ni un mínimo por ciento de la complejidad del problema.

Yo diría, primero, que tenemos que trabajar muy duro para frenar los retrocesos que estamos sufriendo en el campo de la lectura. Si estamos presentando un libro de gran calidad, profundo, con mucha información y al propio tiempo disfrutable, grato, creo que es una ocasión ideal para motivar a nuestros estudiantes con una lectura que les va a ser útil y agradable. La Revolución Cubana liquidó en un año el analfabetismo, puso el libro al alcance de todo el pueblo y creó un país de lectores. “No le decimos al pueblo cree, sino lee”, dijo Fidel cuando se fundó en 1960 la Imprenta Nacional. ¿Podemos dormir tranquilos todos los que tenemos que ver con esto si dejamos de ser ese país que fuimos? Por tanto, tenemos que usar materiales audiovisuales, recursos de las nuevas tecnologías y cuanta iniciativa podamos impulsar no para sustituir la lectura sino para promoverla, para incentivarla.

Otro problema gravísimo es el consumo masivo y acrítico de subproductos culturales a través precisamente de las nuevas tecnologías. No se trata, como hemos dicho otras veces, de prohibir el llamado “paquete”; sino de crear en las personas una distancia crítica que les permita diferenciar el entretenimiento legítimo del que los degrada, algo que los ayude a descubrir cuándo los están estafando. (Precisamente Pérez Betancourt publicó recientemente en Granma un excelente artículo sobre este tema.)

Todo esto tiene que ver con el problema de la colonización cultural. Cuba tiene el desafío específico que le plantean los planes subversivos y desestabilizadores contra nuestro gobierno y un segundo desafío más global: el trabajo de conquista cultural que se extiende sobre el mundo a partir de los centros hegemónicos del Norte. La descolonización debe ser una labor cotidiana y continua; porque el avance colonizador aparece de modo omnipresente.

Otro más tiene que ver con incoherencias, errores, deficiencias, de nuestras instituciones culturales y de nuestros medios masivos de difusión. Ahora se ha venido avanzando hacia una articulación del trabajo de estos dos organismos en las manifestaciones en las que se ha retrocedido más en términos de gusto, el cine y la música, donde han ganado mucho espacio expresiones comerciales, portadoras de mensajes colonizados. Se ha dado en algunos casos la contratación de agrupaciones o solistas sin ningún talento porque “dejan dinero” a la entidad que los contrata. Aparte de las concesiones que se hacen en instituciones estatales, se ha complejizado el panorama de la vida cultural de nuestras ciudades con espacios de gestión no estatal que ponen materiales audiovisuales o música sin regulación alguna. Lo que se divulga en los espacios públicos, independientemente de la forma de gestión que se haya establecido en ellos, debe someterse de algún modo a la política cultural del país. Hay miles de ejemplos increíbles asociados a lo que se difunde en los ómnibus interprovinciales y por sonidistas de centros turísticos o de recreación y en todos los espacios públicos.

Hay una tendencia a la despolitización, un horror al “teque”, que puede conducir a personas con poca preparación a un limbo ajeno a la Revolución y en esencia reaccionario, de derecha. Huir del “teque” no puede llevarnos a desideologizar el discurso, a despolitizarlo, a huir del debate imprescindible que necesitamos. El “teque” es por definición paternalista, vertical, presupone un oyente pasivo que está recibiendo una lección. El proceso educativo, ustedes lo saben muy bien, no puede concebirse de manera unidireccional. Lo más perdurable es muchas veces lo que nace del diálogo, del intercambio, del debate, entre maestros y alumnos. Sobre estos conceptos que están en lo mejor de la tradición pedagógica cubana ha estado escribiendo en Juventud Rebelde la Dra Graziella Pogolotti. Es muy importante que ustedes estudien esos artículos y que incluso inviten a Graziella a compartir aquí con profesores y estudiantes.

Hay además un crecimiento de formas marginales de comportamiento. Proliferan conductas agresivas, vandálicas, escandalosas, ajenas a toda norma de convivencia civilizada, que denunció Raúl en la ANPP. “Somos un pueblo instruido, pero no culto”, dijo. Y recordó aquella frase que se atribuye a Unamuno a propósito de unos campesinos de Castilla: “Qué cultos son estos analfabetos.” No podemos olvidar el llamado que hizo a intelectuales, artistas, educadores, para contribuir, cada uno en su frente, a esta batalla.

La Revolución está llevando adelante una ofensiva sin tregua contra toda forma de corrupción; pero evidentemente el golpe que recibimos en la fase más aguda del Período Especial nos condujo a retrocesos éticos muy dolorosos y dio mucha vida y mucha fuerza al viejo personaje del pícaro cubano. En lo cultural, en lo ético, tenemos que enfrentar la disposición a tolerar las conductas delictivas como algo inevitable o justificable por las limitaciones existentes.

Termino recomendándoles a todos que lean con detenimiento Cuba entre tres imperios…, que lo discutan en las aulas, que lo conviertan en un instrumento para entender el pasado y el presente. Y termino felicitando de nuevo a Ernesto y al equipo de la Casa Editorial Verde Olivo.

Texto tomado de la publicación: http://www.cubarte.cult.cu

Abel Prieto Jiménez*Cuentista, escritor, editor y profesor. Ex Ministro de Cultura de la República de Cuba. Asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros. Nació en la ciudad de Pinar del Río el 11 de noviembre de 1950.

Estudió Letras Hispánicas en la Universidad de La Habana y posteriormente ejerció como profesor de Literatura. Fue director de la Editorial Letras Cubanas. Nombrado presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pasó luego a ser Ministro de Cultura de Cuba, cargo que ocupó desde 1997 hasta el 6 de marzo de 2012, tras ser designado Asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

En 1999 publica la novela El vuelo del gato (Editorial Letras Cubanas) en la que se mueve entre la ficción y el ensayo. La novela fue ganadora del premio de la crítica en 2001, y más tarde publicada en España por Ediciones B.

Abel Prieto ha escrito varias colecciones de relatos entre los que se destacan Los bitongos y los guapos (1980), y Noche de sábado (1989). En el campo de la ensayística se distingue por sus estudios sobre José Lezama Lima.

A propósito de la XXI Feria Internacional del Libro se presentó el 13 de febrero de 2012 su segunda novela, “Viajes de Miguel Luna”, publicada por la editorial Letras Cubanas.

Una Nota Oficial del Consejo de Estado de Cuba publicada el 6 de marzo de 2012 anunciaba su liberación del cargo de Ministro de Cultura tras 15 años en el cargo. Atendiendo a su experiencia y los resultados positivos obtenidos durante el tiempo que estuvo de Ministro fue designado asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.

Condecorado con la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno de Francia, el reconocimiento se le otorga a las “personas que se distinguieron por su creación en el sector artístico y literario, y por la contribución que aportaron al esplendor de las artes y de las letras en Francia y en el mundo”.

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Prólogo de una obra singular. Por: Ramón Sánchez Parodi*

De la confrontaciónDe la confrontación a los intentos de ’normalización’ escrita por los doctores en Ciencias Históricas Elier Ramírez Cañedo y en Ciencias Esteban Morales Domínguez y presentado ahora por la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana, Cuba, en una nueva edición ampliada y perfeccionada, tiene características propias que la convierten en una obra singular sustancialmente diferente a otras, especialmente de factura estadounidense, que han abordado el tema de los enfrentamientos de los Estados Unidos con la Revolución Cubana.

Elier y Esteban constituyen un binomio cubano donde se articula la visión del primero, un dinámico y acucioso joven, nacido, criado y formado en los años cuando la Revolución Cubana se enrumbaba hacia el establecimiento de una sociedad socialista y él mismo protagonista en la pléyade de jóvenes cubanos que transitaron con heroísmo por los difíciles años de la época que Fidel calificó como el “Período Especial en Tiempos de Paz”, quien aporta las vivencias y las experiencias formativas acumuladas en lo que constituye el período más difícil que desde el ejercicio del poder ha enfrentado la Revolución Cubana. Elier ha estado activamente involucrado en esas batallas y bebido de manera directa en las fuentes primigenias las razones históricas más recientes de la lucha popular que constituye uno de los hitos más relevantes de la historia mundial desde el comienzo de la segunda mitad del pasado siglo.

Por su parte, Esteban, quien ya en el medio de la lucha popular contra la tiranía militar entronizada en Cuba desde comienzos del año 1952, se había formado y ejercido como maestro cuando la Revolución toma el poder el 1ro de Enero de 1959, ha ido entretejiendo su actuar ciudadano revolucionario con una sólida formación profesional y el conocimiento práctico del desarrollo del conflicto entre los Estados Unidos y Cuba en lo cual ha tenido muchas experiencias personales que constituyen un valioso aporte a este libro.

Con la singular acumulación y articulación, como diría Ortega y Gasset, de estas vivencias y experiencias conjugadas, la obra sobresale al ofrecer de manera única entre todo lo que sobre el tema se ha publicado dentro y fuera de Cuba —incluyendo en los Estados Unidos—, con inéditos documentos oficiales y testimonios personales de la parte cubana, una visión integral que permite la valoración de lo acontecido en el terreno de las relaciones entre ambos países desde el triunfo de la Revolución hasta este comienzo del segundo milenio, que todo indica está ya marcando un cambio de época para el mundo en que vivimos.

Este acervo añade otro elemento a la singularidad del libro: la objetividad al abordar la historia de este proceso reciente. Dejando a un lado el manido recurso de lo anecdótico —sin por ello excluir las experiencias personales de muchos de los protagonistas— los autores evitan la “cosificación” de la historia sobre la base del “toma y daca” o del “regateo mercantil” a que tantas veces se reduce la exposición de los hechos que conforman hitos relevantes de la humanidad como sin exageración se puede calificar el principal tema del libro. Esta es una obra que expone los elementos esenciales del proceso.

En tal sentido, y al partir del punto de vista y la experiencia cubanos, resaltan las diferencias entre las motivaciones de ambos Gobiernos, oponiendo al pragmatismo estadounidense la actitud cubana basada en los principios y fundamentos que deben caracterizar las relaciones internacionales.

Desde las primeras páginas, en el capítulo 1, se establece la causa fundamental de la confrontación: “La voluntad soberana de Cuba y las ansias hegemónicas de los Estados Unidos continúa siendo la esencia del conflicto bilateral”. Y abunda en una valoración del desarrollo de la pugna que en esta última etapa se prolonga por cincuenta y cinco años, resaltando las diferencias entre las posiciones de negociación de cada una de las partes: “Cuba no iba a ceder ante las presiones de los Estados Unidos en ningún aspecto que tuviera que ver con su derecho a la libre determinación”. Las palabras finales de este capítulo hacen una apretada síntesis de las razones de la confrontación: “—el objetivo de la política de los Estados Unidos hacia la Cuba revolucionaria siempre ha sido el mismo: ‘el cambio de régimen’, el derrocamiento de un sistema que en sus propias narices ha practicado y aún hoy practica una política interna y externa absolutamente soberana”.

En el siguiente capítulo se valora cuáles fueron las circunstancias de las tres variables fundamentales que condicionaron en la década de los ’70 los intentos de encontrar una “normalización” de las relaciones durante los mandatos presidenciales de Nixon, Ford y Carter: el entorno internacional, la dinámica interna de los Estados Unidos y la realidad interna de Cuba, mientras que en el capítulo 3 se narra la sucesión de pasos que condujeron a los primeros contactos confidenciales directos entre representantes de ambos Gobiernos y las consideraciones acerca de las causas que impidieron su continuidad ya desde 1975.

Un elemento debe resaltarse de esta etapa, la voluntad cubana, y particularmente del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, de no rechazar la posibilidad de una negociación bilateral entre ambos Gobiernos para dar solución al conflicto, con la única condición de que se respetara la igualdad de derechos entre ambas partes y la soberanía, la independencia, la autodeterminación y la integridad territorial de Cuba.

Por eso, cuando Cuba recibió la propuesta del Gobierno de los Estados Unidos de abordar las diferencias entre ambos países, reconociendo que las diferencias políticas y sociales entre los sistemas imperantes en cada uno de los países no constituían una razón para la hostilidad perpetua entre ambos, la voluntad cubana dio el paso de aceptar la propuesta aun cuando el Gobierno de los Estados Unidos mantenía contra Cuba la genocida política de bloqueo económico, comercial y financiero, calificada por el propio Fidel como “una daga” que los Estados Unidos tenían presionada contra el cuello de Cuba.

Es uno de los tantos ejemplos que a lo largo de estas décadas de confrontación ponen en evidencia la posición de principios de Cuba a favor de lograr la existencia de una relación oficial bilateral normal entre Cuba y los Estados Unidos, tal como la mantiene con todos las naciones (excepto Israel) integrantes de la comunidad internacional, incluyendo aquellos países que son los principales aliados políticos, económicos y militares de los Estados Unidos. A pesar de ello, predomina en las obras y en la cobertura informativa de origen estadounidense y de sus aliados, la falacia de que Cuba se opone a “normalizar” las relaciones con los Estados Unidos y que de la parte cubana —sobre todo Fidel— se prefiere que Washington mantenga el bloqueo y la hostilidad contra Cuba para justificar los supuestos fracasos y falta de “libertades” impuestas por la Revolución. Otra de las enormes patrañas propaladas por los medios de difusión bajo control del Gobierno de los Estados Unidos y que la propia realidad cubana desmiente fehacientemente cada año cuando la casi absoluta mayoría de las naciones de este planeta aprueban una y otra vez en el período anual de sesiones de la Asamblea de las Naciones Unidas la resolución sobre la necesidad de poner fin al bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba. Este es un aspecto que se expone con mucho acierto en el libro.

Como no es el objetivo de este prólogo relatar o resumir el contenido de esta obra, abordaremos ahora otros aspectos de interés alrededor de ella, dejando a los lectores que descubran en su lectura todo el interesante caudal de consideraciones formuladas por los autores, fundamentados en hechos y documentos de por sí, muy reveladores.

Las ambiciones inglesas (y luego estadounidenses) por dominar a Cuba surgen desde que las potencias europeas implantaron el sistema de dominación colonial en el mundo y con ello las guerras de rapiña por el dominio de los territorios a los que arribaban sus ambiciosos exploradores. Guantánamo, An American History, del escritor e historiador en la Universidad de Harvard, John M. Hansen, publicado en 2011, nos ofrece un interesante antecedente sobre las acciones y posiciones de los “Padres Fundadores” de la nación norteamericana con relación al interés de dominar Cuba, desde antes de que las Trece Colonias arribaran a la condición de nación independiente.

El 18 de julio de 1741, el almirante británico Edward Vernon, al frente de una poderosa escuadra de 62 buques y un contingente de tres mil soldados, varios cientos de los cuales provenían de las trece colonias ingleses en la América del Norte, así como unos mil esclavos jamaicanos, se apoderó de la bahía de Guantánamo, sin encontrar ninguna resistencia, sino más bien curiosidad, de los escasos súbditos españoles e indios radicados en la zona.

El objetivo de Vernon, quien tres meses atrás había fracasado en sus intentos de apoderarse de Cartagena de Indias, era avanzar por tierra para conquistar Santiago de Cuba y con ello toda la porción oriental de la isla de Cuba. Fue una operación similar a la que acometió la corona inglesa veinte años después para tomar La Habana. Uno de los tantos episodios en las constantes guerras entre los territorios coloniales. A pesar del fácil éxito inicial, Vernon no pudo alcanzar sus propósitos por la negativa del general Wentworth de emplear sus tropas en el ataque a Santiago de Cuba y tuvo que reembarcarse de vuelta a Jamaica, sin gloria alguna, el 16 de noviembre de ese mismo año.

Un destacado tripulante del navío de Vernon, quien había tenido una actuación relevante en la campaña de Cartagena, era un joven veinteañero proveniente de Virginia, de nombre Lawrence, a quien su padre, Agustine (un agrimensor y propietario de haciendas y concesiones mineras), le había trasladado días antes de zarpar, una propiedad de 1 250 acres junto al rio Potomac, llamada Epsewasson.

Lawrence contrajo tuberculosis en su estancia en las Antillas y murió en Virginia el 26 de julio de 1752. La plantación (rebautizada Mount Vernon en honor al Almirante) pasó a ser administrada por su medio hermano, también agrimensor, nombrado George, quien finalmente la heredó en 1761 al morir la viuda de Lawrence, y que pasaría a la historia como el primer presidente de los Estados Unidos.

En esa época en Virginia predominaba la economía esclavista, principalmente dedicada al cultivo del tabaco para su exportación a Inglaterra. Sin embargo, los dueños de plantaciones tenían puestos sus ojos en expandirse hacia el territorio del Valle de Ohio (el término comprende el actual estado de West Virginia, la mayor parte del de Ohio, el occidente del de Pennsylvania y partes del de Maryland), donde existían abundantes y fértiles tierras y serviría como vía para exportar los productos navegando por los ríos Ohio y Mississippi hasta llegar al Golfo de México y de ahí por el Atlántico hasta los mercados europeos.

Para expandirse hacia esa zona, un grupo de propietarios crearon en 1748 la Ohio Valley Company. Entre los fundadores estaban Lawrence Washington y el gobernador de la colonia, Robert Dinwiddie. Cuatro años después se fundó una organización rival: Loyal Company of Virginia, que contaba entre sus propietarios a Peter Jefferson, padre de Thomas, en aquel momento un niño de nueve años de edad que con el tiempo llegaría a ser el principal redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América que se dio a conocer el 4 de Julio de 1776 y el tercer presidente de ese país de 1801 a 1809.

El Valle del Ohio (parte de la Nueva Francia, territorio colonial galo de América del Norte que abarcaba desde el actual Canadá hasta el Golfo de México) era también el país que ocupaban numerosas tribus de pueblos originarios. Entre 1754 y 1756 se produjeron incursiones militares inglesas contra los franceses, la primera de las cuales dio lugar el 28 de mayo de 1754 a una emboscada dirigida por George Washington contra una partida de exploración franco-india que los historiadores estadounidenses consideran el inicio de la llamada Guerra Franco-India. Mientras estos acontecimientos enfrentaban a franceses e ingleses en la América del Norte, se arreciaban los conflictos entre las potencias europeas. Francia, Austria y Rusia se aliaron contra Prusia, la cual a su vez concertó una alianza con Inglaterra. El 16 de mayo de 1756 Inglaterra declaró formalmente la guerra a Francia marcando con ello lo que muchos historiadores califican como el inicio de lo que posteriormente se conoce como la Guerra de los Siete Años (1756-1763).

El fin de las hostilidades se logró mediante diferentes tratados entre las partes en conflicto que implicaron sobre todo un nuevo reparto de las posesiones coloniales. En lo que se refiere a las hostilidades en la región americana, hubo tres tratados fundamentales. El primero suscrito en secreto entre España y Francia en Fontainebleau en noviembre de 1762 y estipulaba la cesión por Francia a España del territorio de Louisiana que formaba parte de la Nueva Francia. El 10 de febrero de 1763 se firmó en París otro tratado mediante el cual Francia cedía a Inglaterra los territorios canadienses de la Nueva Francia así como aquellas regiones al este y norte del Mississippi reclamadas por Inglaterra, al tiempo que Inglaterra devolvía a España la región de La Habana y las Filipinas, así como la Florida.

Las experiencias militares de George Washington en esa contienda contribuyeron a su nombramiento en 1776 por el Segundo Congreso Continental como Comandante en Jefe del Ejército Continental.

Queda por resaltar otro elemento clave que muy raramente es manejado por los historiadores: el papel determinante que desempeñaron en el proceso de independencia de los Estados Unidos las contradicciones entre las potencias coloniales europeas, particularmente entre los protagonistas de la Guerra de los Siete Años. Aunque Inglaterra ganó territorialmente la guerra, desde el punto de vista financiero la Corona estaba endeudada. Una solución fue imponer tributos a las colonias para pagar por su protección y seguridad y por el costo de las acciones contra la potencia rival: Francia. Es bien conocido que esta situación provocó descontento entre los colonos y eventualmente desembocó en el movimiento de independencia de las Trece Colonias, cuyos representantes proclamaron el 4 de Julio de 1776 su decisión de separase de Inglaterra.

El curso de las acciones militares posteriores se hubiese tornado desfavorable para las armas independentistas de no haber contado desde un inicio con el apoyo de Francia, lo cual se hizo notar en la derrota de las tropas inglesas en la batalla de Saratoga, Nueva York entre el 19 de septiembre y el 7 de octubre de 1777 en la cual las fuerzas americanas recibieron piezas y municiones de artillería de Francia, dándole superioridad en armamento frente a las tropas inglesas.

Con posterioridad a esta batalla, Luis XVI firmó un tratado secreto de alianza con los nacientes Estados Unidos, representados en este acto por Benjamin Franklin, a lo que siguió la declaración de guerra  a Inglaterra, (a la cual se sumaron el reino de España y las Repúblicas de los Países Bajos). A partir de ese momento Francia intervino abiertamente con todo su poderío en las operaciones militares junto con el Ejército Continental y también desarrollando acciones de este tipo en coordinación con sus otros aliados europeos en otras regiones, incluyendo las Antillas, Centroamérica, la región del Golfo de México, el Mediterráneo, África e India. Adicionalmente Francia y sus aliados entregaron suministros militares y ayuda financiera al llamado Ejército Continental. Estos fueron elementos decisivos y principales para la derrota de Inglaterra en la contienda que tuvo su epílogo militar cuando en octubre de 1781 el teniente general Lord Charles Cornwallis se rindió al ser cercado por superiores fuerzas navales y terrestres francesas comandadas, respectivamente, por el conde de Rochembau y el conde de Grasse que contaron con el apoyo de fuerzas terrestres del Ejército Continental al frente de las cuales se encontraba George Washington, poniendo virtual fin a las acciones militares en las Trece Colonias.

El 3 de septiembre de 1783 se firmó entre representantes de Inglaterra y de los Estados Unidos lo que se conoce como el Tratado de París, reconociendo la independencia de los Estados Unidos, así como sendos Tratados de Versalles entre Inglaterra y Francia, España y los Países Bajos (este último no formalizado hasta el 20 de mayo de 1874).

Lo irónico de esta circunstancia es que, aunque Francia ganó la guerra, —y al igual que sucedió con Inglaterra al concluir la Guerra de los Siete Años— la monarquía francesa quedó fuertemente endeudada y la imposición de onerosos tributos a la población fue una de las causas del movimiento popular que culminó el 14 de Julio de 1789 con la Toma de la Bastilla. Es decir, en Francia las ideas republicanas derrocaron a la monarquía cuyo apoyo fue fundamental para el triunfo de las ideas republicanas en las Trece Colonias inglesas de Norteamérica.

El contexto en que se produce la independencia de los Estados Unidos situaba en un primer plano la lucha por la adquisición de nuevos territorios como parte de reforzar el poder y el status de cada entidad nacional. Los dirigentes de la nueva nación americana asumieron la conquista de nuevos territorios como el principal componente de su proyección futura, junto con la defensa del carácter esclavista de la sociedad, particularmente en Virginia, donde la mano de obra esclava constituyó el elemento fundamental para la producción de tabaco.

Los Estados Unidos de América surgieron respondiendo a los intereses, la filosofía y las costumbres y cultura de esa sociedad colonial, y muy particularmente la voluntad de expandir el país para cubrir todo el territorio hasta el Océano Pacífico, el Golfo de México y empujar hacia el norte las fronteras terrestres con los territorios ingleses de Canadá.

Los cinco primeros presidentes de los Estados Unidos entre 1789 a 1825 fueron todos destacados líderes del proceso de independencia y catalogan entre los llamados “Padres Fundadores” de la nación. Cuatro de ellos nacieron y vivieron en Virginia y eran propietarios de extensas plantaciones y numerosos esclavos (ejercieron la presidencia en los años que se señalan entre paréntesis): George Washington (1789-1797), Thomas Jefferson (1801-1809), James Madison (1809-1817) y James Monroe (1817-1825). Mantuvieron siempre una estrecha amistad, se visitaban e intercambiaban correspondencia, influyeron sustancialmente en la forma en la cual se fue articulando la nación durante el casi medio siglo (1776-1825) y su huella ha quedado impresa en todos los principales documentos constitutivos del país y de las instituciones que conforman la nación, particularmente la Declaración de Independencia y la Constitución.

George Washington, presidió las sesiones del Segundo Congreso Continental, fue el Comandante en Jefe del Ejército Continental y en las dos ocasiones fue elegido presidente por el voto unánime del Colegio Electoral. Thomas Jefferson, fue encargado de redactar el proyecto de la Declaración de Independencia, pero a pesar del conocido precepto proclamado en ella de que “todos los hombres son creados iguales y han sido dotados por el Creador con ciertos Derechos inalienables, que entre ellos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”, era un convencido defensor de la esclavitud como pilar de la economía sureña, a pesar de rechazarla desde el punto de vista ético. Se expresaba con un marcado pensamiento racista de que los negros y los “indios” constituían seres inferiores a los blancos. James Madison es considerado como el padre de la Constitución de los Estados Unidos y de las enmiendas constitucionales de la primera a la décima conocidas como la Carta de los Derechos. James Monroe fue quien enunció la doctrina que lleva su nombre y que en esencia veta cualquier acción de las potencias europeas para restaurar su presencia en el continente, con el evidente propósito de garantizar el predomino y la hegemonía de los Estados Unidos en América.

John Adams, presidente de 1797 a 1801, nacido en Massachusetts en el seno de una familia de religión puritana, fue el único de los cinco opuesto verticalmente a la esclavitud y nunca compró ni tuvo un esclavo.

Su hijo, John Quincy Adams, fue el sexto en ocupar la presidencia de la nación y el primero no catalogado entre los “padres fundadores”: Ocupó la presidencia de 1825 a 1829 y fue el autor intelectual de la seudo-tesis de la “fruta (manzana) madura”.

Las ansias expansionistas de los colonos de la América inglesa heredadas del pensamiento imperial de la Corona británica colocaron a Cuba en el punto de mira del apetito estadounidense. Este interés fue claramente reflejado por Jefferson, desde su retiro en la hacienda Monticello en carta que dirigió a su amigo el entonces presidente James Monroe el 24 de octubre de 1823 (menos de dos meses antes de que se proclamase la “doctrina Monroe”): “Yo confieso cándidamente que siempre he mirado hacia Cuba como la más interesante adición que pueda hacerse a nuestro sistema de Estados. El control que, con Florida, esta isla nos daría sobre el GOLFO DE MÉXICO, y los países e istmos que lo bordean, así como todas las aguas que fluyen hacia él, colmarían la medida de nuestro bienestar político”.

Cuando en 1825 concluyó la etapa donde los “padres fundadores” ejercieron el poder presidencial había prácticamente concluido la primera gesta de la independencia de la América española y en los Estados Unidos se había elaborado una tríade conceptual que fundamentaba la proyección expansionista y de dominación de sus líderes, integrada por la creencia en el Destino Manifiesto (un viejo concepto que estaba en la mente de los “padres fundadores” pero que alcanzó notoriedad años después con la conquista de las tierras situadas hacia el oeste) otorgado por voluntad divina a los Estados Unidos para extender el carácter excepcional de su sistema por el mundo, especialmente por las tierras de América, unido a la Doctrina Monroe, reservando el continente americano para la dominación de los Estados Unidos y, en el caso particular de Cuba, la seudo-teoría de la “fruta madura”.

Estos elementos conformaron la base para una política de Estado con relación a Cuba: la de “la espera vigilante” para impedir que cualquier otra nación o potencia que no fueran los Estados Unidos reemplazara la dominación de España o que Cuba accediera a la independencia. En los años en que España ejerció su dominio colonial sobre Cuba, la principal opción de los Estados Unidos fue comprar a España el territorio cubano, lo que propusieron reiteradamente, siendo la última oferta presentada unos días antes de que los Estados Unidos declararan la guerra a España e interviniesen en la contienda en Cuba para frustrar su independencia.

La “esplendida guerrita” como la calificara John M. Hay, el entonces embajador de los Estados Unidos en Londres en carta del 27 de julio de 1898 dirigida a Theodore Rossevelt, marcó el inicio de una nueva etapa de funestas relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. El gobierno de Washington se valió de esas circunstancias para ocupar militarmente la Isla caribeña a partir del 1ro de enero de 1899; impuso la Enmienda Platt a la Constitución de Cuba de 1901, y forzó la firma de un Tratado Permanente de Reciprocidad el 22 de mayo de 1904 que contenía las propias estipulaciones de dicha enmienda; estableció una base naval en la bahía de Guantánamo que aún retiene bajo el amparo de un espurio tratado violatorio de las normas del Derecho Internacional. De hecho, por sesenta años, hasta el 1ro de Enero de 1959, los Estados Unidos ejercieron sobre Cuba el control de la vida política, económica y social sin miramiento alguno para los intereses de Cuba, de los cubanos y del derecho de estos a la independencia, la soberanía, la autodeterminación y la integridad de su territorio.

La realidad es que desde que los Estados Unidos surgieron como nación independiente con la firma el miércoles 3 de septiembre de 1783 en París del tratado entre Inglaterra y los Estados Unidos que, como ya se ha señalado, puso fin a las hostilidades entre ambos y reconocía la independencia del segundo, y mientras duró la dominación colonial de España sobre Cuba, los Estados Unidos se opusieron a la existencia de una Cuba independiente e intervinieron en la Guerra de Independencia de 1898 para frustrar la posibilidad de que los cubanos alcanzaran su independencia y en su lugar establecieron un mecanismo de dominación sobre los destinos cubanos que se mantuvo vigente hasta el 1ro de Enero de 1959. La historia demuestra fehacientemente que en esos casi 175 años, nunca hubo una relación entre ambos países basadas en la colaboración, la cooperación y el beneficio y el respeto mutuos, como tampoco esos aspectos son los que han caracterizado los casi 55 años transcurridos desde el triunfo de la Revolución Cubana, a pesar de que por dos siglos y tres décadas más, nunca ha habido de la parte cubana acción hostil alguna contra el pueblo de los Estados Unidos, ni política alguna que se asemeje a los conceptos del Destino Manifiesto, de la doctrina Monroe o de la falsa “teoría de la manzana madura”, ni pretensiones de expansión territorial o de influencia hegemónica geopolítica cubana sobre los Estados Unidos. La verdad histórica es que nunca el Gobierno de los Estados Unidos ha tenido una posición de respeto y reconocimiento hacia Cuba y los cubanos.

Es una política de Estado que refleja el consenso de las elites que controlan el poder en la nación norteña, que no presenta límites en el tiempo, que se asienta en un cuerpo de leyes, decretos, resoluciones y estipulaciones de obligatorio cumplimiento por todos los que son objetos de la jurisdicción de los Estados Unidos, que no depende de decisiones unipersonales ni de determinada institución federal. Esa política cuenta con objetivos definidos y con los mecanismos y herramientas necesarios para su instrumentación.

A pesar de estas circunstancias, los hechos demuestran también que no se puede poner un chaleco de fuerza contra natura a las relaciones entre los países y pueblos, cuyas relaciones se conducen dentro de los marcos universalmente reconocidos del derecho internacional que promueven las relaciones de igualdad, respeto mutuo y solidaridad.

Por decirlo en las palabras de Thomas Jefferson, en carta escrita el 12 de julio de 1816: “Yo no abogo por cambios frecuentes en las leyes y las constituciones. Pero las leyes y las instituciones deben ir mano a mano con el progreso de la mente humana. Según se torna más desarrollada, más ilustrada, en lo que se hacen nuevos descubrimientos y los modales y las opiniones cambian, con el cambio de circunstancias, las instituciones deben avanzar para mantenerse al ritmo de los tiempos. Tanto pudiéramos requerir a un hombre que vista el chaleco que le servía cuando muchacho como a la sociedad civilizada continuar para siempre bajo el régimen sus bárbaros antecesores”.

Esta es la enseñanza que nos trasladan en esta edición de su excelente libro Elier Ramírez y Esteban Morales: No hay alternativa a la búsqueda de una relación entre las naciones que no sean mediante el apego a las normas del derecho internacional y marcadas por el espíritu de la colaboración y de la solidaridad entre las naciones, Benito Juárez lo dijo en su manifiesto del 15 de julio de 1867 a la nación mexicana luego de la derrota de Maximiliano I de Habsburgo: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y Fidel Castro en su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 26 de septiembre de 1960 (recordado por Che Guevara en el mismo escenario el 12 de diciembre de 1964) apuntó la fórmula para alcanzarlo en nuestro mundo hoy amenazado por la extinción: “¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra!”.

El Gobierno de los Estados Unidos mantiene con plena vigencia su política de Estado contra la Revolución Cubana. Sigue intentando desconocer la legitimidad de las instituciones cubanas y se empeña en promover la acción de fuerzas internas para subvertir las bases y las instituciones de la sociedad socialista cubana, pero al mismo tiempo cultiva fracaso tras fracaso en sus descabellados intentos y ve cómo cada día crece el rechazo de la comunidad internacional y Washington se va quedando solito. Dentro de los propios grupos de poder surgen cada vez más reclamos por un cambio de la política hacia Cuba. No es posible predecir cuánto tomará desenredar la tupida urdimbre elaborada por los Estados Unidos para procurar restaurar la dominación que tuvo sobre Cuba y fue barrida por la Revolución. De la confrontación a los intentos de ‘normalización’ es una obra que no puede ser pasada por alto por los interesados en adentrarse en el conocimiento de los complicados aspectos de un proceso al cual aún le falta mucho camino por recorrer.

Texto tomado del blog: http://lapupilainsomne.wordpress.com

Ramón Sánchez Parodi*Fue nombrado Jefe de la Sección de Intereses de Cuba en los Estados Unidos, entre septiembre de 1977 y abril de 1989. Luego ocupó el cargo de viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, hasta 1994. Y a partir de entonces se desempeñó como embajador cubano en Brasil, hasta el año 2000. Además de sus actividades como funcionario del gobierno cubano, Sánchez Parodi es periodista y escritor.

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Atilio Borón: América Latina en la geopolítica imperial. Por: Jesús Arboleya Cervera*

ALEs un honor y un placer para mí, que la Editorial de Ciencias Sociales me haya seleccionado para presentar un libro tan importante como “América Latina en la Geopolítica Imperial”, del autor argentino Atilio Borón.

De Atilio poco tengo que decir que los cubanos ya no sepan: su obra lo destaca entre los principales intelectuales latinoamericanos y su compromiso político lo identifica, por derecho propio, como un compañero más entre nosotros.

De los méritos del libro tampoco hay mucho agregar. En 2013 fue ganador del prestigioso Premio Libertador al Pensamiento Crítico, surgido por iniciativa del comandante Hugo Chávez, para estimular un debate teórico que sirviera de sustento intelectual a las luchas revolucionarias de Nuestra América.

Según el jurado que le otorgó el premio, esta obra “desarrolló las particularidades de los procesos revolucionarios en la región, unido a los rasgos de la ofensiva imperialista por diversos métodos”.

La primera cualidad que entonces vale la pena destacar, es que el libro aborda una problemática silenciada o distorsionada por los grandes consorcios informativos y la producción académica hegemónica, dentro y fuera de América Latina.

Se trata, por demás, de un fenómeno tan abarcador y rico en matices, que emprender su análisis requiere, no solo de un extraordinario conocimiento acumulado, de la capacidad para discernir lo esencial y lo cierto dentro del torrente de información que nos invade y de la experiencia práctica, resultado de la participación política concreta; sino también de una visión despojada de todo dogmatismo, capaz de una mirada nueva a procesos que, por un lado, tienen antecedentes que se adentran en lo más recóndito de nuestra historia y, por otro, se manifiestan de manera inusitada en la realidad actual de nuestros países.

Ante este compromiso, Atilio no tuvo otra opción que ser polémico y lo ha sido tanto, que el libro comienza por discutir el uso del concepto de “geopolítica”, el cual forma parte del título. No solo para salvarlo de los prejuicios históricos que acompañan al término, sino para introducir la comprensión del factor nacional como un elemento indispensable en el orden mundial vigente y, de esta manera, cuestionarse lo que considera el uso aséptico del término “globalización”, para definirlo como una “fase superior del imperialismo”. Otro concepto marxista que Borón reivindica, a partir de un análisis riguroso de su pertinencia.

Esta intención de esclarecer los conceptos y contrarrestar su manipulación, para que realmente sinteticen la realidad que se aborda –un principio básico de la investigación científica en las ciencias sociales–, es una constante en el libro y demuestra, tanto el rigor académico con que ha sido escrito, como la voluntad de evadir los caminos trillados de un discurso que, ya sea desde la derecha o la izquierda, ha sido superado por la historia.

El enfoque marxista, actualizado a partir de la praxis y los avances de las ciencias sociales, es recuperado por Atilio desde una perspectiva dialéctica, lo cual además de revestir una importancia intelectual para la teoría revolucionaria, aporta a la búsqueda de lo que él llama la “nueva identidad” que requiere el socialismo en nuestros días.

Una identidad que, por cierto, nos aconseja buscar no solo en los clásicos y otras producciones teóricas contemporáneas, sino también en las raíces culturales latinoamericanas, particularmente en las tradiciones de los pueblos originarios.

Atilio entonces nos familiariza –a los cubanos quiero decir– con la cosmovisión del sumak kawasy o del “buen vivir”, donde el individuo aparece orgánica y armónicamente articulado con la sociedad y el medio ambiente, a partir de patrones bien distintos a los impuestos por la modernidad, dígase el capitalismo.

No aborda este asunto desde una perspectiva nostálgica y primitivista, todo lo contrario, sino desde su vigencia en un proceso económico y social que, de cierta manera, está implicado en la concepción del socialismo del siglo XXI y que, en mi criterio, entronca, no por casualidad, con la teoría de la necesidad de formar un “hombre nuevo”, proclamada hace tantos años por el Che Guevara.

Es una lástima que, particularmente en Cuba, donde está puesto a debate el modelo económico y otros aspectos del socialismo, no estemos más al tanto de estas ideas, de por sí extraordinariamente bellas y prácticas, que tienen la utilidad de contrarrestar, con una lógica convincente y atractiva, el consumismo neoliberal que mantiene una vigencia renovada en ciertos sectores de nuestra sociedad.

Otra cualidad de este libro es que no es nada complaciente con muchas ideas y prácticas hoy día presentes en la izquierda y los sectores progresistas de América Latina. Atilio lo mismo critica las políticas de gobiernos progresistas que tienden a debilitar su articulación con las masas y avanzar más allá de los límites que les impone el sistema capitalista donde operan; que a aquellos movimientos populares que no tienen en cuenta la realidad concreta en que deben actuar y asumen posiciones basadas en lo que denomina un “pachamamismo fundamentalista”, el cual de manera insensata coloca el cuidado de la naturaleza en contradicción con las necesidades del progreso humano, olvidando su necesaria adecuación con la realidad existencial de los pueblos y sus luchas políticas.

En definitiva, Atilio rechaza cualquier fundamentalismo y se enfoca en lo que considera deben ser las prioridades de estos procesos; a saber, la unidad e integración indispensables para enfrentar los embates de la oligarquía y el imperialismo.

Debe ser así, porque estos movimientos no se desarrollan en condiciones ideales de “temperatura y presión normal”, como dirían los físicos, y mucho menos al vacío. “Toda revolución engendra su propia contrarrevolución”, dijo Carlos Marx, y yo agregaría que, en las actuales condiciones, muchas veces la contrarrevolución está prácticamente prefabricada antes de que surja la revolución misma.

De aquí que la otra cara del libro, quizá su aporte fundamental, es el análisis del modelo de dominación imperialista, su capacidad para enfrentar a los movimientos emancipadores y, también, sus limitaciones para hacerlo.

Resulta imposible resumir en pocas palabras toda la información y criterios que aporta Atilio respecto al orden mundial imperialista y sus contradicciones, me limito entonces a sumarme a su opinión de que “el conocimiento del imperialismo, de Estados Unidos como centro imperial del sistema, y de la sociedad, la economía y la cultura norteamericanas, son elementos indispensables de cualquier estrategia emancipatoria”.

Para terminar, quiero mencionar lo que el mismo Atilio considera sus dos tesis principales: “La constatación del debilitamiento del poderío global de Estados Unidos como centro organizador del imperio” y, como corolario de lo anterior, “la ratificación histórica de que en su fase de descomposición los imperios se tornan más agresivos y sanguinarios que durante los períodos de ascenso y consolidación”.

Eso crea un equilibrio inestable sumamente peligroso, especialmente para América Latina, respecto a la cual Atilio descarta el supuesto de que no constituye un interés primordial para Estados Unidos, para afirmar que, por el contrario, resulta esencial para el diseño geopolítico del imperialismo norteamericano.

Aquí termino, aunque un libro tan sugerente siempre nos deja con ganas de seguir discutiendo. Digo discutiendo, porque no hay que estar absolutamente de acuerdo con Atilio para estimar la relevancia de este texto. Por el contrario, estamos en presencia de un libro que preferencia y estimula un debate que resulta esencial para el proyecto revolucionario.

Siguiendo la prédica de Carlos Marx, Borón nos dice que su libro pretende ser “un arma de la crítica” y creo que lo ha logrado, pero vale la pena explicarlo mejor: este es un libro de un militante, no solo de un observador capacitado, y en la combinación de ambas cualidades se concreta la condición de ser marxista.

Hay que agradecer entonces a Atilio Borón por su contribución al pensamiento crítico revolucionario, muy importante también para Cuba, a la que él tanto ha defendido.

A ustedes me atrevo a exhortarlos a que disfruten de un texto que los estimulará a pensar y que también puede ser entretenido, ya que otra de sus virtudes es que demuestra que la buena literatura no está reñida con el rigor científico.

Muchas gracias.

Palabras de Presentación en el espacio Sábado del Libro, del Instituto Cubano del Libro, 13 de septiembre de 2014.

Texto tomado del blog: http://dialogardialogar.wordpress.com

Jesús Arboleya*(La Habana, 1947) Licenciado en Ciencias Históricas en 1975, doctor en la misma especialidad en 1995, profesor de la Universidad de La Habana, de 1993 a 1996, investigador del Centro de Estudios sobre Asuntos de Seguridad Nacional.

Ha sido colaborador con el Centro de Estudios de Alternativas Políticas y el Centro de Estudios sobre Estados Unidos de la Universidad de La Habana, con el Centro de Estudios de América y con el Centro de Estudios de Europa además de contribuir con el diario chileno La Nación. Fue durante años miembro del servicio diplomático cubano prestando servicios en la misión de su país en la ONU y en la Oficina de Intereses de Cuba en Washington.

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Imalabra: la seña de Casa 275. Por: Marianela González

Portada del número 275 de la Revista Casa de las Américas.

Portada del número 275 de la Revista Casa de las Américas.

Imagen y palabra se funden en esta pieza de Martorell. Al puertorriqueño se le ha ocurrido un nombre para este ejercicio: Imalabra, que suena a clave, a seña para abrir puertas. Como casi toda su obra, la xilografía sobre papel y la escultura que sirven de pórtico a esta nueva entrega de Casa sugieren no una imagen definitiva, sino un signo plurivalente de infinitas posibilidades interpretativas y lúdicas.

En madera, la mecedora grande—como esas que figuran, en blanco y negro, en los retratos de las sesiones de los Premios Casa en los 60 o aquella en la que vemos sentada a Haydee en el documental de Víctor Casaus, y que aún frotan sus balances sobre los pisos de esta Casa, íntima y pública— cobija a una más pequeña y común, como las que hay en las casas sin C mayúscula. ¿De qué somos? ¿De dónde/quiénes venimos? Son algunas de las preocupaciones de Martorell y con ellas abre este número de la revista—edición catálogo, diría yo, como la pieza de la cubierta; fragmentada, elocuente en sus pequeñas porciones.

Casa 275 no es, como decimos acá, “la revista de Haydee”, “la revista de Cortázar”; esas que no necesitan de sus números para ser halladas, al vuelo, en los anaqueles. Esta es, va a ser, otra edición: una que sin amparos como aquellos ejerce su Imalabra; un objeto, 176 páginas entre cartulina, capaz de dibujar con palabras lo que ha sido, el lugar del que ha venido y la sustancia que lo ha constituido en los últimos 53 años.

Autores noveles y nombres que remiten al campo intelectual latinoamericano del último medio siglo. Preocupaciones de larga data y textos que hurgan en la actual cartografía social, cultural, política del continente. Casa vuelve la mirada sobre los propios procesos de la institución a la que representa, y sin pretenderlo, intuyo, la devuelve en un exquisito corpus autorreferencial: ¿qué ha sido la Casa de las Américas en los últimos 50 años? ¿Qué vienen a hacer aquí los artistas, escritores, intelectuales de casi todos nuestros países, algunos de los cuales escriben o son referidos aquí? ¿Qué dicen sus cartas? Los jurados del premio literario más antiguo y prestigioso de su tipo en la región, ¿cómo piensan?, ¿qué les preocupa?, ¿cómo devuelven esas preocupaciones en versos, narraciones, ensayos, y cómo dialogan con sus elecciones de entre las decenas o centenares de inéditos?

¿Y qué les dice todo eso, al final, a los que, como Eric Nepomuceno, García Márquez, Thiago de Mello o el propio Toño Martorell han encontrado aquí, en Cuba, en este lugar, “una segunda patria”; a los de una generación intermedia, que pudieron haber conocido a Allende justo antes que “se pudriera todo” a ambos lados de la cordillera, y que no lo recuerdan porque tenían tres años y medio; o a los que somos todavía más jóvenes, como yo o algunos de quienes reseñan los libros merecedores del Casa 2013, que de todo esto sabemos, apenas, por lo que estas páginas cuentan? Casa 275 no será “la de Haydee” o “la de Cortázar”; pero es, sin duda, otro inventario, un portafolio de la multiplicidad de tejidos, voces, complicidades, que esta revista es, todavía, capaz de articular.

Aunque percibo, como centro, el amplísimo tema de las historias, los procesos y las experiencias de descolonización en América Latina, sumergidos bajo grandes relatos como el que Aurelio Alonso aborda en la sección Flechas, sé que ustedes, como yo, van a “entrarle” a esta edición por su centro “físico”: las “Páginas Salvadas” de García Márquez… Porque ha muerto hace poco y el vacío que dejan los de su estirpe nos hace pensar que, la próxima vez, le vamos a leer de otra manera, vamos a encontrar lo que no supimos ver antes, o porque en la nota editorial se nos anuncia que, entre las cinco o seis cartas reproducidas aquí, veremos una en facsímil, y ni la mayoría de ustedes ni yo hemos visto jamás como ponía su nombre el Gabo al pie de un papel ni cómo redondeaba las letras cuando ponía “Revolución Cubana”, en altas las dos palabras —de no haber sido por ese punto de giro continental en 1959, subraya, no habría sido el escritor que era cuando envió esta carta a Retamar, en 1978, diez años después del “trancazo comercial” de Cien años de soledad. Y quizá porque sabemos que el homenaje de esta revista no es uno cualquiera: es el acuse de recibo; la página que esperábamos antes de creer que sí, que es cierto, que ha muerto García Márquez este 2014.

Entonces, o quizá más tarde, al rato, leerán el resto de la revista.

Anabelle Contreras y Luis Bernardo Pericás ocupan las primeras páginas de este número con experiencias de descolonización no solo de los cánones culturales de Occidente, sino además, de aquellos que se generan también, cual trazas, en los propios intentos de transformación social, en las revoluciones mismas.

La costarricense narra cómo un grupo de indígenas del pueblo Ixil desafió el llamado “punto cero” que para algunos significó la expansión europea sobre Occidente y los epistemes establecidos como modelos estructurales y de pensamiento; en vísperas del “fin del mundo”, cuenta Anabelle, las comunidades mayas hacían parir una Universidad indígena, desafiante de metodologías y cánones de la academia occidental, en el mismo espacio que fue testigo de 114 masacres en 40 años: nada más parecido a una apuesta de futuro al cierre del 13 Baktún. El propio texto de Anabelle Contreras, y ella misma, son parte de esa apuesta; lo sabemos desde enero de este año, cuando vino de jurado al Premio: “las poblaciones negras, los pueblos originarios —me dijo en esta sala—, son los espacios revolucionarios de hoy, esos donde se discuten las categorías clásicas porque, sencillamente, no les sirven”.

Contra otros desfasajes —esta vez, propios de la militancia comunista en el Brasil de los años 30—, sus cánones y sus categorías clásicas, tuvo que posicionarse también, en su época, el historiador brasileño Caio Prado Júnior. En un ensayo documentado y riguroso, como cabría esperar de la mente inquieta, observadora y crítica que conocimos en esta misma edición del Premio Casa, Luis Bernardo Pericás rescata su obra como un sofisticado y alentador aporte en el mapa de las relaciones intelectuales que en esos años se dieron en la izquierda latinoamericana, aunque la izquierda latinoamericana apenas le supo ver.

Ninguna de estas dos historias —a grandes rasgos, sus contextos— figura en la Historia del Siglo XX según Eric Hobsbawm, ese autor a quien Prado Júnior sí colocó en su biblioteca personal. Son, ya lo sabemos, las páginas detrás de los grandes sucesos, como el de la I Guerra Mundial, donde también, no obstante, los relatos historiográficos o políticos han dejado espacios en blanco. Siguiendo con la iconoclasia que signa la mayoría de los textos de esta revista, Aurelio ha querido recordar que hace cien años —cuando nacían Cortázar, Bioy Casares, José Revueltas, Julia de Burgos, Efraín Huerta, Nicanor Parra y Octavio Paz; cuando Borges celebraba en Mallorca la revolución rusa con un libro de poemas que nunca entregaría a imprenta alguna y aún llovía sobre Macondo—, estallaba y transcurría en Europa la expansión de Occidente sobre sí mismo; y ha querido que nos importe porque, junto con los procesos culturales y artísticos que tienen siempre cabida en la revista, interesa la bifurcación que entonces se produjo, en términos de producción simbólica, también, sobre este lado del mundo.

En esa densidad entre 1914 y hasta 1991, una multiplicidad de procesos dejaría también su huella. El siglo XX corto conocería, junto con los más sangrientos conflictos bélicos de la historia de la humanidad, el nuevo molde de la colonización, y con ella, el virulento desarrollo de procesos sociopolíticos de larga data y la aparición de nuevos, con sus correlatos culturales y artísticos: digamos, siguiendo este número, los corrimientos y la recolocación de los pueblos originarios en espacios antes impensados, como las “ciudades ajenas” de la colonia, tal y como aquí reseña Jaime Gómez Triana a partir de un texto de Lucía Guerra, premio Casa en la edición de 2013; la acentuación del capital simbólico y político detrás de las migraciones, como da cuenta Jesús Arboleya en el libro que comenta Ana Niria Albo; o las luchas revolucionarias en el Tercer mundo, como el proceso que relata el exguerrillero argentino Nicolás Doljanin, en un hermoso testimonio que aquí recomienda Félix Julio Alfonso…

Todo ello, en un siglo que terminaría, dice Aurelio, ramificando el curso de lo que habíamos sido hasta entonces, y que abriría el paso a una recolocación de las historias “pequeñas” y las “biografías poco épicas” —como advierte Maite Hernández-Lorenzo en Domingos sin Dios, de Luiz Ruffato—; a la revisión de nuestras rutas críticas, de nuestros relatos historiográficos, de la leche derramada sobre el cuerpo de estas naciones. Y que haría surgir modelos otros, “fenómenos” que no necesariamente encajan con la visión de intelectual que se tenía antes de la caída del Muro o con la que ha signado la historia de esta revista: así entendemos, por ejemplo, la escritura de Pola Oloixarac, que atraviesa el siglo desde sus propias coordenadas, sin que le sepan a bronce los mitos y las ideologías que han recompuesto el alma de la nación argentina en los últimos veinte o treinta años. Su (pretendida, atribuida) “falta de compromiso” afectivo con los años de la dictadura militar, con la Revolución cubana o Tlatelolco, ¿habrían de alejarla de estas páginas; o a “Borges, el reaccionario”, o al “nunca clásico” Roberto Arlt? Como celebra Ruffinelli, la postura de Pola es única, como único es Arlt a la literatura latinoamericana; y en una mujer (dice Borges, en un hombre), las ideas y posturas se superponen, entrelazan, contradicen y confunden, como frente a un espejo que se bifurca. La obra de Pola “nos mira y nos hace mirarnos”, dice el crítico en Casa 275: suficiente para que se nos invite a la lectura desde estas páginas.

Este número, correspondiente a abril-junio de 2014, podrá ser, digamos, la revista de los Premios 2013, la de los jurados de 2014, la de Gabo. No me convence ninguno; prefiero el conjunto, la lectura cruzada. Ustedes, quizá, encontraran otros vínculos, otras sintonías, otros objetos dentro del catálogo. O la leerán sentados en una mecedora que no es la grande ni la pequeña. O sentirán que no es Imalabra, sino Jaulabra —con sus palabras mágicas: amor, democracia, libertad, patria, paz— la obra de Martorell que mejor refleja el contenido de esta Casa, y empezarán a leerla por su contracubierta… Será otra revista. Hay una distinta, para cada lector. Esta ha sido la mía.

Texto tomado de la publicación: http://laventana.casa.cult.cu

Palabras de presentación del más reciente número de la revista Casa de las Américas. Nota del editor.

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Nosotros pensamos por ti. Por: Octavio Fraga Guerra*

la formaciónMi lista de libros por leer se multiplica. El tren hacia o desde Madrid me vale para troquelar palabras, apuntar aciertos y desgranar nuevas preguntas ante ese fascínate mapa de letras impresas que nos regala la vida. Y es que un libro es eso, un regalo.

No voy a enunciarlos en términos de cabecera o imprescindibles. El conocimiento es la suma incesante de letras por acotar, de ideas a subrayar, de apuntes tomados para seguir buscando en otros horizontes. Ante esas ganas de seguir tejiendo sustantivos conocimientos se impone leer sin descanso. Para dejarnos llevar por esa fascinante ruta –a veces sinuosa, otras mezquina- que es la plena cultura. O al menos la idea de que no estamos tan lejos de ella.

Mucho se ha escrito sobre los medios –o los mass media- y sus devoradores tentáculos subversores de la verdad, de la noticia y del tiempo vencido. De ese tiempo que nos quieren raptar y hacernos desdibujar para dejarnos en la infame idiotez, en la incultura ante hechos históricos que son imprescindibles entender. O en la equidistancia donde la tierra –la nuestra-, soporta con espanto los morteros de la muerte de proyectiles que anulan la vida en nombre de “cruzadas salvadoras”. E incluso, en un acto de auténtico cinismo, nos dejan en la frontera de sus inversos mapas para entregárnoslo como si de la verdad se tratara. A fin de cuentas “ellos piensan por nosotros” y no hace falta gastar sapiencias y horas de sueño.

El texto La formación de la mentalidad sumisa, un vertebrado titulo del escritor español Vicente Romano, nos dibuja con natural y simple escritura las fullerías de ese mundo sórdido, donde la ética y la responsabilidad social de sus gestores está -cada vez más- puesta en la plaza del patíbulo. En el juicio de la sociedad ante un siglo donde las preguntas de sus “desvaríos” se atropellan sin cesar.

Editado por El Viejo Topo y estructurado en tres partes medulares, su autor no esquiva temas escabrosos. Agudo en todas sus letras, incisivo en no pocas ocasiones. Todo para entablar debates y urgentes diálogos ante los cercos de esta inmunda realidad.

Los temas, desde la familia como base neurálgica ante los desestructurados tiempos en donde la sociedad global va de tropeles, hasta la reflexión en torno a la noticia y como la “tomamos” sin establecer una mirada crítica. Un contrastar de sus raíces y rutas para no obviar algo fundamental, la intencionalidad de sus núcleos.

La manipulación y sus límites. La publicidad y sus “atractivos” mistificadores. La televisión que “todos” criticamos y sin embargo, caemos antes sus brazos como la gran salvadora de nuestras almas. Ese arrojadizo término, que en los últimos tiempos pasa por duras críticas de notables intelectuales por lo vacuo de sus significados. O las guerras de conquistas, los ensordecedores medios y el mirar para el otro lado. Todos ellos y más, forman parte de un conjunto de análisis-temas que apremian tomar de sus letras, para leer a la sociedad con lucidez y sentido crítico. De eso se trata en este libro.

Esta obra de fácil lectura, sirve de base para adentrarnos en los anaqueles de otros textos que particularizan aristas y perfiles de un escenario cambiante. Y es que los medios se reconstruyen –esos infames medios- no para tomarle el pulso a las sociedades y hacer memoria de la historia. Lanzan sus vértigos de letras apisonadas para fragmentar sociedades, o subvertir a otras. Y sin tener una dosis de honorabilidad, omiten historias y hechos que son imprescindibles conocer. Contra ellos apunta Vicente Romano, y lo hace con aguda intelectualidad y fresca cursiva para llegar al vasto universo de lectores cautivos.

En fecha reciente falleció este importante intelectual y estudioso de los medios. Sobre el autor de La formación de la mentalidad sumisa, expreso el periodista y escritor Pascual Serrano: “…para muchos, ese gran maestro de la comunicación que nos enseñó a ver con nuestros propios ojos. A dudar de la versión dominante, a pensar con crítica e independencia. Como debe hacerlo un sólido y coherente comunista como lo que él fue” (1).

Nota

  1. http://www.eldiario.es/zonacritica/Vicente-Romano-profesor-comunicacion-socialismo_6_271632867.html

 

*Editor del blog: www.cinereverso.org

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Una lectura imprescindible: 50 años de Operaciones Encubiertas en EE.UU. Por: Elier Ramírez*

50 años de operaciones encubiertas en los Estados Unidos. Autores: Larry Seigle, Farrell Dobbs y Steve Clark. Editorial Pathfinder, Canadá.

50 años de operaciones encubiertas en los Estados Unidos. Autores: Larry Seigle, Farrell Dobbs y Steve Clark. Editorial Pathfinder, Canadá.

El libro que hoy presentamos de la editorial Pathfinder, bajo el título: 50 años de operaciones encubiertas en EE.UU, fue publicado por primera vez en inglés en la revista marxista New International, y al año siguiente en español en una especie de breve folleto. Esta nueva edición mantiene como principal trabajo el escrito por Larry Seigle, con el mismo título del volumen, pero incorpora un prefacio de Steve Clark, uno de los principales líderes actuales del Partido Socialista de los Trabajadores en los EE.UU.  y el artículo “La guerra imperialista y la clase trabajadora”, que no es más que las palabras introductorias que Farell Dobbs escribió en 1949 a la tercera edición de otra importante obra: El socialismo en el banquillo de los acusados, de James P. Cannon. De esta manera, el libro termina incitando a la lectura imprescindible de otro.

Cannon y Dobbs, fueron dos dirigentes del Partido Socialista de los Trabajadores que, junto a otros 16 compañeros de lucha, resultaron acusados, condenados y llevados a prisión en 1941, bajo cargos federales de “conspiración”, en lo que se conoció como “caso fabricado de Minneapolis”. Fue la primera vez que se aplicó la Ley Smith, conocida popularmente como “Ley Mordaza”, promulgada por el presidente Franklin D. Roosevelt en 1940, con el objetivo de silenciar a la vanguardia sindical y el movimiento obrero que se oponía a la entrada de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial. El socialismo en el banquillo de los acusados es el testimonio completo que James P. Cannon —en ese momento como secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores— dio desde el estrado de un tribunal federal en Minneapolis en el transcurso de tres días de noviembre de 1941. Testimonio que se convirtió en una denuncia política y en programa comunista para la vanguardia combativa de la clase trabajadora.

Como bien señala Clark en su introducción a 50 años de operaciones encubiertas en EE.UU, los hechos que se describen y analizan en este libro constituyen un hito histórico: “Una organización comunista estaba entablando una demanda contra el gobierno capitalista, en vez de verse obligada a defenderse y a defender a sus miembros contra un caso fabricado por policías y fiscales. Los trabajadores comunistas —junto con otros sindicalistas, agricultores y partidarios de los derechos civiles— eran los demandantes, y las agencias y funcionarios del gobierno eran los acusados. Y no al revés”.[1]

Asimismo, en el artículo de Larry Seigle se reconstruye todo el proceso que condujo a que en 1973, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y la Alianza de la Juventud Socialista (AJS), dos organizaciones comunistas en los EE.UU. llevaran a corte al Buró Federal de Investigaciones (FBI), al Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) y a otras agencias policiacas, por los años de espionaje, hostigamiento, y las campañas guiadas a desorganizar e interrumpir sus actividades. Después de muchos años de lucha legal y, sobre todo, de lucha política, el 25 de agosto de 1986, el juez federal Thomas Griesa emitió su fallo contra el FBI y a favor del PST. El fallo incluyó la decisión de prohibir el acceso a las agencias gubernamentales a usar cualquier información en los 10 millones de páginas que el FBI acumuló ilegalmente para hostigar a los miembros del PST y de la AJS.

Si bien constituyó algo muy inusual en la historia de los EE.UU., el hecho de que estas organizaciones comunistas hubiesen logrado sentar en el banquillo de los acusados al gobierno, más aun lo fue que resultaran vencedoras después de muchos años de intenso bregar. Los que piensen que la razón de esta victoria estuvo en la lucha legal, se equivocan, pues el triunfo fue el resultado de una aguda lucha política entre las clases en conflicto.

Una mayor comprensión de este desenlace, lo brinda el trabajo de Seigle, al remontarse a los orígenes de la guerra del FBI y otras agencias gubernamentales contra los derechos democráticos de los ciudadanos estadounidenses, en los años del gobierno de Franklin D. Roosevelt. Nos explica cómo ese tipo de prácticas comenzaron en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y no como sostienen algunos autores durante el auge del macarthismo en los años 50 o cuando la lucha por los derechos civiles alcanzó su mayor madurez en los 60.

Se describe cómo la administración Roosvelt aprovechó el marco de la segunda guerra mundial y la lucha contra el fascismo para darle rienda suelta al FBI —encarnado en la figura de Edgar Hoover— y arremeter contra los derechos democráticos y constitucionales de sus propios ciudadanos. Los grupos sindicalistas, los afronorteamericanos, los activistas que luchaban contra la guerra y por la emancipación de la mujer y las organizaciones comunistas como el PST y la AJS,  fueron los primeros y principales objetivos.

Bajo el precepto de “seguridad nacional”, todo era permisible, el mismo recurso lingüístico que empleaban en política exterior para agredir, invadir y subvertir procesos revolucionarios en otros países. Al discurso de la necesaria unidad nacional para enfrentar el avance del fascismo, se sumó el Partido Comunista de los Estados Unidos. El mismo que luego, cuando la URSS firmó con Alemania el conocido pacto de no agresión, rompería su alianza con la administración Roosevelt. La única explicación para entender esta posición es que su brújula estaba orientada hacia y por la URSS, mal del que padecieron también otros de los partidos comunistas en América Latina después de la muerte de Lenin y el ascenso de Stalin al poder en la Unión Soviética.

Las organizaciones e individuos que entendían que EE.UU. tenía que luchar contra el fascismo exterior, pero también contra el interior que segregaba, discriminaba y vejaba a los negros, chicanos y japoneses, eran acusados de divisionistas, encarcelados y reprimidos, pues según el gobierno todos los esfuerzos debían concentrarse en ese momento en ganar la guerra y en mantener la unidad nacional. Los independentistas puertorriqueños, como también nos muestra el libro que presentamos, sufrieron una intensa persecución del  FBI en esos años.

El artículo de Seigle se detiene en el período macarthista, en los años 50, cuando los miembros y simpatizantes del partido comunista se convirtieron en las principales víctimas de la cacería de brujas del gobierno estadounidense.

Queda enjuiciado el programa secreto de contrainteligencia y contrainsurgencia del FBI conocido como Cointelpro, abreviatura de Counterrintelligence Program, aprobado en 1956 por el presidente Eisenhower en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional. Este programa estuvo dirigido a socavar y destruir cualquier tipo de disenso a lo interno de la sociedad estadounidense, utilizando métodos sucios y anticonstitucionales, como falsas pruebas, trampas y la infiltración de agentes y provocadores. No solo se trató de espiar y obtener información sobre los grupos pro derechos civiles y antibelicistas y sus principales líderes, sino de desacreditarlos, desmoralizarlos, ponerlos a enfrentarse entre sí, e incluso, en algunos casos, eliminarlos físicamente. Los principales objetivos de este programa fueron nuevamente los miembros del Partido Comunista, del  Partido Socialista de los Trabajadores, del Partido Panteras Negras, otros grupos y partidos defensores de los derechos civiles, antibelicistas y religiosos, así como líderes de la talla de Angela Davis, Marthin Luther King, Malcom X, Mumia Abu Jamal, entre otros. Este programa estuvo aplicándose durante toda la década del 60 e inicios de los 70.

Hoy se conoce sobre este programa secreto gracias a los que podemos llamar los antecesores de Edward Snowden en los años 70: un grupo de ocho jóvenes pacifistas que penetraron las oficinas del FBI en Media, Pensilvania, el 8 de marzo de 1971, sustrajeron de manera clandestina cientos de documentos y comenzaron a enviarlos a varios periódicos estadounidenses identificándose como “Comisión Ciudadana para Investigar al FBI”. Entre la lista de documentos revelados había una carta con la que los agentes del FBI habían querido chantajear al reverendo Martin Luther King Jr, al que amenazaban con denunciar sus aventuras extramatrimoniales si no se suicidaba. [2]

Aunque por medios oficiales se afirma que el programa Cointelpro fue descontinuado después de todos los escándalos salidos a raíz de Watergate y las audiencias del Church Committe en 1975,[3] según el investigador cubano Eliades Acosta: “existen numerosas evidencias y documentadas denuncias que indican su permanencia y expansión bajo otra cobertura, otras denominaciones, y quizás, con técnicas y procedimientos mucho más sofisticados”.[4]

Luego, los atentados del 11 de septiembre del 2001, brindaron un pretexto ideal a la administración Busch para un nuevo impulso y expansión de este tipo de técnicas y procedimientos, a través del Acta Patriótica, la legalización de la tortura, los golpes preventivos y asesinatos selectivos.

Muchas personas hoy en el mundo se muestran totalmente sorprendidas con la revelaciones hechas por el ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA)Edward Snowden sobre el sistema de vigilancia y espionaje  mundial practicado por el gobierno de los EE.UU. no solo contra lo que consideran sus enemigos, sino también contra algunos de sus aliados y sus propios ciudadanos, violando tanto las leyes internacionales, como la constitución del país. Sin embargo, el Comandante en Jefe, Fidel Castro, había estado denunciando durante 20 años este proceder[5] y libros tan necesarios como el que hoy presentamos, demuestran que la vigilancia ilegal y sistemática para obtener información —aunque no tan sofisticada como la de hoy— en función de propósitos oscuros, no constituye un fenómeno nuevo, sino que ha sido una práctica constante de los gobiernos norteamericanos.

50 años de operaciones encubiertas en EE.UU., aporta también  —especialmente a los lectores cubanos— una importante experiencia a tener en cuenta en la lucha de nuestro pueblo por la liberación de los antiterroristas cubanos que aún cumplen injustas condenas en los EE.UU. La disputa del PSP y de la AJS contra el gobierno estadounidense y sus fuerzas policíacas solo fue posible ganarla a través de una intensa movilización política. Los Cinco son presos políticos, por lo tanto, si bien la batalla legal es indispensable, lo que sacará definitivamente a nuestros héroes de prisión será la campaña política que sepamos llevar adelante, y conquistar, en ese caso, el sentimiento, la solidaridad y el acompañamiento del pueblo norteamericano. El próximo 27 de febrero, saldrá Fernando González de prisión, pero aún permanecerán en las mazmorras: Antonio Guerrero, Ramón Labañino y Gerardo Hernández. Este último corre incluso peligro de morir en cautiverio si no logramos vencer en esta causa.

El caso de Los Cinco, al igual que el de Minneapolis en 1941, fue un caso fabricado por el gobierno norteamericano, con participación sobresaliente del FBI. Fueron acusados de espionaje y además, en el caso de Gerardo Hernández, de conspiración para cometer asesinato. Sin embargo, en mayo del 2001 la propia Fiscalía solicitó que se retirara la acusación formulada contra Gerardo, reconociendo que no podía sustentarla y en el 2009 la Corte de Apelaciones decidió revocar las sentencias impuestas por el cargo de “conspiración para cometer espionaje”, porque 14 jueces habían determinado por unanimidad que, en este caso, no había nada que afectase la seguridad nacional de los EE.UU., ni prueba alguna de espionaje.[6] Pero el gobierno estadounidense evitó nuevamente que se hiciera justicia y que estos acontecimientos se convirtieran en noticia.

Lo más perverso de toda esta historia es el hecho de que el gobierno norteamericano trató de vender una imagen de los Cinco como la de unos criminales que querían destruir esa nación, y al mismo tiempo, protegió a los verdaderos terroristas que actuaban en su territorio, de cuyos movimientos y planes tenían toda la información, buena parte de ella ofrecida por el propio gobierno cubano, poniendo en riesgo así no solo la vida de los cubanos, sino la de los propios ciudadanos estadounidenses.

El único “delito” de los Cinco consistió en haber penetrado las organizaciones que desde los EE.UU. practicaban el terrorismo contra Cuba. Terrorismo que ha costado al pueblo cubano 3478 fallecidos y 2099 incapacitados.

Algo que se divulga insuficientemente es que ese terrorismo contra la mayor de las Antillas también ha provocado dolor y daños materiales más allá de nuestras fronteras. No pocas son las vidas que se han perdido de ciudadanos de otros países, como los seis marinos franceses que murieron cuando el brutal sabotaje al vapor La Coubre en marzo de 1960, los 11 guyaneses y cinco norcoreanos fallecidos cuando la voladura en pleno vuelo del avión de Cubana en Barbados, en octubre de 1976, o Fabio Di Celmo, el joven turista italiano víctima de un acto terrorista contra Cuba, al explotar una bomba que ordenó poner Luis Posada Carriles en el Hotel Copacabana, en La Habana. La lista es mucho más amplia y las secuelas de dolor y sufrimiento de los seres queridos, incalculables. También por investigaciones realizadas se conoce que el territorio estadounidense fue el más afectado por el terrorismo de origen cubano en los años 70, como parte de lo que se denominó la “guerra por los caminos del mundo”.

Por estas razones sostengo que los cinco cubanos no solo son héroes de Cuba, son héroes del mundo, pues no solo hicieron grandes sacrificios por proteger la vida de los ciudadanos cubanos, sino de personas de cualquier nacionalidad, incluyendo a los estadounidenses. Mientras más personas conozcan esta verdad irrebatible, los barrotes de esas prisiones serán definitivamente destrozados. Como ha dicho Gerardo Hernández: solo “un jurado de “millones” les hará justicia.

Los Cinco, fueron acusados de “conspiración”, cuando la verdadera conspiración vino del gobierno estadounidense para someterlos a los más crueles e inhumanos castigos. La corte de Apelaciones de Atlanta en agosto de 2005, había decidido anular el juicio amañado que tuvo lugar en Miami, considerando el realizado como una crasa violación a los principios constitucionales de los EE.UU., pero las presiones del gobierno lograron a la larga una retractación. Ahora además sabemos, aunque los consorcios mediáticos que dominan la información se han encargado de silenciarlo, que parte de esta conspiración gubernamental consistió en el pago a la prensa local miamense y a otros periodistas reclutados, utilizando ilegalmente fondos del presupuesto federal, para desatar contra los cubanos toda una campaña sensacionalista, que influyera en la decisión del jurado.

Quisiera terminar mis palabras agradeciendo a la editorial Pathfinder, por toda la labor que han hecho de divulgación de la causa de los Cinco, rompiendo poco a poco los muros de silencio que se han levantado en torno al caso y abriéndole paso a la verdad en todo el mundo, pero en especial en el seno de la sociedad estadounidense.

[1] Larry Seigle, Farrell Dobbs y Steve Clark, 50 años de operaciones encubiertas en los Estados Unidos, Editorial Pathfinder, Canadá, 2014, p.8

[2] Mark Mazzetti, “Emergen de las sombras los Snowden de los años 70 que denunciaron al FBI”, 8 de enero de 2014, Cubadebate. (Internet)

[3] El Comité Church es el término común en referencia a Comité Selecto del Senado de los Estados Unidos para el Estudio de las Operaciones Gubernamentales Respecto a las Actividades de Inteligencia, un comité de Senado de EE.UU. presidido por el  senador Frank Church en 1975.

[4] Eliades Acosta Matos, Imperialismo del siglo XXI: Las Guerras Culturales, CasaEditora Abril, Ciudad de La Habana, 2009, p.261.

[5] Iroel Sánchez, “Fidel Castro denunció espionaje de EE.UU. mucho antes que Snowden”, 4 de noviembre de 2013, blog La pupila Insomne. (Internet)

[6] Ricardo Alarcón de Quesada, “La disciplina mediática y el caso de los Cinco”, La Jiribilla, no 630, 1ro al 7 de junio de 2013.

Texto tomado del blog: http://dialogardialogar.wordpress.com

Elier Ramírez Cañedo

Elier Ramírez Cañedo

*Historiador e investigador cubano.

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