ReMine: una crónica fílmica con acento minero. Por: Octavio Fraga Guerra* (Video + imágenes)

ReMine 1En estos últimos años, España vive momentos de fragor. La “crisis” ha tocado los endebles cimientos de una sociedad capitalista, que sus gobernantes con sus políticas de recortes la han llevado a la cúspide de todas las miradas. La sociedad global está atenta a lo que acontece hoy en la geografía española.

A golpe de decretazos, han fracturado varias zonas de la economía, la sociedad y la cultura de un estado de muchas lenguas, que exhibe -entre otras- una crisis de valores. Esas medidas han lacerado el bienestar y el desarrollo de familias. De comunidades y regiones enteras, cuyos estratos poblacionales -marcados por la pobreza y el abandono- se ubican en el extremo de una alargada brecha ante una elite cada vez más pudiente, que concentra buena parte de las riquezas.

Desde el cinismo, estos vulgares empoderados, se exhiben en las revistas del glamour y la pasarela. Y lo hacen exponiendo ante las cámaras, sus lujosas residencias, sus coches de alta gama, sus viajes por paraísos exóticos y sus baratijas, que la propia sociedad y la historia han etiquetado como “joyas”.

En la periferia, en los bordes del centro, en los bancos de un parque, bajo un puente o en casa okupas, también habitan personas. Se cobijan con cartones, con mantas venidas de alguna parte. Llevan un carromato “tomado” de algún mercado y fisgonean los parajes de los contenedores de basuras o los depósitos del reciclado, para ver si la suerte les viste de gloria.

Otros, cansados de “buscar” empleo, cartones, chatarras o comidas que su letra avisa caducidad, exhiben un cartel, una palabra o una mano para pedir caridad, a los muchos otros. A los que tienen las costuras de los bolsillos rotos. Los que llegar a fin de mes les cuestas sacar cuentas y pensar en lo que resulta más apremiante para la sobrevivencia. Y de paso se acuerdan que no han pagado la luz, pues cuando llegaron a casa el reloj contador “ya se había detenido”. Y mientras tanto, mientras los gobernantes nos dicen que España va bien, no cesan de ejecutar desahucios en nombre del sacro santo “emprendedor”.

Mientras la ruta crítica se agiganta, -en otro carril-, se han desatado las mareas verdes y blancas, que en las plazas y calles de España han reivindicado el derecho a la educación y a la salud pública y gratuita. La han llenado hombres y mujeres que se han enfrentado a las políticas reaccionarias y neoliberales del gobierno derechitas del Partido Popular, que emergieron bajo las faldas de su antecesor, el Partido “Socialista Obrero” Español. En muchas de ellas estuve, por la llana coherencia de mis ideas y el sentido de la solidaridad que me asiste en tiempos en los que se ha de andar en brazo apretado.

Orgulloso, he formado parte de las marchas y actos que cada 14 de abril se convocan por la III República. Truncada por un golpe de estado perpetrado por el dictador, -auto titulado General-, el caudillo Francisco Franco. Responsable de la muerte de cientos de miles de españoles que anónimos, siguen  enterrados en campos y cunetas de una nación que gime por tanta sangre derramada. Son vidas mutiladas por la barbarie franquista que esperan un nicho de luz pues están vivos. La historia, la justicia y la memoria de los que no olvidan sus sueños mutilados, les abrazan como arboles encendidos para evitar que sean silencio. Silencio mordaz y perenne.

Con la majestuosa Marcha por la Dignidad, que tuvo su término en la madrileña Plaza de Colón, me llené de bríos y culturas. Me arropé con el espíritu de personas venidas de todas partes, de toda la geografía del Estado Español. Con palabras, canciones, banderas y pancartas abrumaron el alargado y elitista Paseo de la Castellana, que flaqueo ante una multitud compacta y sentida. Esa noche pude fotografiar la humanidad de un pueblo que los inmorales medios han osado criminalizar.

Esa misma noche, sentí tras mi espalda el zumbido de las balas de gomas, que desatadas irrumpieron contra una masa erguida y risueña. Vi el troquelar de porras que arremetieron contra los que estábamos en la punta del acto, para sembrar –una vez-, el miedo y el horror. Sus ejecutores, son policías “antidisturbios” apertrechados y cobijados con artefactos, cuyas envolturas asemejaban seres extraterrestres. Sus dianas fueron la ruptura de la paz contra los que allí estábamos en nombre de muchos. En aquel acto, el canto de un coro no pudo terminar los pliegos de un tema sentido y hondo. Hacia ellos también iba la furia, pues con sus sórdidas “herramientas” de quebrantar voces, le aplanaron los bríos y le reventaron las entrañas. Y es que la música necesita de aires limpios para que toque los pliegues de los que no tienen brazas.

Pero fue diferente con los mineros de Asturias venidos de las legendarias comarcas del carbón. Tras una larga marcha de kilómetros y carreteras acompañadas, “tomaron” la Puerta del Sol y las principales arterias de una ciudad curtida en los últimos tiempos, por manifestaciones y empeños. Por luchas empezadas y derrotas consumadas. Me contaron que fue una noche de emociones y llantos. De abrazos y desvelos. Los recibieron como lo que son, héroes de temple y pocas palabras. Hombres de manos alzadas cuyos puños apretados expresan la voluntad de hacer por la vida.

Yo los pude ver al día siguiente, en una mañana que no fue menos. Ellos no cabían en su asombro y lloraban. Portaban sus camisetas y sus cascos que traían el olor a humedades y a versos de negritud. Como esas marcas que dejan la noche cuando la luna no abraza. Nosotros nos oxigenamos con sus vastos ejemplos. Con su abierto y desenfadado espíritu de arremeter contra la injusticia.

Estar en Madrid esa mañana más allá de los confines de la Plaza de Cibeles, y tomar buena parte de la misma avenida elitista que la Marcha por la dignidad supo destronar, fue un desafío y una respuesta contra los poderes que viven en la soledad y en la penumbra. Y lo hacen, agazapados por entre los mismos desalmados que truncan los huesos y la esperanza. Con esas porras que parecen de negro metal.

Estos son parte de mis pretéritos recuerdos. Los tomo de “los armarios” donde guardo “posesiones” que han de ser compartidas. Son textos, imágenes, huellas o palabras enteras, que agrietan la desmemoria cuando esta se ensalza y se empeña en ser protagonista de la nada. Del vacío y la penumbra. Para que no se atiborre la vida con oropeles. O se imponga la ignorancia o el tópico hecho. Y es que cuando se afinca en las raíces aradas, habita cual si nada y nos intoxica el camino de los tiempos.

Con la memoria hemos de andar a cuestas. Y de memoria y de recuento me cobijé nuevamente al entrar en los escenarios, en sus más vitales personajes y en las historias de un filme documental, que escribe sobre esos mismos mineros que alzaron la voz y el puño. Un brazo erguido que señala contra las políticas de recortes y atropellos, venidas de una élite permeada de corruptela y sobres llenos.

Es un texto audiovisual que emergió hacia los profundos parajes de cuestas subterráneas y humedades. Una cámara que atizó los hechos vestidos de luz y penumbra. De llanto y empeños. El sobrio encuadre de una lente despejada, nos sumerge, nos afinca. Nos hace estar en el nicho de un espacio cerrado, o un campo descubierto. Y esos vértices también habitaron en esta obra mayor.

Los creadores de ReMine: El último movimiento obrero; se apropiaron de historias de vida. Tejieron crónicas, que hilvanadas sobre una “página en blanco” trazan narraciones sustantivas y construyen un documento. Un filme documental, donde los hechos son la carretera por donde avanza la puesta argumental y dramatúrgica. Donde las emociones y el llano gesto jerarquizan la verdad, las urgentes verdades que en esta ilustre pieza se cuentan. Y es que en ella también se fundan historias que al tomarlas nos abrazan como un gesto encendido.

El encierro de unos mineros inmersos en lo hondo de sus espacios vitales. La lucha desigual de hombres bañados por el carbón, “armados” con artefactos artesanales para defender sus derechos, cuyos escenarios son los parajes naturales que permean a una ciudad que agoniza. O las mujeres, heroicas mujeres que a tono con la obra de sus compañeros, hacen su parte del todo, para restablecer un derecho que transita escurridizo. Y en el centro, como un mapa por donde se va dibujando el filme. Los otros, los que tampoco aceptan la derrota. Son los mineros que han decidido andar por las cuestas y valles. Por los caminos, carreteras y largas avenidas, para poner en el centro de un país el verso vivo de la protesta. O la profunda fuerza de hacer por los suyos y también por todos. Estas son las cuatro rutas argumentales que construye el autor de este filme.

Marcos M. Merino, director del filme documental.

Marcos M. Merino, director del filme documental.

Marcos M. Merino, -quién también hace la fotografía- se implica con acierto en los pasos de cada uno de los protagonistas de esta gesta, que son muchos. Su cámara no se regodea en planos de estudio o afincados en algún vendaval de pertrechos venidos de las “nuevas tecnologías”. La realidad, el tiempo y el adverso trotar de los hechos que se van produciendo en estos singulares escenarios, -que son espacios vivos-, no aceptan la fotografía encartonada y cautiva. La pose de una cámara que pretende congelar ángulos de manual.

Su apuesta fotográfica la resuelve con una diversidad de encuadres y planos que fortalecen los perfiles simbólicos de un sólido documento. Un ir tomando partes que después integrarán un todo. El registrar un diálogo de hondura y sentimientos. El tomar nota de un gesto desatado, venido de la lógica evolución de subtramas propias de un conflicto medular. O una emoción significante que jerarquiza la magnitud y la fuerza de los que forman parte de un escenario tardío, -muchas veces apagado- y que el autor fílmico le da relieve. Todo ello, para recomponer esa realidad hecha cine con un matiz periodístico. Son crónicas reunidas desde los ardores de la retórica que el género documental sabe mostrar y el realizador de esta pieza, dibuja muy implicado.

Con denotada laboriosidad no cesa de tomarlo todo. Se afana en revelar la sórdida negritud de una mina de carbón que languidece. Nos muestra planos detalles del comienzo de una jornada de los mineros, en la que no se le escapa lo esencial de sus rutinas. Donde los rostros signados y el sonido ambiente, son parte de la “teatralidad”, para ser profundo verbo.

Es el prólogo de esta pieza que se descubre del todo, pero de a poco. Tan solo hace un giño –o muchos- para cautivar, para atrapar a los más desfasados lectores de un género audiovisual esencial. Un arte que ha de ser un libro de fotos, paginado para solidificar relatos que nos enriquezcan. Que nos haga pensar, y las venidas emociones que acontecen en una mágica pantalla, nos “destrone” la noche.

Los creadores de esta obra toman partido. Hacen su labor, humanizando y redimensionando un discurso, -todavía anclando en ciertas zonas de la sociedad española- en la que se pretende criminalizar las legítimas acciones de los mineros, que lucharon por sus derechos laborales.

Les acompañan en los avatares de una proeza, de muchas otras, en la que se afanan en visibilizar los actos de hombres que han tomado las cúpulas de las montañas colindantes. La acción participativa, es la de detener el tráfico de carreteras, que son parte esencial y recurrente de la “escenografía” de este filme. De alguna manera, hay una transmutación simbólica en esta puesta. Los protagonistas de ReMine: El último movimiento obrero, han “abandonado” los profundos entresijos de las minas del carbón, para hacerse ver en los escenarios naturales y urbanos, que son una alternativa para lograr sus empeños. Son un espacio a tomar por sus derechos conquistados.

La relación entre el equipo de realización y los mineros en estas atmósferas, parte del principio de acompañar, de estar en los momentos de valor significante. Las distancias entre protagonistas y creadores, delata una complicidad legítimamente aceptada. No me vale en una obra de este calibre y esta temática, una actitud aséptica, una pose imparcial. Estos son “dones” ajenos a la naturaleza del cine documental. En este arte documento parte de la esencial idea, por la defensa del punto de vista. Un criterio confundido o descafeinado en la que algunos sacan las banderas de la imparcialidad.

Cada ángulo, toma o encuadre. Los parlamentos revelados en estas escenas. La manera en que está resuelta esta parte vertebrada de la obra, confirma una intencionalidad de desarticular ese discurso vacio y acusatorio, que los “tradicionales” medios de comunicación de España, se empeñan en sembrar en la siques y el intelecto de sus lectores activos.

El sonido también tiene jerarquía y fundamento en este filme. Las resonancias de helicópteros que sobrevuelan ante la postura de los mineros enfrentados con decoro a las “autoridades”. El silbar de los artefactos artesanales construidos por los mineros, usados para defender su causa, su familia, su futuro. Los gritos de hombres airados ante las composturas violentas que son –más que nada- denotadas respuestas ante otro decretazo. Todas ellas y muchas otras, construyen una rica atmósfera de vitalidad. De encuentros que revelan la crudeza, la pasión y el altruismo de actores sociales, modelados en las entrañas de la tierra. En la negritud de las minas de carbón.

Las palabras son un monumento encendido en ReMine… Pero las palabras sin la voz, sin los tonos no son nada. Bajo el preludio del “suspenso”, del dejar para más tarde. Para cuando la obra vaya tomando cuerpo y garra, se va imbricando una subtrama estremecedora.

Un grupo de mineros, como parte de las acciones por la conquistas de sus derechos usurpados, apuestan por el encierro indefinido. Por estar bajo protesta en el corazón de la mina. Sin salir a la luz, sin revelar sus identidades, sus flaquezas. Es entonces que las palabras toman una dimensión viril, protagónica. Son diálogos con familiares o compañeros. Son pruebas de resistencia, de entereza, de necesario aplomo. Pues el llanto del ánimo del que está arriba, también vale. Eso queda registrado en esta pieza y lo hace, con acento de naturalidad y economía de las escenas dentro de las múltiples emociones que convergen en el esqueleto de este filme. Un texto urgente, claramente sustantivo.

El creador no se escaquea en mostrar las fragmentación de la sociedad española focalizado en la comunidad vecinal. Una verba entre mineros y trabajadores de otros sectores revelan esa verdad. Pero no se regodea en ese asunto, no es esencial en el cuerpo del filme. Registra el hecho y sigue su faena, acompañando a los que han apostado por la lucha obrera, por la reivindicación de sus derechos. Hace un contrapeso narrativo e incorpora en continuidad, una gran manifestación de los vecinos de la comarca que le acompañan bajo el himno de los mineros. El mismo himno que estremeció Madrid, cuando fue tomada por estos hombres. Hombres de voluntad y sentido del decoro.

En este encuentro se produce un punto de giro, una parada y sigue. La pieza recompone la historia de las luchas mineras y sus antecedentes, con imágenes de archivo de matriz fotográfica y videos que revelan los cromos negros, las ralladuras del tiempo. Es un recuento de la mejor tradición de estos hombres de bien. Es una incorporación de memorias e historia de estos trabajadores y trabajadoras, justo en el centro neurálgico de una obra despierta. Es una invitación a la reflexión, para mirar el futuro desde ese pasado presente.

La fotografía es deleite de planos y vivencias. La ruta da mucho para tomar lo que acontece entre andadas y paradas de descanso. En ella se muestra “otras caras no vistas”. La de gente sin nombre que se solidarizan con su causa. Transeúntes que les aplauden, que desatan el claxon de sus coches. Personas que en las riberas de las carreteras les esperan con agua, con víveres para darles ánimos, para procurarles impulso hasta su meta. O la peculiar secuencia de una banda de música que desata acordes para aliviar con sus tonadas la caminata de hombres cargados de amor.

Esas otras verdades están registradas y dimensionadas en el documental, estremeciendo la matriz de opinión que los mass media inmundos e ilegítimos del Estado Español, han inoculado y que demonizan la fuerza de sus acciones.

Las mujeres también son protagónicas en esta pieza. Están presentes en la contienda y lo hacen en paralelo a sus compañeros. Arman su propia ruta para expresar la indignación y la injusticia de un planazo venido de la mirada de gobernantes ciegos. Ellas también destronan las calles, las plazas, los espacios mineros. No están recogidas como “mujeres de bien”.

Estas cuatro “rutas” predominantes del documental. Estos cuatro ejes narrativos son montados por Ana Pfaff desde el paralelismo de las historias que se suceden casi al unísono. Y lo hace sin atiborrar la pantalla de planos indeseados. O escenas que tan solo podían regodear lo escrito y es que la sobriedad del discursos audiovisual. La pensada selección de los puntos simbólicos, junto a la banda sonora, -que no la incorpora superpuesta-, nos permite dimensionar y compartir las esencias de su puesta argumental. Como si fuéramos testigos cercanos de los hechos. Esa virtud es válida destacar, pues es clave para entender y sensibilizarnos con hechos, que desde la geografía son claramente remotos.

El dueto de Marta F. Crestelo y Marcos M. Merino, hacen obra con el guión. Una pieza permeada de lirismo, de acentos icónicos pensados y dispuestos en toda la ruta del filme. No se percibe una evolución por ciclos en ReMine. Nos atrapan sin paliativos en las emociones, en los “encuentros” entre mineros y las “autoridades” del orden.

Pero también, nos invitan a dialogar con los hechos, con la naturalidad de los diversos personajes que confluyen en esta obra que estremece. Que nos deja absortos en profundas reflexiones y nos invitan a reconducir nuestra mirada, más allá de nuestro ombligo. El cuidado en este apartado es esencial en cualquier obra audiovisual. Está solucionado con equilibrios argumentales, que constituye una de sus fortalezas.

ReMine: El último movimiento obrero, significa un punto de luz, una apuesta documental en tiempos donde la verdad anda prostituida. Su valor y sus esencias, se han de ver en este presente de batallas inconclusas y en el futuro, que sus creadores repiensan como parte de la lógica humana de la vida, de la humanidad toda. A fin de cuentas, el título de este filme no deja de ser una provocación.

Sinopsis

Mayo de 2012. España sufre la peor crisis económica de los últimos 70 años. La tristeza y el miedo paralizan a sus ciudadanos…a todos excepto a un grupo de trabajadores que han resistido al cambio durante décadas. Más de 4.000 mineros declaran una huelga indefinida contra los recortes históricos aprobados por el gobierno. Organizan a diario protestas de todo tipo para lograr la atención del gobierno: cortan carreteras, se encierran a 700 metros de profundidad, andan 500 kilómetros hasta Madrid…Pero ya nada es como antes…ni siquiera los supervivientes del último movimiento obrero.

Ficha técnica

Dirección y fotografía: Marcos M. Merino

Montaje: Ana Pfaff

Producción y guión: Marta F. Crestelo y Marcos M. Merino

Montaje de sonido: Óscar de Ávila

Etalonaje: Alicia Medina

Sonido directo: Marcos M. Merino

Mezclas de sonido: Sergio Testón

Estudio de mezclas: La Bocina

Asesores Musicales: Ismael González y Carlos Ibias

Grafismo: Pedro Balmaseda

Trailers: Elisa Cepedal

Documentación: Marta F. Crestelo y Marcos M. Merino

Traducción: Siân Jones, Marta F. Crestelo y Graeme Atkinson

Apoyo incondicional: Javier Bauluz / Miryam Pedrero.

http://reminedoc.com

 

*Editor del blog: http://cinereverso.org

Madrid, 30 de enero de 2015.

Trailer 3 ReMine, el último movimiento obrero from ReMine on Vimeo.

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