(VIDEO) Desde en el silencio de los muros

La mirada estática como abordaje estético y el gesto fotográfico que persiste ante la limitación del espacio, son aparentes puntos de desencuentro. Ante una coyuntura impuesta por un entorno hostil, estas dos ramificaciones se podrían interpretar -desde una primera lectura-, con acento de apostilla crítica. Esta juerga de palabras, son trazos de ideas que ilustran esa periferia que los autores fílmicos enfrentan ante un entorno que se desdibuja impenetrable.

En la historia del cine documental, la realidad ha sido, es y será fuente de su subsistencia y es que cada uno de sus vericuetos es materia prima para el abordaje de nuevas propuestas estéticas, de nuevos tópicos que son enriquecidos desde la filosofía, desde la historia, pasando por la antropología o la semiótica, temáticas que fortalecen su estela renovadora.

Ante un estudio de caso, la obra cinematográfica: El color de los olivos (2007) de Carolina Rivas, constituye una pieza para la reflexión desde ese otro lado. Me refiero al enjambre de obstáculos espaciales, geográficos y políticos que apuntan a desarmar las más arriesgadas ideas fílmicas. Sin embargo la obra de la realizadora mexicana, no se doblega ante el escenario y revierte esta realidad en una propuesta que transpira documento histórico y arte de denuncia.

El filme discurre desde un reposado trabajo de reconstrucción social de la familia Hamer, ocho palestinos que viven rodeados de límites inmateriales, de rejas, alambradas y candados que afianzan el cerco y el inaceptable “juego”, ante los caprichos de soldados israelíes que no dejan de machacar la cotidianeidad de sus vidas. La cámara de El color de los olivos no escapa de esa dinámica, participando –desde una posición observadora con acento participativo-, en la rutina de su tiempo.

La escritura de esta obra, parte del planteamiento de documentar los avatares de su existencia. La familia Hamer vive presa en su propio país, en su tierra natal, rodeados de inmorales muros y rejas que han sido construidas por el régimen genocida israelí. Estas escenografías impuestas, forman parte de la lectura fílmica donde la autora toma nota visual y sonora para desmembrar, con meridiana nitidez el desgaste del recorrido humano.

La cámara se afinca en dos texturas principales: la casa de esta familia, -apenas distante del enrejado carcelario- y la vida de los chicos en su entorno escolar. La lógica cinematográfica indicaría una tercera locación que sería el trabajo de Hani Hamer -cabeza de familia y único sustento-, pero el acto de intentar traspasar ese límite acarrearía la ruptura del acto fílmico, pues desde ese otro lado se legitima un estado militar, un estado de sitio. Esa prohibición no es un obstáculo para trazar con acento artístico, este diario cinematográfico.

El catedrático de la Universidad del País Vasco y crítico de cine Santos Zunzunegui, en su libro: Pensar la imagen (Editorial Cátedra, 2007), apunta una idea que me servirá de plataforma para desmembrar este acertijo narrativo. “El modo en que una persona mira el mundo depende tanto de su conocimiento del mismo, como de sus objetivos es decir de la información que busca. Es precisamente esa búsqueda la causa de que cada movimiento ocular verifique una expectativa y que los que percibimos de una escena sea el mapa que hemos ido recomponiendo activamente mediante el ensamblaje de fragmentos más pequeños”.

La fotografía de Daoud Sarhandi, -quien ocupa otros roles en esta puesta cinematográfica-, apunta a marcar a través de miradas exploratorias y sucesivas lecturas visuales la agenda de estos actores, que son los personajes insustituibles de esta realidad. Este documental transcurre desde la cronología, explora e identifica pautas esenciales de comportamientos, diálogos inversos, emociones y confesiones subtituladas, que se intercalan como legitimación de un documento visual. Estas “palabras en blanco y negro”, saltan como templos visibles ante los límites de la reclusión, como ensenadas argumentativas ante la dilatada pausa de silencios impuesta a una nación que tiene una particular representación en la envoltura y el contenido de esta historia.

Sin dudas el encuadre es un acto de privilegio selectivo, una fase interpretativa de la realidad, una delimitación textual del entorno. Desde esta concepción, la pantalla fílmica de esta puesta nos va conduciendo hacia un recorrido que tiene su más álgida lectura, en la partida que cada mañana debe hacer para ir a su trabajo el señor Hamer, -un agricultor de flores y verduras-, que la fragmentación impuesta, ha llevado sus cultivos a ese otro lado de la valla, a ese otro límite.

La lente toma nota acusatoria con un denotado abanico de encuadres y planos, que enriquecen y abruman los cimientos de sustantivas ventanas. Cuando hablo de ventanas, me refiero al simbolismo de la imagen, y es que desde la propia vivienda de esta familia se descubre el drama. La realizadora toma prestada la mirada privilegiada que nos da ese espacio, para ser testigos de excepción de una vida marcada por la zozobra, por el monólogo colectivo. Secuencias que van desde ese compás de espera en un amanecer cualquiera, ante la práctica aleatoria de abrir una reja en franca actitud segregacionista y que en reiteradas ocasiones, es vulnerada o incumplida. No escapa de su mirada, la gestualidad de ese actor que transpira personaje, que expresa palabras que son gestos ante la reiterada práctica de la humillación.

Pero en ese contexto, el drama tiene otra dimensión espacial y es ese espacio interior de la vivienda de la familia Hamer. La señora Monira Hamer vive presa en su propia casa, ante sus propios límites y sus miedos –que son incoloros pero reales-, se desdobla en una perenne angustia ante el asedio, ante la posibilidad de la muerte cargada por esa marca que deja impresa la lápida de la impotencia. Carolina Rivas acusa la mirada en la expresión cautiva y atenta de esta mujer, cuyo rostro es retrato fotográfico de una verdad desvelada. En este escenario de limitadas proporciones, la búsqueda está registrada por pequeñas notas fotográficas que confirman ese otro plano de realidad en el que indaga la obra. La puerta de la casa, la ventana de las despedidas de cada mañana, son el otro ángulo desde donde se posiciona la autora, sin dejar de adsorber los conflictos interiores que generan el estar preso en tu propia vivienda.

El pacto de seguir de cerca la dinámica de los niños, -sin importunar su cotidianeidad- es una mirada de complemento y de búsqueda sociológica que procura cerrar el cerco, ese cerco que esbocé en la primera parte del texto y que transpira la construcción de un peldaño mayor para llegar a la esencia de esta obra cinematográfica: el conflicto entre la vida y situarse en el lugar que corresponde ante la dignidad humana. Esa máxima no está presente en una particular zona de la obra, o en alguna secuencia especifica. Los 97 minutos del documental, cala esa idea hasta en los más apagados sentimientos de los mortales, incluidos los que aún desconocen las raíces de este dilatado e inaceptable conflicto que es expresión de una historia mayor.

Cierro estos apuntes, con el reconocimiento en torno al trabajo realizado en el diseño de la banda sonora. El filme se apropia de los sonidos de la tierra, el canto del aire y el paso amargo del silencio. Más a lo lejos, otras configuraciones sonoras nacen –como cascadas-, desde los cimientos de esos muros que también rompen la libertad de un trazo que debería de andar libre. Ese trabajo artesanal de tomarlo todo, se ve recompensado en el arte final de esta obra documental que logra situarnos en el lugar donde todo esto ocurre.

Sinopsis

Como muchas familias palestinas, los Amer viven rodeados por el infame muro en Cisjordania. Su vida cotidiana está dominada por puertas electrificadas, candados y la presencia constante de soldados. A través de un lente sensible, descubrimos el mundo privado de los ocho miembros de la familia. En el transcurrir de sus días se revelan sus luchas constantes y los pequeños detalles de su vida: amistades de la escuela, árboles de olivo, dos burros pequeños. La historia de la familia Amer es un punto de partida para hacer una compleja reflexión sobre los efectos de la segregación racial, las fronteras y lo absurdo de la guerra.

Ficha técnica

Una Producción de CREADORES CONTEMPORANEOS

Dirigida por: Carolina Rivas
Producida por: Daoud Sarhandi
Productor Asociado: Carolina Rivas
Fotografía y Edición: Daoud Sarhandi
Asistente de Dirección: Miriam Dalu
Sonido Directo: Daoud Sarhandi
Diseño y Edición Sonora: Daoud Sarhandi
Diseño Sonoro Adicional y Mezcla Stereo: Jacobo Martínez
Incidentales: Francisco Bribiesca
Audio Post de Incidentales Juan Amézaga
Efectos de Sonido Jessica Ledesma

Digitalización de Sonido Alejandro Herrera
Editor Asistente de Sonido Marcos Felipe
Online Ricardo Garfias y Daoud Sarhandi
Operador Inferno Rodolfo Guerrero
Diseño Gráfico, Tipografía  y Subtitulaje: Daoud Sarhandi
Asesoría de Tipografía  y Diseño Gráfico: Elisabetta Minischetti
Asesoría Legal: Eduardo de la Parra
Traducción Árabe-Español y Subtítulos en Árabe: Lalé Kafar-Zadé

País de producción: México / Palestina

Año: 2006

Duración: 97 minutos
www.creadorescontemporaneos.com

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