Volver a Palestina. Por: Octavio Fraga Guerra* (VIDEO)

Camino a Nahr Al BaredNo es posible imaginar el silencio sin la complicidad del futuro. Ese futuro que es una larga pausa -aún no consumada-, que viste con falda de entresijos y curvaturas en forma de rompecabezas sin final a la vista. Tampoco podría imaginar el presente sin avistar el pasado. Ese pasado que persiste bajo los cimientos del silencio.

Un silencio mordaz, imprevisto, presente, que intuía temporal y finito. El final –que aún está por llegar-, forma parte de la ilusión, de la metáfora que sigue marcada por el silencio. Ese es el sabor de un futuro incierto, de un futuro insospechado y febril. Mientras discurre el tiempo yo me aferro a la ira, al dolor, a lo incierto. Tratando de darle cuerpo, a mi vida, con los vestigios de mi pasado. Pretendiendo construir un motor de cambio y el deseo –sustentado en la razón y en los principios-, de volver a casa.

Esta escritura es la esencia del documental. Camino a Nahr Al Bared, del realizador español Sebastián Talavera. Retrata con acertada nitidez, el sinuoso escenario de los refugiados palestinos que viven en el Líbano. Un retrato multiplicado y presente, una suma de verdades y vidas congeladas tras infinitas puertas, que perduran bajo un largo tamiz que transita en compás de espera. En esta inmaterial verdad el milagro está ausente. Por lo menos en esta verdad que no puede desprenderse de la acidez del silencio: la fecha para un retorno.

Sebastián y su equipo de realización, transitan por escenarios de simbólicas dimensiones en el campo de refugiados de Nahr Al Bared en el Líbano, espacio que pervive bajo la patina de la ruina. Con la aparición de los escombros aparece la perspectiva del tiempo. De un pasado que lo sigue siendo, que se actualiza en ese jugar con la memoria. Y que muestra un futuro que nunca fue y lo que trasciende a primera vista, es el escenario.

Esas ruinas generan nuevos espacios, nuevas historias que son realidades construidas bajo las coyunturas del presente. Fueron revolucionando diálogos, actualizando testimonios, enfatizando gestualidades no escuchadas o no vistas que el cine hace multiplicar y con el género documental se particulariza y se desdoblan todas las preguntas.

Si tomamos la metáfora inicial y la sometemos al paralelismo de las crónicas del activista irlandés Michael Birmingham, -publicada en rebelión.org en octubre de 2007 bajo el título: ¿Qué sucedió en Nahr Al Bared?, descubriremos similitudes esenciales en los contenidos de ambos textos.

“Algo terrible ha sido cometido contra los residentes de Nahr al Bared, y al pueblo libanés se le ocultan los detalles. Durante las últimas dos semanas, desde que el campo fue parcialmente reabierto a unos pocos de sus residentes, muchos de los que hemos estado allí nos sorprendimos ante la espantosa realidad. Más allá de la masiva destrucción de las casas después de tres meses de bombardeo, han quemado pieza tras pieza, casa tras casa. Fueron quemadas desde adentro. Entre las cenizas en el suelo, están las entrañas de lo que parecen haber sido neumáticos”.

Y continua expresando: “Por los muros corre hollín producido por lo que evidentemente de haber sido algún producto inflamable con el que fueron pulverizados. Habitaciones, casas, tiendas, garajes –todo son ruinas ennegrecidas-, a pesar de no haber sufrido daños por bombas o combates. Fueron quemados deliberadamente por gente que entró y les prendió fuego”.

El texto de Birmingham, traza una historia construida en su presente y que toma Sebastián como referente atemporal para desgranar otro presente, que exhibe una nueva realidad: las ruinas de Nahr al Bared. Pero no es la escenografía el eje de su trabajo, son los refugiados palestinos que construyen -en complicidad con el autor cinematográfico-, las partituras de historias que nacen desde las entrañas del silencio. De un presente que no se puede desprender de ese pasado abortando nuevas realidades.

La tónica del discurso cinematográfico parte de un encuadre fotográfico que cala con acertada agudeza los cimientos de esa realidad. Cuando hablo de cimientos no me refiero a las estructuras urbanas descascaradas, multiformes y ruinosas que son parte de la historia.

Los peldaños de su narración se revelan en una dimensión mayor. Discurre desde esa fotografía sinuosa, tranquila, expectante. Dispuesta a desnudar las esencias del dolor y el sin futuro que entraña esa perenne condición de refugiado.

El abanico generacional del trazo fotográfico no deja al margen ninguna mirada esquiva. Un abanico ajeno a cualquier homogeneidad confesional. Toma partes, trozos, sumas de personas y compone un diálogo que surca dos de los objetivos de esta obra audiovisual. Romper el muro de silencio impuesto por las “bondades” de los grandes medios de comunicación y dar voz, a los que no la tienen.

En esa diversidad de narraciones sacadas bajo un exquisito trabajo de preparación, se escucha la voz grupal e individual de palestinos que claman por el retorno a su nación. Voces, gestualidades, cuerpos y temperamentos que nada tienen que ver con esa burda mirada de terroristas islamistas o fanáticos del fundamentalismo machacado al uso. Tan solo para desvelarnos otras fisonomías, otras bondades que son esencia y virtud de ese pueblo.

Sebastián es sobrio en cuanto al tempo para el testimonio. Con dosis que no satura, se aleja de ese vicio que aún persiste en buena parte del cine documental testimonial, donde el pensamiento y la historia forman parte de sus contenidos.

Pero la cámara de Camino a Nahr Al Bared, tiene un olfato peregrino. Es como ese observador que empieza a merodear desde afuera –después de andar por largos caminos-, y en las paradas se toma su tiempo, no irrumpe de manera abrupta. Tan solo vaga buscando desvelar verdades desprovistas de cualquier hojarasca, para llegar a donde toca, a las esencias. Esta afirmación está resuelta por la acertada pluralidad de planos y encuadres que usa para salvar el escollo de las confesiones.

Planos cerrados que afloran los sentimientos, el dolor y -porque no-, la verdad. O primeros planos que sintetizan el cúmulo de situaciones que se van generando ante una cámara que está presente y tan solo toma la evolución que nace desde el silencio para darle flujo a la palabra. Palabras de sustantivas oraciones. Huellas reales de historias que nos han querido contar. Apelar al plano general, significa tomar la dimensionalidad del escenario, de ese escenario desmedido, antiguo –no por el tiempo-, si no por la fragilidad de sus marcas.

Sin alejarse de una estética narrada fotográficamente, esta obra documental tiene la honradez de aportar información desde la mirada de sus protagonistas, incorporando otras arista sobre la realidad d Palestina, sobre el estatus de refugiado perenne.

Por esa necesaria búsqueda del rigor estético, el realizador nos desvela auténticas fotografías de valor periodístico documental. Estas encierran la simbología de la precariedad, la iconográfica de la ausencia de todo valor material que es la parábola del vacío, de una realidad sin futuro.

La música es capital en cualquier obra de arte. En el cine es personaje cuando no es compañía dramatúrgica. Cuando no está tejido como un segundo plano. En esta pieza fílmica es también la otra lectura donde la trama revela tonos y matices que son imprescindibles escuchar. No participaremos ante el visionaje de esta obra audiovisual con tonos y apuntes de melodías tele novelesca.

Sírvase en acoger la esencia de otra voz que está presente como una “gran dama de presumida palabras”. Son acordes denotados en arte mayor, timbres que traspolan la voz de los refugiados. Exhibe en trazos inminentes, alegorías musicales que no van soterradas por los parajes del silencio.

El trabajo de los compositores Jean Philippe Risse y Rodger Hughes, delata el pulso del dolor ante una ira acumulada. El flujo del desasosiego, el trazo amargo del debate al interior de Nahr Al Bared, está inserto reposando sonidos inquietantes. Son frases de lúdicas estrofas vertidas como páramos que dialogan en complicidad con los actores de este reino de paredes en ruinas.

Los autores musicales no pretenden escenificar a los protagonistas de esta dura realidad. Tan solo parten del hecho de sopesar cada curso dramático, construido desde una triada de difícil curvatura.

Por una parte el equipo de realización, -en particular su director- que asume también la magia de la fotografía, emite imágenes que van desde lo periodístico hasta el más puro arte del retrato. Del paisaje visceral que está ausente o de pasada en nuestra retina. De esa realidad que sabemos existe pero no logramos alcanzarla del todo.

En una segunda dimensión, están los actores de este reino, de un reino vestido de trampas. Una tercera pieza bien clarificada, es el añadido de argumentos que van floreciendo en el trayecto de esta obra documental. Argumentos en forma de palabras. Pruebas materiales que son imágenes dibujadas por la lente y que la música le toma el pulso con esa dosis que hace perdurar en nuestra memoria como una “realidad vivida”.

Pero el tiempo transcurrido en el documental cierra un concepto que sirve para afianzar los postulados de esta obra. Somos espectadores de una crónica hecha desde la luz y la sombra. Esa luz y esa sombra que no solo nos da el entorno material que es el escenario. Participamos de esa luz y esa sombra que elige Sebastián Talavera para acercarnos a sucesos que nos son distantes, logrando darle corporeidad ante nosotros.

En esta obra documental, hay algo que amerita como significar como arte, como puesta fílmica. Sin bien el realizador es cuidadoso en no saturar al filme con los testimonios de los actores, dentro del encuadre de su puesta jerarquiza el valor sentimental y testimonial de niños y adolescentes que desde la individualidad y en colectivo, suman voces que legitiman el punto de de vista del filme. Esta evidencia audiovisual parte del hecho de la autenticidad que tiene ante cualquier espectador los parlamentos que nos aportan estos singulares personajes.

Visitar la obra Camino a Nahr Al Bared, es adentrarse con meridiana claridad por la vida de un refugiado palestino que afronta un dilatado estado de permanencia sin luz para el futuro. Sin un camino para el retorno, sin un “volver a Palestina”.

Título: Camino a Nahr al Bared

Duración: 55’ /68’ / 75’

Año de producción: 2009

Sinopsis

Camino A Nahr Al Bared es una mirada a la situación de un campo de refugiados palestinos, a través de los testimonios de cinco refugiados con edades comprendidas entre los 9 y los 62 años. Yaser nos cuenta que la lucha estalló en Nahr al Bared, el hogar de 35.000 civiles palestinos. Raed sigue añorando su antigua escuela mientras intenta olvidar todo lo sucedido atendiendo a su recién comprado ternero. Israa, quiere ser profesora. Mustafa está aprendiendo a soldar, quiere encontrar un trabajo lo antes posible para poder ayudar a su familia. Ali tiene 62 años y lanza un mensaje de paz al mundo.

Equipo técnico y artístico

Director: Sebastián Talavera

Producción: Sara Talavera

Guión: Sebastián Talavera

Producción ejecutiva: Sara Talavera

Música: Jean Philippe Risse y Rodger Hughes

Fotografía: Sebastián Talavera

Sonido: José Ferrando

*Editor del blog: www.cinereverso.org

Nota: Esta reseña la escribí hace unos años. En un período en el que tuve la satisfacción de escribir, presentar y dirigir el espacio La cámara lúcida, en la Televisora Comunitaria Tele K asentada en el popular barrio de Vallecas en Madrid. Este filme fue presentado en este espacio. Me parece útil darle nueva luz en medio de los bárbaros acontecimientos que se vienen produciendo en estos días contra el pueblo palestino. Un régimen que lidera el criminal de guerra Benjamín Netanyahu.

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