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En el Día Internacional de la Mujer Afrolatinoamericana, Afrocaribeña y de la Diáspora: Afrofeminismo: pensamiento y discurso afrofeminista cubano

Obra de la artista plástica cubana Belkis Ayón

25 de julio: Día Internacional de la Mujer Afrolatinoamericana, Afrocaribeña y de la Diáspora

Durante el último medio siglo, las luchas de las mujeres negras en la América latina han confrontado de manera directa el racismo existente al interior del movimiento feminista tradicional, y el sexismo manifiesto en los movimientos sociales de los pueblos afrodescendientes.

Como resultado del crecimiento cualitativo y cuantitativo de organizaciones e iniciativas lideradas por mujeres en Afroamérica, a mediados de los años ochenta surge la idea de articular los esfuerzos desplegados en diversos países. La propuesta, formulada por primera vez en 1986, en La Habana, durante los debates del Tercer Encuentro Continental de Mujeres, comienza a tomar fuerza en el V Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, que se realizó cuatro años después en San Bernardo, Argentina, con participación de 3000 mujeres.

Uno de los acuerdos de ese cónclave fue convocar un encuentro internacional de mujeres negras, el cual tuvo como sede la hermana República Dominicana, entre el 19 y 25 de julio de 1992. Allí, alrededor de 400 mujeres de 30 países de la América latina y el Caribe, fundaron la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas y Afrodescendientes, con el propósito de “articular estrategias regionales de lucha contra la discriminación específica que viven las mujeres negras e incidir con propuestas de cambio en los diversos estamentos de nuestras sociedades”.

Las participantes en ese primer encuentro declararon el 25 de julio como Día Internacional de las Mujeres Afrolatinoamericanas y Afrocaribeñas, celebración que amplió sus horizontes para incluir a hermanas radicadas en otros países por acuerdo del Segundo Encuentro de Mujeres Negras, celebrado en Costa Rica, en 1997.

La Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora (RMAAD), nombre con el que hoy se identifica la organización, está articulada con las afrofeministas cubanas desde el 14 de agosto de 2012. En vísperas de la celebración de otro 25 de julio, vale la pena indagar sobre los antecedentes del pensamiento feminista de las afrodescendientes cubanas. Para hacerlo, apelamos al saber y la experiencia de la escritora y activista Daysi Rubiera Castillo, una de las más reconocidas estudiosas del pensamiento social de las mujeres negras en Cuba.

Zuleica Romay. Directora del Programa de Estudios sobre Afroamérica.

Afrofeminismo: pensamiento y discurso afrofeminista cubano

Por Daisy Rubiera Castillo

Tratar, en el ámbito académico. el tema del afrofeminismo, pensamiento y discurso afrofeminista en Cuba es un reto; por un lado, porque el estudio del movimiento feminista en nuestro país ha hecho énfasis en la historia protagonizada por mujeres blancas, burguesas y de clase alta y media, obviando el rol desempeñado por las mujeres negras en la historia del feminismo; por otro lado, dada la carencia de bibliografía.

En cambio, gracias a los estudios de reconstrucción histórica llevados a cabo en los últimos tiempos, valiosas obras sobre la experiencia de las afrodescendientes cubanas van formando parte de un material disponible para el estudio de sus contribuciones, su forma de pensamiento y el activismo feminista que desplegaron.

Para hablar sobre afrofeminismo o feminismo negro, hemos de referirnos al surgimiento de este como movimiento en la década de los setenta del siglo XX,y su aspiración de superar la mirada, casi siempre etnocentrista y racista, del feminismo que visibilizaba en su análisis las experiencias de las mujeres negras.

Pensadoras como Ángela Davis, Alice Walker, June Jordán, Toni Morrison hablaban, desde la década de los sesenta, de las condiciones de opresión, exclusión y marginación de las mujeres negras y las mostraban con otras imágenes, las cuales, a su vez, las representaban a ellas mismas. En las décadas de los ochenta y noventa, otras voces se levantaron para argumentar en sus discursos lo que significaba ser una mujer negra. En tal sentido, son textos clásicos los trabajos de bell hooks y Patricia Hill Collins.

Antes que esas mujeres se pronunciaron otras, como la intelectual iletrada Sojourner Truth, quien cuestionaba en la Convención de la Mujer en Akrón, en 1851: “¿Acaso no soy yo una mujer?”, frase que, mucho tiempo después, se convertiría en uno de los ejes del discurso del feminismo negro: la deconstrucción de la categoría “universal” de mujer. Universalidad que no consideraba los contextos históricos ni las experiencias individuales y colectivas de muchas mujeres que, si bien eran víctimas del sexismo, sufrían, además, los efectos de otros sistemas de dominación como el racismo, el clasismo y el heterosexismo.

Por su parte, la académica y activista Ana Julia Cooper y la periodista y activista Ida Wells-Barnett, ambas afroestadounidenses, usaron las relaciones raciales como una lente para el análisis de la opresión y la estratificación, explorando la relación entre género y raza en el caso de Cooper, o la influencia de estas cuestiones sobre la sexualidad, en el caso de Wells-Barnet.

Numerosas voces en Inglaterra se sumaron al black feminism o feminismo negro, tanto a la teorización, el análisis y la construcción de un discurso diferente, como a la acción política contra los diferentes sistemas de opresión, entre ellas, Avtar Brah, Hazel Carby, Patribha Parmar y Valerie Amos. El movimiento inglés no se refería solamente a las mujeres negras, sino a todas las consideradas como no blancas.

Entre los muchos aportes teóricos del afrofeminismo puede citarse el cuestionamiento del mito sobre la fragilidad femenina, sobre el cual se sustenta la “protección” de los hombres hacia las mujeres y la reivindicación del derecho al trabajo asalariado, a contracorriente de la visión racista y clasista que no consideraba a las mujeres afrodescendientes, aunque siempre laboraron fuera del hogar como fuerza de trabajo en las calles y en las casas de los y las blancas, fruto de la herencia de la esclavitud.

El feminismo negro comprende interpretaciones de la realidad de las mujeres negras hechas por las mujeres negras; reconceptualiza una teoría y una práctica feminista alejada del etnocentrismo y el racismo, y argumenta la relación entre raza, clase y sexo (teoría de la interseccionalidad en género).

En América Latina y el Caribe el movimiento de mujeres negras surge debatiendo el racismo dentro del feminismo, encabezado, entre otras, por figuras como Sueli Carneiro, Lélia Gonzalez, Ochy Curriel y Epsy Campbell.

En el caso de Cuba, el hecho de que no podamos hablar de un feminismo negro o movimiento de mujeres negras, no niega la presencia de un pensamiento femenino negro surgido desde posiciones subalternas. Asimismo, no es posible aludir a su existencia, sin tomar como referente a pensadoras y activistas que, también desde coordenadas de exclusión, marginación y racismo, denunciaron la opresión de las mujeres negras afrocubanas y sus descendientes.

A solo dos años de abolida la esclavitud, varias mujeres se nuclearon alrededor de la revista Minerva. [1] Con profundo sentido de justicia social y orgullo racial, desarrollados a partir de la experiencia vivida, intentaron, por medio de diferentes formas discursivas, deconstruir las identidades negativas impuestas y resignificar la categoría de humanas que le era negada, para sentar las bases de la lucha por abrir brechas y caminos en la conquista de nuevos espacios para las mujeres del grupo social más desfavorecido de la sociedad, salir del no lugar obligado, y ocupar el lugar tanto tiempo negado.

En Minerva la cuestión ética fue puesta en el centro para destacar verdades, con la fuerza de quienes reivindicaban, desde posiciones subalternizadas, su derecho a hablar sin diferenciaciones raciales ni clasistas. Su accionar fue un factor decisivo en el despertar de la conciencia de muchas mujeres negras. Debido a ello, Úrsula Coímbra de Valverde, África de Céspedes, Lucrecia González Consuegra, Cristina Ayala[2], Natividad González, María Ángela Storini y Laura Clarens[3] son reconocidas como precursoras del pensamiento femenino negro cubano.

Después de instaurada la república, en 1902, este pensamiento continuó creciendo, no solo cuantitativa, sino cualitativamente, en virtud de la diversidad y profundidad de textos que incluyeron otras esferas aún más públicas. Sus escritos con una visión abarcadora de la problemática social y política cubanas, cuestionaban el pensamiento masculino de la época acerca del papel que debían desempeñar las mujeres. Nuevos nombres se sumaron a la lista anterior, entre ellos los de Carmen Piedra, Rosa Brioso, Cecilia Lara y Pastora Mena.

Muchas de estas mujeres trataron de demostrar que la visión etnocentrista, clasista y racista del feminismo invisibilizaba sus experiencias y no les representaba, ya que sus análisis no tenían en cuenta la especificidad de su situación y sus necesidades particulares eran pasadas por alto, o no eran presentadas adecuadamente. Esta falta de representación se demostró en la ausencia de mujeres negras en las dos primeras convocatorias del Congreso Nacional de Mujeres, celebrado en La Habana en 1923 y 1925.[4] Aunque eran conscientes de no tener oportunidad de participar, algunas, como Dámasa Jova,[5] se interesaron por el valor ideológico de esos eventos, en tanto reconocían sus desventajas, no solo raciales, sino también de clase.

Educadoras como Consuelo Serra, Catalina Pozo Gato, Angelina Edreira, Calixta María Hernández y Teresa Ramos, publicaron interesantes trabajos sobre conductas, comportamientos, valores y principios de la sociedad republicana en el espacio que les proporcionó el proyecto “Ideales de una raza”, liderado por Gustavo E. Urrutia en el Diario de la Marina. Sus escritos, además de insertarse en el debate sobre el racismo, intentaron poner de manifiesto la necesidad de adoptar nuevas formas de convivencia frente a la discriminación racial, lo que les confirió mayor visibilidad y una imagen diferente de las mujeres negras, contrapuesta a los estereotipos negativos que circulaban sobre ellas.

Hasta algo más de la primera mitad del siglo XX, el discurso de las mujeres negras no cesó de manifestarse. Su plataforma reivindicativa fue amplia. Batallaron por sus derechos sociales, culturales y políticos.

Luego del triunfo de La Revolución, cada vez son más las voces, abiertamente afrofeministas o no, que se levantan para proponer transformaciones concretas en relación con el racismo y la discriminación racial. Las afrofeministas cubanas han denunciado, entre otras muchas cuestiones, la reproducción estereotipada de la imagen de la mujer negra en los medios de comunicación, la falta de diversidad poblacional que se muestra en pantalla, la ausencia de la familia negra y de roles protagónicos para las mujeres de ese grupo social en telenovelas, series y otros dramatizados, así como la eliminación de los chistes racistas.

Exigen la supresión de la “buena presencia” como requisito para la contratación laboral en establecimientos el sector privado y en otros que, siendo estatales, violan las leyes establecidas al respecto, y abogan por una mayor visibilidad de las niñas y mujeres negras en productos educativos, editoriales, etcétera. Nuevos nombres como: Sara Gómez, Belkis Ayón, Leida Oquendo, Elvira Cervera, Inés María Martiatu, Sandra Álvarez, Deiny Terry, Gloria Rolando, María Ileana Faguagua, Georgina Herrera, Magia López, Gisela Arandia, Norma Guillard, Maritza López y otras, son muestra de esta nueva etapa de luchas.

Si realmente la fuerza del feminismo radica en alcanzar un pensamiento cada vez más universal e inclusivo, el mapa de un nuevo feminismo para el siglo XXI que se está trazando en Cuba ha de tomar en cuenta la diversidad de expresiones, entre ellas la problemática de las cubanas afrodescendientes. De lo contrario, sería un feminismo con más debilidades que fortalezas y las acciones de las pensadoras cubanas negras continuarán invisibilizadas. Evitarlo, es parte del batallar de las afrofeministas de hoy.

[1] Revista quincenal, dedicada a las mujeres de color, fundada y publicada en La Habana de 1888 a 1889.

[2] Hay que destacar que Cristina Ayala nació esclava en Güines, en 1856. Educada y luego liberada por su dueña, fue defensora de la abolición de la esclavitud y de la independencia de Cuba. Se dedicó a la poesía y a la animación cultural. Fue colaboradora de la revista Minerva, en la que entre otros artículos escribió “Me adhiero”, en el que abordaba la necesidad de la educación para las personas de su grupo social. Su libro Ofrendas Mayabequinas, de poemas y décimas, publicados siete años después de su muerte, reflejó los prejuicios raciales de la época y los relacionó con la vida de la nación cubana. Murió en 1920.

[3] Los escritos de esas mujeres se pueden encontrar en la revista Minerva 15 de noviembre de 1888, no. 3, pp. 2-3;15 de junio de 1889, no. 17, pp. 1-2; pp. 3-4. Ver también fragmentos de los mismos en María del Carmen Barcia: “Mujeres en torno a Minerva”, en Daisy Rubiera e Inés Maria Martiatu (comp.s): Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales, Editorial de Ciencias sociales, La Habana, 2011, pp. 77-92.

[4] En el Segundo Congreso la mujer negra trabajadora estuvo representada, aparentemente, por Inocencia Valdés, veterana luchadora por los derechos de la mujer cubana y Presidenta del Gremio de Despalilladoras de La Habana, integrado por miles de afiliadas. En esa cita, su discurso “El trabajo de la mujer en Cuba” estuvo dirigido a la defensa de la mujer trabajadora de cualquier color de piel.

[5] Dámasa Jova (Ranchuelo-Villa Clara, 1890) Educadora, maestra de alto nivel intelectual. Feminista por convicción, se incorporó a la lucha de las mujeres. Integrante del Club Femenino villaclareño, promovió la participación de las mujeres al Primer Congreso de Mujeres, al que no fue elegida como delegada. Participa como vocal en la comisión organizadora del Tercer Congreso de Mujeres (1939). Participa como delegada al Congreso Internacional Americano de Maestros.  Fundó las revistas Arpegios Íntimos (1925) y Umbrales (1929) y fue una de las primeras mujeres en publicar un libro en su provincia. Murió en Santa Clara, en 1940.

Bibliografía

Barcia Zequeira, Maria del Carmen: Capas populares y modernidad en Cuba (1878-1930), Fundación Fernando Ortiz, La Habana, 2005.

————-: “Mujeres en torno a Minerva”, en Daisy Rubiera e Inés Maria Martiatu (comps.): Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales, Editorial de Ciencias sociales, La Habana, 2011, pp. 72-92.

Fernandez Robaina, Tomas: “Mujeres negras hablan de su problemática genérica, racial y social”, Caminos, no. 58, La Habana, octubre- diciembre de 2010.

Gonzalez Pagés, Julio César: En busca de un espacio. Historia de mujeres en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003.

Meriño, María de los Ángeles: Una vuelta necesaria a mayo de 1912, Editorial de Ciencias sociales, La Habana, 2006.

Pichardo Hortensia: Documentos para la historia de Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973.

Tomado de: La Ventana

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La materialidad de la raza

Por Pablo Muñoz Rojo

Llevamos un tiempo en el que los debates sobre las identidades y las materialidades se están volviendo más públicos, o por lo menos saliendo de determinados espacios donde la amplia mayoría de las personas no llegan, sea por unos motivos o por otros. En un principio considero que esto es positivo, pone sobre la mesa temas que tienen implicaciones políticas para muchas personas. También es cierto que incluso desde los propios debates, sobre lo que sea, influyen dinámicas de poder y de acceso a recursos de los actores inmersos en la discusión que tienden a desnivelarlos. Pero con eso siempre se cuenta y no debe temerse.

Dentro de estos debates, como señalo, se encuentra el tema de la materialidad. De alguna forma para evitar poner la raza en el centro del análisis (histórico y contemporáneo), del diagnóstico y por lo tanto del proyecto político, se viene a reducir a un mero elemento identitario individual desvinculado de los sistemas político-económico-culturales que funcionan y se presentan como hegemónicos desde un tiempo histórico determinado. Así, la raza, en tanto que mera identidad individual (explotada por el liberalismo) no tendrá relación con la materialidad de vida de las poblaciones.

Por otro lado, tenemos quienes consideran que las identidades políticas (como la raza) lo son, en parte, precisamente porque están vinculadas y condicionadas en la materialidad de recursos y capital, así como de derechos. Y con ello, en la materialidad de sus experiencias compartidas. Que históricamente las poblaciones racializadas en negativo (como las denomina el historiador Antumi Toasijé) se hayan visto obligadas (consciente o inconscientemente) a blanquearse a través de ejercicios de passing nos habla precisamente de la materialidad de tales identidades. Que una mujer negra vea condicionada sus posibilidades de acceder a un puesto de trabajo en función de si decide alisarse el pelo (poniendo en riesgo su salud), es profundamente material.

Una de las formas de reflejar cómo estas identidades están materializadas en derechos es a partir de los datos. Es justamente esta una de las demandas centrales de parte de los movimientos antirracistas actuales en España, sobre todo desde los colectivos afrodescendientes y africanos, sobre la necesidad de incluir en los censos una variable que permita tener en cuenta la categoría étnico-racial como existe en Estados Unidos y diversos países de América Latina.

Como en España no hay esos datos (porque no quieren que los haya) y como hablamos de un sistema internacional y no simplemente español, vamos a poner sobre la mesa algunos datos que reflejan la materialidad de las identidades raciales de las poblaciones negras en países donde sí se recogen. Para tener estos datos, por lo pronto, se requiere de una identificación de las personas en este caso con ser negras o afrodescendientes. Esto es algo de lo que saben bien en América Latina y el Caribe donde desde las diferentes organizaciones afrodescendientes vienen trabajando en la construcción de las identidades para que los censos sean lo más cercanos posible a la realidad de los países. Cuando históricamente se ha construido que los sujetos negros son todo lo que no se debe ser —y esto no es un invento mío—, la consecuencia es que muchas personas renieguen de ello, siendo posiblemente el caso más notorio el de República Dominicana. Si esto no fuera importante no habrían existido históricamente resistencias desde los poderes de los diferentes Estados (unos Estados blanco-mestizos bajo el marco de la Democracia Racial) para que estos reconocimientos identitarios se vieran reflejados. El caso más relevante y flagrante de la actualidad lo encontramos en Colombia con el Censo del 2018 y lo que las organizaciones han denominado como “genocidio censal” de las poblaciones negras del país.

Es decir, sin la mal llamada “política de la identidad” no sabríamos que en Colombia el 60% de la población afrodescendiente está empobrecida y el 24,1% en condiciones de pobreza extrema frente al 54,1% y 18,5% del resto de la población blanca-mestiza del país; que las tasas de analfabetismo son casi el doble para la poblaciones afros; que estos perciben un 70% menos de ingreso promedio que las personas blanco-mestizas; que los directivos de empresas son un 92% blanco-mestizos; que en el 2014 en la Corte Suprema de Justicia, la Corte Constitucional, el Consejo de Estado o el Consejo Superior de Judicatura no había ningún hombre o un mujer afrodescendiente; que de los desplazados por el conflicto del país prácticamente un 48% fueron personas afrodescendientes (77% de las personas desplazadas no cuentan con Seguridad Social); que la esperanza de vida de los hombres negros es seis años menor a la media nacional mientras que para las mujeres negras es de 11 años menos; que una persona blanca tiene un 20% de posibilidades de ser llamada a una entrevista de trabajo frente a un 9% de una persona negra con el mismo perfil; que las mujeres negras tienen un 27,5% menos de remuneración que las mujeres blancas y un 37,8% menos que los hombres blancos ocupando los mismos puestos laborales; y que en cada una de las categorías donde se generan datos las poblaciones blancas están siempre mejor posicionadas.*

Gracias a la CEPAL, entre otras instituciones, sabemos que estas diferencias se reproducen en toda América Latina y el Caribe. Pero si hay un país que recoge constantemente estadísticas en este sentido es Estados Unidos. ¿Qué sabemos de las personas negras en Estados Unidos? Los jóvenes tienen nueve veces más probabilidad de ser asesinados por la policía que el resto de la población. En 2016 la policía mató a 1.092 personas de las cuales prácticamente el 25% eran afrodestadounidenses. Cabe señalar que la población afroestadounidense del país es el 12%. Pero es que, cuando no te matan, te encierran. La desproporción de las sentencias por similares delitos o la sobrevigilancia sobre estas personas generan diferencias estructurales evidentes. Entre el 2007 y 2011 las sentencias de los hombres negros fueron 19,5 veces más grandes que la de los blancos en situaciones similares. Pese a que la mayoría de los traficantes y usuarios de drogas ilegales son blancos, tres cuartas partes de todos los reclusos por estos delitos son negros y latinos. Otro campo donde se evidencia esta diferencia es del de las ejecuciones. De las más de 18.000 ejecuciones que han tenido lugar en la historia de Estados Unidos solo 42 personas blancas fueron condenadas por matar a una persona negra, mientras en el caso de las víctimas blancas el 75% de las personas acusadas acabaron con pena de muerte. Para el 2011 el 42 % de las personas que estaban en el corredor de la muerte eran afrodescendientes. Sobre la impunidad (elemento clave) en los noventa 6 de cada 10 asesinatos a de personas negras quedaban impunes en Los Ángeles. Hasta el 2014 los delitos sobre personas negras con heridos grabes solo el 17% terminaba con un condenado. En Chicago, hoy en día la policía resuelve el 47% de los casos cuando la víctima es una persona blanca por el 22% cuando es negra.

En un estudio en Maryland y Nueva Jersey sobre paradas de tráfico por patrullas de la DEA mostraban que solo el 15% de los que circulaban por la vía eran personas racializadas no blancas y sin embargo el 42% de las paradas y el 73% de los arrestos de conductores eran negros pese a que todos tenían el mismo índice a la hora de violar las normas de tráfico. Los estudiantes negros son expulsados tres veces más que los blancos en las escuelas (16% por un 5%). En 2012 el desempleo de los afros con un diploma universitario (12%) fue mayor que el de los blancos que no habían terminado el instituto (11,4%) y los ingresos per cápita inferiores (14 mil frente a 26 mil dólares). Además, en cuanto a los propietarios de vivienda las tasas de propiedad son de un 72% para propietarios blancos por un 43% de propietarios negros. Los propietarios negros pagan 743 dólares más al año en pagos de intereses hipotecarios, 550 más al año en primas de seguros hipotecarios y 390 más al año en impuestos a la propiedad. Antes de la recesión del 2007-2008 las familias blancas eran de media, cuatro veces más ricas que las negras. En el 2010 lo eran 6 veces más.

El estudio Race and Economic Opportunity in the United States: An Intergenerational Perspective, elaborado de la mano de Harvard, Stanford y Census Bureau, señala cómo independientemente del origen social y económico, con el tiempo la vida de las personas negras se ve condicionada por diferentes elementos que llevarán a que no tengan las mismas probabilidades de avanzar en la escala socioeconómica que las blancas. Así se observa que los chicos negros criados en Estados Unidos, incluso en las familias más ricas y que viven en algunos de los barrios más adinerados, terminan ganando menos en la edad adulta que los niños blancos con antecedentes similares. Si bien los chicos blancos que nacen en un entorno adinerado tienen una alta probabilidad de permanecer en él conforme crecen y se vuelven adultos, en el caso de los jóvenes negros de similares entornos o en los mismos (es decir, cuando son los mismos barrios, cuando las familias tienen los mismos ingresos, mismos niveles educativos, mismo capital cultural y en general la misma riqueza) encuentran más probabilidades de terminar siendo pobres.

Estas diferencias aumentan en función de la calidad del barrio en el 99% del país, así cuanto mejor sea el barrio con menor índice de pobreza y mejores escuelas las brechas entre la evolución de la población negra y blanca serán más notables. Tal es así que en el estudio de 10 mil chicos que crecieron en familias ricas, cinco mil blancos y cinco mil negros, del conjunto de chicos blancos el 39% se mantuvo en un estatus de familia rica, el 24% de clase media alta, el 16% de clase media y el 20% restante se dividió en un 10 % clase media baja y otro 10% en población pobre. La relación con los jóvenes negros es la contraria, el 17% se mantuvo como población rica, el 19% como clase media alta, el 22% como clase media, el 20% como clase media baja y por último el 21% como clase baja-pobre. Se observa claramente la diferencia con los jóvenes blancos que ocupan en porcentajes mucho más altos las clases sociales más altas.

Por el contrario, cuando se analiza el crecimiento de otros 10 mil chicos en este caso originarios de familias pobres se comprueba una dinámica diferente. De los chicos blancos el 10% terminó siendo rico por el 2% de los chicos negros, el 16% alcanzó las clases medias altas frente al 6% de los jóvenes negros, el 20% ascendió a la clase media por el 15% de los negros mientras que en las clases medias bajas y bajas los porcentajes de población blanca fueron más pequeños que los de los negros con el 23% y 31% por el 28% y 48%. Como en el caso anterior las mayores diferencias las encontramos en los extremos de los estratos sociales. De todo esto se puede deducir que la población blanca que nace en familias ricas es mucho más propensa a mantenerse a la hora de ser adultos en las capas más altas de la sociedad mientras que en la población negra en las mismas condiciones ese porcentaje se reducirá ampliamente terminando una gran cantidad de estos jóvenes en algunos de los estratos sociales más bajos. La diferencia se muestra evidente cuando los jóvenes crecen en familias pobres ya que claramente los jóvenes blancos tienen muchas más probabilidades que los jóvenes negros de ascender en la clase social cuando sean adultos.

En el estudio se recogen también diferentes datos en torno a las familias monoparentales. Se describe cómo las parejas entre personas negras tienen menor índice de matrimonios por diferentes motivos, uno de ellos la cantidad de hombres negros que se encuentran en las prisiones o las dificultades que tienen para conseguir trabajo y por lo tanto ingresos que lleven a un matrimonio. Es fácil pensar que dos salarios bajo un mismo techo tienden a dar mayor estabilidad económica, lo que puede permitir una mayor estabilidad en otros sentidos. El problema de esta tesis, que en un principio encuentra todo el sentido, es que los ingresos de una familia monoparental blanca en muchas ocasiones superan los ingresos de las familias biparentales negras. De esta forma el estudio muestra cómo un hombre negro, criado por dos padres juntos que ingresan alrededor de 140.000 dólares al año, ganará casi lo mismo en la edad adulta que un hombre blanco criado por una madre soltera que ingresa solo 60.000 dólares.

Pero podemos seguir abarcando otros campos donde las diferencias materiales son una realidad. Una investigación de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) publicada el año pasado mostraba que los bebés negros tienen más del doble de probabilidades de morir antes de cumplir un año que los bebés blancos, independientemente de los ingresos o el nivel de educación de la madre. Así mismo, los bebés negros tienen más posibilidades de sobrevivir cuando el médico del hospital a cargo de su atención también es negro. Cuando son atendidos por médicos blancos, los bebés negros tienen aproximadamente tres veces más probabilidades de morir en el hospital que los recién nacidos blancos. Esta disparidad se reduce a la mitad cuando los bebés negros son atendidos por un médico negro.

Y con todo, el racismo, como no podría ser de otra forma al ser estructural, hace parte de la inteligencia artificial y los algoritmos que están marcando cada vez más nuestras vidas.

En España, a falta de datos como en estos países, el estudio “Aproximación a la Población Africana y Afrodescendiente en España: Identidad y acceso a derechos” a cargo de María Ángeles Cea D’Ancona y Miguel S. Valles refleja conclusiones en la misma línea sobre las desigualdades raciales. En cada uno de los países donde se han recopilado datos se ha demostrado que son las poblaciones racializadas en negativo las que acaparan los peores índices en acceso a derechos políticos, económicos, sociales y culturales. ¿Desde dónde se puede negar la lucha política que pone en el centro esa realidad concreta de quienes pertenecen a esas poblaciones? Algunos dirán que desde el grupo poblacional cuya diferencia es en positivo.

Añadido a esto se debe tener en cuenta todo lo que la sociedad refleja sobre estas poblaciones a partir de los prejuicios que repercuten en probabilidades más altas de sufrir violencia en la calle (física y verbal) llegando en ocasiones a ser asesinados; de ser maltratados en las tiendas, restaurantes, lugares de ocio, de ser peor atendido por funcionarios o de condicionar su tránsito y la forma que harán uso del espacio público. Todo sumado a los efectos sicológicos que ello implica (y que también están demostrados).

Y todo ello, pese a que estas personas hagan un ejercicio por blanquearse ajustando su forma de vestir, su forma de hablar, sus estéticas y teniendo que dejar de lado muchos de sus propios elementos culturales propios (quienes los tengan) ya que cuanto más invisibles sean hacia el resto “mejor será para ellos”. Es decir, se deberá renegar o limitar en muchos sentidos la propia identidad (como para decir que no son políticas y materiales), lo cual nuevamente tendrá efectos sicológicos. Alejarse de todo lo que tenga que ver con la negritud se lee como un acercamiento a una mejor calidad de vida.

Aquellas personas que constantemente justifican que lo que ocurre es que las personas negras simplemente son pobres y ahí está su problema, son las primeras que están esencializando a este colectivo como sinónimo de pobreza. Al final, los mismos que cada vez que una persona negra es víctima de racismo dicen “no es que fuera negro, sino que era pobre” (sin conocer si quiera el estatus de esa persona), son los primeros que están racializando la pobreza y por lo tanto el capitalismo.

Todos los datos utilizados tanto sobre Colombia como Estados Unidos han sido obtenidos del libro Si es un problema de racismo de la editorial Diwan.

Tomado de: El Salto

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Pensando en clave de «raza»

Obra del artista plástico cubano Eduardo Roca Salazar (Choco)

Por Víctor Fowler

El reciente anuncio de una reunión del Consejo de Ministros, el pasado 21 de noviembre, en la cual fue dado a conocer “el Programa Nacional contra el racismo y la discriminación racial, que se ha concebido ‘para combatir y eliminar definitivamente los vestigios de racismo, prejuicios raciales y discriminación racial que subsisten en Cuba’” es una noticia cuando menos trascendente. Ideado, según la nota de prensa[1], como un “Programa de Gobierno” e integrado “al sistema de trabajo del Presidente Díaz-Canel” (es decir, bajo su supervisión directa y sin mediadores), el Programa contará con una “Comisión Gubernamental” que estará encargada de “coordinar tareas” y será “encabezada por el Presidente de la República”. La nota menciona que entre los objetivos del Programa se encuentran: “identificar las causas que propician las prácticas de discriminación racial; diagnosticar las posibles acciones a desarrollar por territorio, localidad, rama de la economía y la sociedad; divulgar el legado histórico-cultural africano, de nuestros pueblos originarios y de otros pueblos no blancos como parte de la diversidad cultural cubana; y fomentar el debate público organizado sobre la problemática racial dentro de las organizaciones políticas, de masas y sociales, así como su presencia en los medios de comunicación. Además de ello, en la nota son citadas palabras de Díaz-Canel en las cuales, si bien es señalado que “todo el mundo reconoce que nuestra Revolución ha sido posiblemente el proceso social y político que más ha aportado a eliminar la discriminación racial”, también se expresa que “subsisten todavía algunos vestigios, que no están por política en nuestra sociedad, pero sí en la cultura de un grupo de personas”. Entre los denominados “vestigios” son especificadas “manifestaciones de racismo en los chistes” así como en “determinadas actitudes a nivel social, por ejemplo, en el sector no estatal con algunas convocatorias de plazas que especifican el color de la piel”.

Si lo primero, los chistes, son un fenómeno cultural y de comunicación, y lo segundo, la convocatoria a cubrir plazas, corresponde a la esfera del trabajo, ambos puntos se unifican en que los dos desvalorizan al mismo grupo históricamente más desposeído, explotado y empujado a una vida de pobreza estructural y, en no pocas ocasiones, marginalidad. De esta manera, un suceso de la esfera del ocio (el chiste) se combina con otro en la esfera del trabajo (la convocatoria a ocupar plazas) para formar un continuo hostil para el mismo conjunto social. En el interior, o debajo de ese tejido que rodea a la persona, las dinámicas del chiste obedecen a una normativa que supone inferiores a los sujetos racialmente marcados como “Otros” (por ejemplo, “los negros”); este hecho de comunicación, generalmente constituido por gestos cómplices o unas pocas palabras, suele esgrimir su inocencia ante cualquier acusación o señalamiento repitiendo que solo es eso, un chiste. Sin embargo, la racialización del trabajo convierte en exclusión real el contenido depreciativo de aquello que, en el chiste, se presenta como un inocente deseo de alegrar determinado ambiente.

II

Imaginemos un gran mapa animado donde podamos ver la aparición y entrecruces en el tiempo de aquellos elementos que nos forman. Apelando a una descripción muy básica, seríamos un espacio al cual llegaron europeos, en su gran mayoría de raza blanca, conquistaron y colonizaron lo que estaba poblado por nativos americanos; veríamos a continuación de qué modo estos últimos fueron severamente dañados durante la conquista y colonización, exterminados o muy diezmados; más tarde, cómo fue que —buscando remplazarlos como mano de obra— comenzó la importación de esclavos africanos negros; a continuación, recuérdese que contemplamos un mapa animado, la vida experimentaría una aceleración violenta cuando, bajo el impulso del desarrollo de la economía de plantación azucarera, el trasiego desde África de los esclavos negros se dispararía a cifras de largas decenas de miles.

A este primer corte cualitativo seguiría, a la manera de reflujo, el comienzo de las guerras de independencia contra el poder colonial español y la extraordinaria excepcionalidad cubana según la cual —como parte de este ímpetu anticolonial— no solo pelearon blancos y negros en el Ejército Libertador, sino que una cantidad significativa de negros y mulatos alcanzó importantes posiciones de mando. Esto último, que miembros del grupo subalterno compartieran durante la guerra el poder efectivo dentro del Ejército Libertador, es la particularidad cubana, uno de nuestros más valiosos mitos fundacionales, y dio nacimiento a un constructo sociocultural cuyos efectos se mantienen hasta hoy. Para el sujeto de la otredad o “raza” negra, en condiciones de subalternidad, el mito de su empoderamiento durante las luchas anticoloniales, así como su fusión visceral con la noción de independencia nacional, corren en paralelo al gesto identificador y absoluto en su radicalismo del extremo más temido y libre de la “raza”, el cimarrón; ese gesto es el de la renuncia a todo diálogo con el amo porque la fuga pone al esclavo en un punto, un posicionamiento, en el cual no hay nada ya que dialogar, sino solo blandir el arma de trabajo, el machete, y decirle al amo: “ven a buscarme”.

Si a lo anterior agregamos que el espacio descrito igualmente recibió a miles de chinos en condiciones de semiesclavitud; que en la primera mitad del siglo XX el principal vínculo político-económico de la Isla, así como la lealtad ideológica de los sectores más reaccionarios dentro de sus élites políticas, fue con los Estados Unidos, lugar donde el racismo antinegro se extendía a todos los ámbitos; que en el año 1959 en la Isla tuvo lugar una Revolución socialista que reorientó hacia el mundo socialista las lealtades políticas, económicas, sociales, militares y culturales; y, finalmente, la desaparición del sistema socialista europeo y la introducción de elementos de mercado en la vida cotidiana de la Isla, es lógico suponer que las dinámicas de la racialidad en el país han resultado afectadas, conmovidas, sacudidas por cada uno de los acontecimientos señalados.

Con todos estos indicadores “actuando” y moviéndose a lo largo de nuestro mapa imaginario, es comprensible que estamos ante una realidad cargada de dinamismo, donde cada elemento, cada mínimo cambio, cada sustantivo o adjetivo adquiere implicaciones enormes porque habla de luchas (abiertas u ocultas, puntuales o extendidas, débiles o encarnizadas) en las cuales el poder político se entreteje con el militar, económico y la hegemonía cultural. El espacio del que hablamos tiene en su cimiento un duro pasado colonial, con fuertes presiones y barreras para el ascenso social de negros (esclavos o libres), chinos y blancos pobres (fueran estos hispanos o criollos); barreras y presiones se traducen en la presencia de estos grupos subalternos dentro del aparato político, en la cantidad y calidad del patrimonio que poseen y en su presencia y dominio del espacio simbólico. A medida que el tiempo ha pasado y que han cambiado las características del contexto, así ha cambiado la significación de pertenecer a cualquiera de estos grupos.

III

A todas luces, la creación de la mencionada Comisión Gubernamental significa que el racismo “está ahí”, vive y merece toda la atención; es un factor del presente cargado de pasado, de divisiones coloniales y desposesión, de acumulación monetaria y dolor, represión, despotismo y crimen. Al hablar de la esclavitud en su novela Francisco, escribió Anselmo Suárez y Romero: “… ha esparcido por nuestra atmósfera un veneno que aniquila las ideas más filantrópicas, y que sólo deja en su rastro el odio y el desprecio hacia la raza infeliz de las gentes de color”. La imagen del racismo que el autor nos brinda es perfecta en su capacidad de reunir un cuarteto de elementos decisivos:

Al encontrarse “esparcido” por la atmósfera, el racismo no está o se detiene en un lugar exacto, sino que, como un gas, viaja hacia todas partes;  al estar cargado de “veneno” destruye cuanta vida topa en la misma medida en que se extiende;  al aniquilar las ideas “más filantrópicas” abandona cualquier máscara y se manifiesta como una variedad del egoísmo extremo y la ausencia de empatía;  no tiene ningún contenido positivo, sino solo “odio” y “desprecio”.

¿Qué hacer y cómo localizar esto que se filtra o infiltra, muta y cambia, se esconde, se protege detrás de expresiones de inocencia? Cuando en el siglo XIX cubano estaba legislado que, si un negro y un blanco se encontraban en la calle, el negro estaba obligado a dejar la acera para el blanco y a saludarlo, estamos ante un caso de racismo sancionado, instrumentado, vigilado y enseñado por un Estado. En cambio, cuando alguien señala hoy a un grupo de personas con indicadores de origen afroide (tipo de cabello, color de piel, nariz ancha, labios prominentes) y, pidiendo complicidad, pronuncia una frase como: “Tú sabes…”, “Es que ellos…”, “Ellos son así…” u otro intento por el estilo de aislar al grupo y colocarlo en una posición desvalorizada, lo racista es apenas susurrado. La aceptación o no contestación ante el susurro es justo el tipo de complicidad activa o silencio tácito que el acto racista necesita.

IV

En el documental Traces of the Trade: A Story from the Deep North, hay un momento en el cual varios descendientes de la familia DeWolf, en Bristol, visitan el museo de historia de la ciudad. Saben que provienen de una de las más reconocidas familias de esclavistas en los Estados Unidos y quieren averiguar cuanto puedan del pasado lejano: ¿quiénes lo hacían?, ¿cómo era?, ¿qué pensaban los demás? El museo recibe a estas personas y los enfrenta a una verdad tan horrible como el mismo sufrimiento de los esclavos: herreros que forjaban cadenas y grilletes, carpinteros que hacían las carretas y las ruedas, comerciantes que traían la tela para confeccionar ropas, la ciudad entera, incluso aquellos que parecían distanciados, “vivían” de y gracias a la esclavitud. La fuerza de base del racismo radica en esta contaminación silenciosa y de complicidad.

Lo anterior también nos demuestra que la única forma de no ser racista es no siéndolo; o sea, expresando —de manera activa— el disgusto o la molestia ante cualquier acto o expresión racista, exteriorizándolo, compartiendo con el que padece. Esto quiere decir que, en las condiciones del presente, diferentes a las de aquel universo de complicidad estructural típico de las sociedades coloniales, la indiferencia o el silencio cómplice ante el racismo contribuyen a la infiltración del veneno atmosférico del odio y el desprecio.

V

Hace años, una amiga me contó que había habido en su vida un momento en el que toda la percepción y conceptualización que ella tenía del racismo cambió de manera súbita. Ocurrió en el preuniversitario. Ella estudiaba en la Vocacional Lenin, estaba en una cola de comedor a la hora del almuerzo, se encontraba justo detrás de uno de sus mejores amigos de entonces, ella es de piel blanca y él de piel negra, ella había hecho un chiste de contenido racista y el amigo, muy serio, se había vuelto para decirle que no le daba ninguna risa. Mi amiga pidió perdón y juró que nunca más iba a hacer algo semejante, pues había entendido que eso —que pretendía ser solo una broma— era sentido por el otro como un daño y una humillación palpables, inmediatos, sólidos.

De las varias lecciones a extraer de esta pequeña anécdota, la principal acaso es que la incomodidad o indignación son derechos de quien es “representado” por o a través del contenido racista y a quien, duplicando el daño, le es entregado o contado el “chiste”; dicho de otro modo, lo que no existe, en términos de ciencia del Derecho, es el derecho a sentirse indignado el narrador porque su receptor “no entendió” o “no aceptó” que solo se trataba de un chiste. Lo otro que el episodio nos enseña es que la petición de perdón auténtica actúa como cura, en este caso conservando la amistad; autenticidad equivale aquí a comprensión tan repentina como radical, una comprensión transformadora que hace de la persona, en este caso mi amiga, un luchador más en los enfrentamientos activos al racismo.

VI

Hace varios años también, subí a un “almendrón” en la calle Infanta y, unas cuadras más adelante, montó una actriz que, además del poco éxito que obtuvo como profesional, llevaba largo tiempo sin aparecer en las pantallas, televisiva o cinematográfica. A pesar de lo anterior, conocía una de sus obras y la felicité por ello. La obra, un cortometraje, había sido realizado cuando yo trabajaba como jefe del Departamento de Publicaciones en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños, y el director era uno de mis amigos. La actriz preguntó que cómo yo sabía de su película, respondí que había trabajado en la “escuela de cine”, como es conocida la EICTV, y entonces ella me preguntó: “Y tú, ¿sigues en la cocina?”. Esto, que recuerdo como un momento tan perturbador como casi maravilloso, es un exquisito ejemplo del modo en que funcionan los prejuicios.

¿Cómo fue que, celebrando una actuación dramática y tras presentarme yo como trabajador de esa escuela de cine, aquella persona concluyó que mi posición laboral era la cocina? ¿A qué elemento recurrir para hacer este cortocircuito deductivo que no fuese el color de mi piel? ¿Dónde y con quiénes “aprendemos” a hacer cosas como esta? ¿Quiénes cumplen el papel de “pedagogos de la racialidad”, nos enseñan desde niños que ese “Otro racializado” es inferior, corrigen cualquier error de interpretación; es decir, siempre que tratemos al “Otro” como un igual, ¿se precipitan a intervenir de manera morbosa y vuelven a colocarlo en su “lugar”? ¿Quiénes asignan ese “lugar” y definen/deciden lo que hay en él?

Semejante atribución al Otro es virtualmente idéntica a la manera en la que fabrica su comicidad el humor racista; en mi encuentro con la actriz, “algo”, una especie de contenido esencial no-nombrado, justificaría por qué razón ella, sin parpadear, me puso en el lugar-cocina. Lo mejor en la historia es que la complicidad sobre la cual reposa la arquitectura del racismo es tan devoradora, pervertida o depredadora que la persona me “sitúa” con seguridad total y sin pensar, por un diminuto segundo, que en caso de estar equivocada yo me podría disgustar. Esto, el hecho de que el racismo funcione en tales códigos de complicidad e internalización, infiltración, introyección es lo que hace que sea aún más doloroso que un simple rechazo.

VII

El reforzamiento del dolor que nace del acto de “atribución” obliga, por el contrario, a una delicadeza máxima, extrema, por parte de aquellos que pueden herir, ofender, dañar a los sujetos que reciben el racismo sobre sí. En este punto, el punto de partida y regla básica es no asumir, sino preguntar, consultar, escuchar, instalar al respecto espacios de diálogo y participación; a ello se refiere la nota cuando destaca, entre los objetivos del Programa, “fomentar el debate público organizado sobre la problemática racial dentro de las organizaciones políticas, de masas y sociales, así como su presencia en los medios de comunicación”. Si la Revolución cubana, repetimos, “ha sido posiblemente el proceso social y político que más ha aportado a eliminar la discriminación racial”, la puesta en marcha del nuevo Programa incrementa todavía más la responsabilidad de las autoridades y decisores, de todo nivel, en lo tocante a la cuestión del racismo en todas sus manifestaciones evidentes, variedades, mutaciones o fórmulas ocultas. La responsabilidad a que nos referimos lo mismo abarca el momento en el que toca promover a alguien a posiciones de mayor jerarquía en los aparatos administrativo o político, que ese otro en el cual —a nombre de la Ley— toca detener, pedir que se identifique o juzgar sobre la libertad-futuro de alguno en el espacio legal. Responsabilidad y sensibilidad tienen que funcionar unidas, fundirse y mutuamente alimentarse y, lo principal, exigirse, revisarse y cuidarse la una a la otra en la tarea que al individuo le corresponda.

Lo principal a entender aquí es que lo que empieza por una incomodidad, al ver que se hace padecer a alguien por su color de piel, es apenas un primer paso en dirección al ofrecimiento de solidaridad y alianza, para de allí pasar a una militancia antirracista permanente y abierta. Si el racismo contiene ese núcleo enfermo que de modo permanente persigue la metástasis, la solidaridad y la militancia antirracista también demandan permanencia; es decir, no es un punto, acción o momento, sino una convicción a cuyo través el individuo se convierte en otro y acrecienta sus límites de acción participativa en el mundo y entre sus congéneres. Por eso, la única manera de ser antirracista es el estudio continuo de las variedades del racismo contemporáneo, en Cuba y en el mundo, la vigilancia crítica permanente sobre las posiciones propias, la constante interacción con ese Otro con quien creamos alianza y la realización de acciones concretas que amplíen las posibilidades para que pueda desplegar su mejor capacidad humana.

VIII

La última de las anécdotas personales que haré reproduce el fascinante parlamento pronunciado por la madre de una antigua novia: “¡Ay, Fowler, hablas tan bonito que cuando te oigo me olvido de que eres negro!”. ¿De qué forma entender esto? ¿Qué ocurre entonces cuando no hablo “bonito”? La lógica de esta pequeña historia es que el ingreso en la (alta) cultura y, en general, el saber, extraen del “lugar” que, de manera casi natural, “corresponde” al Otro marcado de manera negativa por su “africanidad” original. La historia también sirve para entender que la igualdad verdadera es la que acepta al Otro como igual sin antes someterlo a demostraciones o pruebas; es decir, para ser considerado igual o para, simplemente, ser aceptado e integrado no hay que ser especialmente leído, ni bello, ni buen vecino, pulcro, ni poseer mas virtud que la de ser persona. El bello poema Para la persona blanca que quiere saber cómo ser mi amiga, de la autora y activista estadounidense Pat Parker (1944-1989)[2], tiene cosas que enseñarnos al respecto: “Lo primero que haces es olvidar que soy Negra./ Segundo, nunca puedes olvidar que soy Negra”.

Si bien no hay algún valor jerarquizador, distintivo y específico en lo correspondiente al posicionamiento cultural, político, económico o distinción social dentro de un grupo y los caracteres externos y visibles de las personas, sí hay diferencias en cuanto a la cantidad de discriminación, dolor, inmovilidad social, ausencia de expectativas, malas condiciones de salud, nutrición y vivienda, empleo precario y otros indicadores de pobreza y sufrimiento histórico entre grupos humanos caracterizables, distinguibles o agrupables por sus atributos externos visibles. O sea, que la verdadera pregunta no es si hay diferencia entre blancos y negros (chinos, azules o verdes, si los últimos existieran), sino entre la cantidad, calidad, repetición y regularidad del sufrimiento que les toca recibir y asimilar no de acuerdo a quiénes son, sino a cómo lucen.

Es aquí, llegados a este punto y después del largo recorrido que hemos hecho, donde esperan los dos cuestionamientos cuyas consecuencias el racismo no puede enfrentar de forma coherente. El primero, derivado de una idea de ese gran pensador que fue Stuart Hall, viene de la siguiente frase que él gustaba de emplear: “We are here, because you were there”: “Nosotros estamos aquí porque ustedes estuvieron allá”[3].La frase liga inferior y superior, blanco y negro, poder y desposesión, para mostrar de qué modo la calidad de vida del grupo favorecido depende estructuralmente de todo cuanto extrajo (y continúa extrayendo) del grupo en estado de privación. El Otro a quien el racismo extremo niega, rechaza, con quien no desea compartir o no quisiera ver, cuyas tradiciones y prácticas culturales no soporta o con gusto destruiría, está “aquí” porque antes sus tierras fueron conquistadas y sus recursos drenados por el sujeto hegemónico; con este acto lo mismo recibió el beneficio que dio nacimiento a la relación simbiótica que une a los grupos distribuídos en ambos lados de esta ecuación social.

El segundo cuestionamiento, el más duro de aceptar por el sujeto hegemónico, es lo que la socióloga Peggy McIntosh[4] denominó “privilegio blanco” y que da nombre a todo el conjunto de beneficios, apoyos y ventajas que las personas del grupo “raza blanca” (préstese atención a que he entrecomillado el término) reciben y, de modo inmerecido, tienen a su disposición desde que nacen y a lo largo de sus vidas. La siguiente frase de McIntosh, tomada de su célebre texto El privilegio blanco: Deshaciendo la maleta invisible, ilustra a la perfección no pocas de las complejidades a las que nos hemos venido refiriendo:

En mi colegio y en mi casa, no me consideraba racista porque me enseñaron a reconocer el racismo solo en los actos individuales de maldad cometidos por miembros de mi grupo, nunca en los sistemas invisibles que conceden a mi grupo dominio racial no buscado desde el nacimiento.

Después de esto, es decir, ahora, podemos al fin hacer que coincidan todos los hilos dispersos, ya que los “sistemas invisibles” de los que habla la autora nos recuerdan (al estar basados en un volver la mirada hacia otra parte) la situación de compromiso y participación colateral, miasmática, ambiental, en la cual vivió buena parte de nuestros antepasados con respecto a la esclavitud. No necesitaban azotar a un esclavo para participar de la esclavitud, sino que les alcanzaba con no oponerse y recibir bienes (del tipo que fuesen) como si ello no tuviese que ver con la vida del esclavo o la esclavitud sucediese en otra parte. Idéntico no-mirar ocurre hoy cuando los que se encuentran en lugares de privilegio (que pueden ser de beneficios y ventajas en términos económicos, o de responsabilidad, por ser los sitios donde es organizado el presente y diseñados los futuros de las sociedades) ven a su alrededor, no encuentran allí al Otro racializado y no son capaces de preguntar (y preguntarle a ese Otro) por qué no “entra” a acompañar.

El momento de mayor estremecimiento espiritual deberá de llegar cuando el integrante del grupo hegemónico vaya más allá del análisis crítico de la época en la cual vive, más allá de las limitaciones o errores de las estructuras estatales y políticas de un territorio determinado, más allá incluso de la memoria familiar y al encuentro de sí mismo. Convocando la memoria familiar va a recordar el nombre de quienes fueron los pedagogos y a reconocer todo cuanto le enseñaron a no ver o callar, los prejuicios, las maneras sutiles de introducir división, el modo en que el contenido racista sobrevive a través de mutaciones. Durante el encuentro con sí mismo tendrá entonces que hacer(se) la pregunta más desgarrante y desoladora: ¿todo cuanto ha obtenido a lo largo de la vida ha sido merecido?, ¿o ha sido protegido por la condición de miembro del grupo hegemónico?

La mejor manera de responder a esta pregunta dual es introduciendo como contrapunto todo cuanto el “Otro racializado” está obligado a realizar o demostrar para ser considerado igual o aceptable; dicho de otro modo, agregando esa clase de subpregunta oculta, implícita, subterránea, desagradable, oscurecida que hay en lo siguiente: ¿qué es todo lo que no sé, no conozco, no he vivido o sido obligado a vivir y mi Otro racializado sí?, ¿de qué modo mi ignorancia me hace ser lo que soy y cómo soy, en tanto a él lo constituye un mar de conocimiento y experiencias y heridas que se me escapan? En uno de los más solidos aportes del texto citado, McIntosh presenta una lista de lo que llama “condiciones” que “actúan para sobreempoderar sistematicamente a ciertos grupos”; entre estos privilegios que conceden “el dominio en función de la raza o del sexo de una persona”; aquí es adecuado precisar que la afamada socióloga concibió el concepto “privilegio blanco” a partir de una investigación centrada en problemas del empleo femenino, en particular el momento cuando descubrió que, si bien “los hombres no están dispuestos a reconocer que tienen excesivos privilegios”, al mismo tiempo que ello “reconocen que las mujeres están en una situación de desventaja”. Fue partiendo de esta paradoja (reconocer la desventaja del otro, mas no el privilegio de uno mismo) que ella desplazó la mirada hacia la problemática racial y propuso ese listado de condiciones del cual elijo aquellos momentos que mejor pudieran ser adaptados al contexto de nuestro país:

Puedo encender el televisor o desplegar la primera página del periódico y ver que las personas de mi raza están ampliamente representadas.

Cuando me hablan de nuestra herencia nacional o de la “civilización”, me muestran que las personas de mi color hicieron de ambas lo que hoy en día son.

Puedo estar segura de que a mis hijos les darán material curricular que revele la existencia de su raza.

Puedo entrar en una tienda de música y contar con que encontraré la música de mi raza representada; en un supermercado y contar con que encontraré los artículos de primera necesidad que se ajustan a mis tradiciones culturales; en una peluquería y contar con que encontraré alguien que me corte el cabello.

Ya sea que utilice cheques, tarjetas de crédito, o efectivo, estoy segura de que el color de mi piel no va a tener un efecto negativo para la estimación de mi solvencia financiera.

Puedo maldecir, o llevar puesta ropa de segunda mano, o no responder las cartas, sin que atribuyan estas decisiones a los malos principios morales, a la pobreza, o a la ignorancia de mi raza.

Puedo hablar en público a un grupo de hombres poderosos sin que ello implique poner a prueba la totalidad de mi raza.

Puedo actuar bien en una situación difícil sin que digan que soy un orgullo para mi raza.

Nunca me piden que hable en nombre de todas las personas de mi grupo racial.

Puedo estar completamente seguro de que, si pido hablar con “la persona responsable”, voy a encontrar a una persona de mi raza.

Si un policía de tránsito me para o si la Dirección General de Impuestos revisa mi declaración de impuestos, puedo estar seguro de que no me seleccionaron a causa de mi raza.

Puedo comprar fácilmente afiches, tarjetas postales, libros ilustrados, tarjetas de felicitación, muñecos, juguetes, y revistas para niños en las que aparecen personas de mi raza.

Puedo decidir alojarme en lugares públicos sin temor a que las personas de mi raza no puedan entrar a esos lugares o reciban mal trato en los mismos.

Si he tenido un mal día, una mala semana, o un mal año, no tengo que preguntarme si cada episodio o situación negativa tuvo un trasfondo racial.

IX

Pese a ser algo tangencial al presente análisis, merece señalarse que mucho de lo comentado hasta aquí tiene implicaciones, derivaciones, parentescos e identidades con otros ámbitos de discriminación y alianza como son los problemas de género, identidad sexual, creencias religiosas, discapacidad, entre otros. Salir de este laberinto, que igualmente es una prisión, es solo posible, como antes dijimos, mediante el esfuerzo continuo y el estudio para entender lo que el racismo es; mediante una vigilancia crítica incansable hacia nuestros pronunciamientos y posicionamientos, sean públicos o privados; a través del intercambio permanente con ese Otro racializado en cuya búsqueda vamos; gracias a la realización de acciones concretas para que tanto el Otro como Yo nos transformemos en una entidad superior, mutuamente solidaria de manera radical, siempre en proceso de búsqueda, análisis, crítica, cambio, crecimiento y mejoramiento común.

Sin silencio, sin descanso, sin la ilusión de fechas, sino sabiendo que aquello que se reproduce, muta y se oculta necesita ser enfrentado en la misma dimensión total en términos de espacio o temporalidad. Con ciencia y en ejercicio de la conciencia, en la familia, en la escuela, el barrio, el grupo de los amigos, el ámbito laboral, el espacio público, los medios de comunicación, las escuelas, las instituciones culturales, las organizaciones de masas y las políticas, en las dependencias del Estado. Como expresara Díaz-Canel al hacer el anuncio del nuevo Programa:

Tenemos todo el derecho y la posibilidad de hacer algo coherente, de impacto, que nos ayude a resolver estas problemáticas en nuestra sociedad y mostrar una vez más el nivel de justicia y de humanismo de la Revolución.

Para una misión de este tipo toda la fuerza del Estado precisa de una sintonía armónica, perfecta, con toda la fuerza de las personas; de esa manera, al “factor del presente cargado de pasado, de divisiones coloniales y desposesión, de acumulación monetaria y dolor, represión, despotismo y crimen” que es el racismo, se oponen la acción colectiva, el debate extendido, la atención permanente de los medios de comunicación, la enseñanza en las escuelas y la dirección política sabia.

Es un sueño de país en el cual, al transformar, nos vamos a transformar.

Al hacer las preguntas, nos vamos a preguntar.

Al cambiar el mundo, nos vamos a cambiar.

El gesto tremendo del cimarrón cuando defiende su libertad ganada: “¡ven!”

Hagámoslo y hagámonos.

Notas:

[1] Díaz-Canel en el Consejo de Ministros: “No vamos a renunciar a las conquistas y los sueños por realizar”.

http://www.granma.cu/cuba/2019-11-21/diaz-canel-en-el-consejo-de-ministros-no-vamos-a-renunciar-a-las-conquistas-y-los-suenos-por-realizar-21-11-2019-22-11-18

[2] El poema de Pat Parker es una versión del autor a partir del original “For the white person who wants to know how to be my friend”.

[3] La frase de Stuart Hall es tomada de un documental de la BBC.

[4] El Privilegio Blanco: Deshaciendo la Maleta Invisible.

https://redfeminismo.wordpress.com/2016/09/15/el-privilegio-blanco-deshaciendo-la-maleta-invisible/

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

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