Los niños de Arna (Documental, Palestina)
Los niños de Arna (Documental, Palestina)

Directores: Danniel Danniel y Juliano Mer Khamis Arna Mer Khamis, una mujer judía y casada con un palestino, decidió en 1989 poner en marcha un grupo de teatro a través …

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Imagen final (Documental,  Argentina – Chile – Dinamarca – Suecia)
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Director: Andrés Habegger Documental acerca de la muerte del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen. En junio de 1973, en Santiago de Chile, filmó su propia muerte en manos de militares. Treinta …

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Viviendo al límite (Documental, Cuba)
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Directora: Belkis Vega Sinopsis: Este filme, escrito, dirigido y producido por la cineasta Belkis Vega Belmonte es un conmovedor y humano retrato de un grupo de personas infectadas con el …

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¿Por qué quebró Mc Donald’s? (Documental, Bolivia)
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Director: Fernando Martínez Sinopsis Diciembre 2002. La transnacional de la comida rápida Mc. Donald’s quiebra, y cierra sus restaurantes en Bolivia. Las noticias sólo contaron las razones económicas de la …

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Zero, investigación sobre el 11S (Documental, Italia)
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Realizadores: Franco Fracassi y Francesco Trento. En Italia, un grupo de escritores, periodistas y profesores ha publicado un libro titulado “ZERO, perché la versiones ufficiale sull’11/9 è un falso” / …

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Cuarto Poder (Documental, España)
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Realizadores: Pablo M. Roldán y Miriam Díaz-Crespo Sinopsis A pesar de las supuestas diferencias ideológicas de los grandes medios de comunicación españoles, sus informaciones coinciden unánimemente en condenar y caracterizar …

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Tlatelolco: las claves de la masacre
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Tlatelolco: las claves de la masacre reúne todo el material cinematográfico conocido sobre los sucesos del 2 de octubre de 1968; identifica a los jefes militares que provocaron la matanza …

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Nodo50. Error en el sistema
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A principios de 2011 la asamblea de Nodo50 empieza a valorar mudar sus servidores a un nuevo centro de datos, Bahnhof, en Suecia. De aquellos trabajos de planificación previa, para …

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La niebla en las palmeras
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Tengo una deuda con los documentalistas españoles Lola Salvador y Carlos Molinero, los realizadores del documental: “La niebla en las palmeras”. Una obra que rompe los esquemas y los “conceptos” …

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Escuela de Tres Mundos
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La mítica Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños radicada en La Habana, acoge en “muy poco espacio”, talento, creatividad y ganas de hacer arte. …

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El fascismo ordinario
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Mi padre me hablaba mucho de este filme. Me comentaba de sus valores cinematográficos e históricos, como ejemplo vital de una obra cinematográfica que sabe conjugar lo genuinamente artístico con …

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El porvenir
El porvenir

El documental narra el drama vivido por los familiares de los masacrados de la Granja Penal El Porvenir, ocurrido en la ciudad de La Ceiba, Honduras, la mañana del 5 …

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Super Size Me
Super Size Me

Un clásico del cine documental norteamericano. Una obra de posturas y claras definiciones sociales. Sobre Super Size Me, escribí en una reseña que sacaré a la luz en, La otra …

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Dejar la historia en un punto de verdad. Por: Octav...

El día más largo (Fotograma)

Fotograma del filme documental “El día mñas largo”, de la cineasta cubana Rebeca Chávez

Un documento desprovisto de intervenciones artísticas y recursos estéticos es redimensionado por el arte y el talento de los cineastas, tras ser identificado por sus valores historicistas. Erigido en virtuosas texturas e imprescindibles núcleos cinematográficos, es construido con pensadas retóricas, esenciales narrativas y aquilatados discursos, fortalecidos con los muchos íconos que deambulan en sus predios.

Con estos anclajes, que no los únicos, construyó su documental El día más largo (2011) la cineasta cubana Rebeca Chávez, presa de la emoción al identificar el valor del pliego televisivo. Una entrevista realizada al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz el 4 de enero de 1959 por el periodista Luis Navarro, corresponsal de la Cadena CMQ Televisión, en Camagüey. El documento es objeto de la construcción cinematográfica, erigida como otro discurso, como un texto de evocaciones, apuntes históricos y agudo simbolismo.

La entrevista, tras un arduo trabajo de restauración, nos revela la trascendencia de las palabras de un protagonista excepcional. No solo por la estatura intelectual y moral del testimoniante, sino también por los argumentos que presenta, esenciales en la historia de la nación cubana.

El triunfo del Ejército Rebelde el 1 de enero de 1959 marcó una ruta sellada por los valores humanistas heredados de nuestro José Martí. En esta pieza documental, la autora fílmica lo subrayó erguida por la pasión, por la autenticidad de sus palabras-documento.

Rebeca Chávez, autora de los filmes Nacha Guevara (1978), Buscando a Chano Pozo (1987), Con todo mi amor, Rita (2000) y Cuando Sindo Garay visitó a Emiliano Blez (2002) entabla un discurso donde la imagen es texto sustantivo, ejemplar ejercicio de escritura histórica. Asimismo, Entre el Arte y la Cultura (2004), de la serie documental Cuba: Caminos de Revolución, contempla estos atributos.

La documentalista se apropia en este filme de la iconografía de la Revolución cubana, construye simbologías y contextualiza los hechos con fotos y videos clásicos, fortalecidos por la envoltura de imágenes inéditas. Son recursos esenciales para legitimar su puesta cinematográfica, construir veracidad y rigor histórico.

Ante la mirada del espectador cautivo esta obra resulta una ejemplar retrospectiva de hechos, cuando evoca los iconos de la gesta liberadora en trazo sentido, en letra fílmica de acusada sobriedad narratológica. Escribe su fotografía desde las esencias estéticas, conceptuales, discursivas de los grandes creadores que acompañaron el período fundacional de la Revolución cubana: Korda, Liborio Noval, Osvaldo Salas, entre otros.

En los albores de este discurso fílmico, a manera de apuntes, el documental revela la presencia de los líderes de la lucha insurreccional que tuvo su base de operaciones en los predios de la Sierra Maestra. El Che, Camilo, Raúl, Vilma, Celia son los protagonistas de este primer tiempo. Son presentados por la realizadora en cuidadas escrituras, en acusados tiempos, en justificados encuadres de un montaje trazado con esbelto ritmo, erguido discurso.

Pero se impone significar sobre un esencial capítulo de esta obra: Fidel es un doble narrador. Sus palabras frescas, apasionadas, sentidas, se revelan como un texto documento, una voz que narra los hechos y la historia de aquellos primeros días, decisivos para el curso de la nación. Pero, el líder histórico de la Revolución cubana es también el narrador cinematográfico, el conductor fílmico, el excepcional protagonista.

La avanzada victoriosa de las tropas comandadas por el Che, Raúl y Camilo; la huida del dictador Fulgencio Batista; la convocatoria de la Comandancia Rebelde para una huelga general apoyada por el pueblo y la traición del General Cantillo son asuntos que el narrador fílmico nos revela en el prólogo del filme y en toda la obra. Avista así su don de la oratoria, sus sentidas palabras y el compromiso con los ideales impulsores de nuestra Revolución.

El día más largo evoluciona con las palabras de Fidel, con nuevos bocetos argumentales jerarquizados en sustantivas ideas enfocadas al recuerdo de los compañeros caídos, al sentido moral y humanista de esa gran hazaña, al rol del pueblo que acompañó a los rebeldes hasta la definitiva victoria, anclada en los principios martianos.

Nuevamente los planos y encuadres apuntan hacia una mayor relevancia del personaje protagónico, fortaleciendo lo sobrio de sus palabras, lo esencial de sus intervenciones. La pantalla emerge viril con las huellas de ralladuras, los atuendos de colores pretéritos, las suciedades que la humedad firma en los cuerpos del celuloide. Este dejar en la película fortalece lo documental. Tras más de cincuenta años de “olvido” el tiempo ha “pintado” en sus núcleos y rebordes.

Es parte del valor de este documental las otras vestimentas narrativas que lo singularizan, los otros recursos expresivos redimensionados. Es la historia signada por las estelas del arte, por el oportuno texto de una autora cinematográfica caracterizada por el rigor, la búsqueda del valor humanista, del preciso mensaje. Son los subrayados del género cuando sus creadores entienden e interpretan las esencias.

Narrar desde la voz y la imagen del Comandante en los días previos a su llegada victoriosa a La Habana es parte de la encomienda del filme. Un aporte significante para nuestra historia, tejida de cronologías, de pasajes que los historiadores y la propia filmografía documental han escrito en muchos cuadros de sustantivos planos.

Fidel se nos revela emocionado, gesticulador, seguro de sus palabras y sus ideas. Completa sus apuntes con la toma de La Cabaña comandada por el Che, la irrupción moral de Camilo en el campamento militar La Columbia y la entrada victoriosa de Raúl en el cuartel Moncada.

Rebeca nos escribe la historia de esos días, de esas horas con un narrador cuyo liderazgo está fortalecido por la materialidad de sus palabras, por la concreción de sus compromisos. Los argumentos y reflexiones de este medular testimonio son puestos por la realizadora documental en la estela del tiempo, en el ángulo de lo logrado por más de 57 años de épica humanista.

Al excepcional protagonista-narrador lo dibuja desde la sobriedad del montaje, subraya sus palabras como discurso medular del filme documental; lo acompaña con toques de historia, con los recursos del archivo fílmico construido desde la verdad, que el tiempo confirma y legitima con la evocación.

No es casual, la documentalista deja para el último tercio del material las sentidas palabras de Fidel para el pueblo y sus muchos héroes. Son los argumentos de un líder excepcional que hizo suya la dignidad y el sentido del deber como predicas máximas. En un último gran corte la documentalista se apropia del reservorio audiovisual de la nación, fortalecido posteriormente por los cineastas del ICAIC, la gran casa donde tejieron sus narraciones fílmicas.

Con imágenes reconstruidas, redimensionadas en El día más largo, Rebeca Chávez acompaña al Comandante en Jefe. Fortalece sus hondas argumentaciones, sus erguidas metáforas de hombre curtido en la lucha, convoca también a los acordes del Quinteto Rebelde, narradores y cronistas de ese período glorioso de nuestra historia. Un hermoso cierre documental, que no se abstrae del bullicio victorioso, de la alegría del pueblo ante la entrada de los Rebeldes a La Habana.

Frente a esta pieza fílmica de sobria factura, erigida para el fortalecimiento de los hechos, del conocimiento, la memoria, imprescindible para el curso orgánico de la sociedad y el futuro de la nación cubana, los lectores entablarán un dialogo de interpretaciones y emociones.

El documental pone en primer plano la necesidad de articular la historia con el presente-futuro; subraya que sus actores han de ser filmados, jerarquizados, socializados, y reafirma la necesidad de documentar lo transcendente de cada momento, cada espacio, cada hecho medular.

Texto tomado de Notas del reverso de: http://www.lajiribilla.cu

*(La Habana, 1966) Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

15 años La Jiribilla

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Crónica polaca en un habanero pueblo de ultramar. P...

Casa BlancaSaborear un texto fílmico desde la más vetusta racionalidad; construir aquilatadas rutas críticas para codificar el transitar de signos rasgados de silencios que transpiran alientos; identificar encuadres primogénitos rubricados con declarada intencionalidad; apuntar sobre una nota explicativa que se “impone” al subrayar vacíos históricos, culturales, étnicos o religiosos, son algunas de las praxis persistentes en los lectores audiovisuales cuando se adentran en una obra de puestas sublimes, de renovados modos artísticos, de singular narrativa.

Un plano general que absorbe claros de luz en medio de un abismo de quebradas neblinas. Fugas de sonidos que redoblan las grietas del mar adentro salpicando metáforas contra los rebordes de un atracadero. El garabatear de silbidos venidos de un espacio interior que persiste incólume, antiguo, descorchado.

Son estos los cuidados apuntes fotográficos de valor antropológico vertidos como esteras de luz, integrados en un discurso que adquiere valor, sentido, fortaleza, identidad en el filme documental Casa Blanca (2015), de la cineasta polaca Aleksandra Maciuszek. La brillante narradora de historias y relatos afincó la cámara en los parajes de un pueblo habanero absorto por el mar.

Estas veladas lucubraciones de luz y collage emergen como mamparas en las páginas de su texto cinematográfico, a veces como breves diarios, en otras transitan como crónicas inconclusas. Ella fotografía la voluptuosidad y el desenfado de pescadores sin nombre, “anclados” en las riberas de un puerto desde cuyas ventanas emerge la ciudad con sus andares clásicos y sus sabores de pretendida modernidad. Escribe su aguda narrativa distante, impasible, en poniente, alejada de esos escenarios que exigen lecturas de trazos intensos. Se aferra a ese otro, ya subrayado, espacio de límites conversos y encierros como si no le importara lo que más allá sucede.

Maciuszek erige al pueblo de Casa Blanca con cuidados planos, apropiándose del tiempo que allí transcurre ajeno a lo trepidante, a lo inocuo de los torbellinos que habitan en toda ciudad capital. Las imágenes transpiran como delgadas caligrafías de crónicas aguafuertes o notas de un diario donde se impone la sobriedad de los escenarios interiores, las grietas de las paredes y las calles de nichos tardíos. Son huellas de luces inconclusas trasnochadas por el salitre y el silencio.

La cámara emplazada revela con mesura la arraigada pobreza material, el desenfado de sus habitantes, el sentido del límite ante el espacio marcado por el horizonte. Reconoce, con sus trazas de espejos traslucidos, un puerto que se torna distinto, desolado, inmenso. Un enclave de mar que cuando lo revisitamos desde los dorsos de años transcurridos, descubrimos que en ese tiempo caducado todo fue movimiento.

Nos queda visitar nuestra imaginación contenida que puede ser destrabada por dibujos a línea, en tinta fresca. En un primer tiempo avizoramos el trajinar de grúas que elevan cargas tupidas o cuadriculadas de acero intenso. En el centro, los pilotes de luz que establecen límites, rutas, espacios vedados. A la entrada de sus puertas derruidas, que antaño se cerraban con una prominente cadena, los prácticos agolpados al acecho transitan por las estrechas franjas de mar, por momento irascibles, delimitadas por un canal que esconde un túnel de brazos comunicantes.

Estas son las delgadas telas de un escenario que persiste detrás de lo que realmente le importa narrar a la documentalista. Nelsa y Vladimir son los verdaderos protagonistas de sus apuntes fílmicos. Los delinea como claro de luz, los dibuja desde una escalonada curvatura fílmica. Sin encuadres tercos, ambiguos, abigarrados; todos ellos despojados de los tecnológicos caprichos o emprendidas fotografías que algunos venden con sabor a futurismo o desvelo digital.

Ella, una curtida anciana, y su hijo, con síndrome de Down, se dejan historiar y lo hacen desprovistos de visos actorales, que en verdad son ajenos a los remiendos de sus cotidianas vidas.

La cámara bosqueja los espacios interiores de su humilde vivienda. Unas pocas cacerolas, vasos de plástico abigarrados de humedades que se exhiben desordenadas, los cubiertos de todos los retornos. La cama, que se antoja para ellos dos, frente a una ventana inconclusa de luz partida y una escalera que emerge empinada, intrigante, estrecha, son parte de la utilería recurrente en los planos signados.

Esta pieza documental ignora los compases de algoritmos altisonantes, propios de un poblado donde se dialoga cantando. No porque estos elementos importen para la escritura del filme sino porque forman parte de ese mundo exterior, sórdido por momentos, solidario muchas veces.

Nelsa destraba una verborrea imperceptible, entrecortada, de vago acento. Se empina con la tenue gestualidad de sus manos que expresan párrafos enteros, artículos completos, como libros de icónicos abrazos. Distingos de una mujer que ha degustado los ardores y poderes de la vida; a pesar de su brazo anulado, detenido, impasible, sin claros retornos.

En ese mismo plano está Vladimir. Su mirada se entrecruza, se esquiva y siempre le acompaña en los momentos de interiores, en ese diminuto espacio fragmentado, tomado por los abigarrados objetos que persisten anclados a la sobriedad y al silencio. En algunos fragmentos este actor de su propia realidad se revela inconcluso, surrealista, destronado.

Madre e hijo han sabido entenderse con textos que no requieren vocablos sustantivos de elevada literatura. Comparten ese minúsculo espacio de vida con la fuerza que imprime la ternura, la complicidad de estar juntos por muchos años a pesar de los dispares derroteros que le marcan.

La empecinada soledad, las limitaciones mentales y motoras que les arropan, el encarar un proyecto de vida más allá de los pilotes de ultramar o el no querer volar fuera de ese espacio de delgadas dimensiones, son parte de las letras de este filme documental en el que la autora se apresta a significar acentos, frases curtidas, escenas descollantes y las erigidas emociones que esculpe de veracidad a toda pieza narrativa.

Esta apuesta documental es un cuadro de acusadas imágenes, siempre sustantivas, que nos permite tocar los objetos, los olores, las memorias contenidas, los abrazos derrocados a pesar de la distancia, del tiempo narrado; incluso, el propio tiempo de filmar cada escena o cada plano, que el tiempo vierte convertido en desechos y las tecnologías depositan en alguna papelera digital.

Son distingos de la escritura fílmica que la autora documental expresa en cuadros biográficos, en breves prosas de intensa narrativa. Un reunir de relatos espaciados que buscan retratar lo marginal, lo periférico tal vez. Pero sobre todo, los anclajes humanos que les marca como seres de singulares texturas.

Aleksandra no se contenta con primeras lecturas, con lo que resulta evidente ante el posicionamiento de una cámara siempre impasible. Denota su historia con el construir de sobrios planos, significando los poderes del amor a los que se aferran sus actores, pero también a los desencuentros en los que se engarzan. Sobre todo a los recuerdos, al deseo de estar juntos en medio de la precariedad, sin saber, o pretender saber, sobre el mañana. Van enganchados como testarudos mortales habitando en un lugar que se exhibe anodino.

La virtuosa cineasta explora con cuidada holgura a Vladimir, quién se muestra subyugado por la cámara. Testimonia sus erráticos andares por los escenarios de este poblado, a veces lustroso, siempre descolorido. Un vecindario donde habitan gente humilde pero arrogante, ambivalente, que acogen entre sus calles las reiteradas palabras del protagonista, sus entonados miedos a las travesuras de las que es objeto. Un lugar donde persiste el sabor a salitre, donde no faltan los improperios, las burlas o los atropellos ante la naturaleza de un actor que entiende la envoltura de sus claros límites.

Ante estos retratos que se distinguen como crónicas fílmicas, las preguntas acechan, las palabras estremecen, los límites encandilan. La autora los dibuja pintados con sabia y talento para romperlos, subvertirlos, hacerlos nuevamente con los tejidos de la humanidad.

Tomado de Pensar el cine de: http://www.cubarte.cult.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

15 años Cubarte

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Pintar la desmemoria con palabras fílmicas. Por: Oc...

Movie Poster - Finding Mabel - Master CopyCon una escena demoledora, sentida, de las que impregnan definitivas huellas en la memoria, abre el documental Buscando a Mabel, un texto de la cineasta y actriz norteamericana Eileen Mabel. La portada que erige la documentalista forma parte de los archivos del dolor, la desesperación, la ira y la clemencia de miles de mujeres argentinas que, en tiempos de dictadura, exigieron el retorno de sus hijos desaparecidos, víctimas del genocidio liderado por el General Rafael Videla, jefe de las Fuerzas Armadas de entonces, luego presidente de facto.

Este prólogo aflora como el punto de partida hacia un intenso viaje que transita desde los anclajes de la reconstrucción de hechos hasta los llanos argumentos que ponen en primer plano el origen del nombre de la realizadora. También de los muchos relatos de envoltura biográfica e histórica que deambulan en su génesis. Sus padres, los revolucionarios argentinos Alicia Jrapko y Juan Reardon nombraron a sus hijos Eileen Mabel, Gabriela Emma y Juan Alberto, tomando los nombres de entrañables compatriotas desaparecidos en ese período negro de la nación sudamericana.

Con este filme, Eileen y el equipo de realización toman nota sobre Yolanda Mabel Zamora, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, desaparecida con tan solo 19 años. Su vida es reconstruida a manera de apuntes en los que la palabra tiene un peso, una singular presencia en la historia.

Es la nítida expresión del recuerdo de los que la conocieron, ubicados en esta puesta cinematográfica sin pretendida estructura cronológica, sin alinear con meridiana exactitud las rutas vitales de la joven militante. Con el filme se significa, se jerarquiza, se pone en contexto lo medular de su historia, permitiéndonos acceder a las fotografías biográficas.

Para materializar esta ruta fílmica la documentalista se enrola en compañía de su hermano, de su esposo y la cómplice participación de los amigos. En la obra se revelan testimonios, ilustraciones icónicas, hechos contrastados, fotos de naturaleza doméstica convertidos en documentos y episodios jerarquizados en letra fílmica. Estos adquieren valor simbólico en este documental, tras el abultado silencio que nos quiere imponer la desmemoria instrumentada por los responsables de los hechos narrados, que han encontrado en los medios reaccionarios del país suramericano pensadas letras encubridoras.

En el texto fílmico subyace una Argentina empeñada en hacer justicia por los casi 30 mil hombres y mujeres exterminados por execrables militares usurpadores del poder en las décadas de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo. Una nación que toma de la constancia y el coraje de las Madres de la Plaza de Mayo, que no han cesado su hacer por los desaparecidos de la dictadura.

Buscando a Mabel está edificado como un diario de viajes, una ruta en la que se integran la memoria familiar y el dialogo cruzado de los muchos otros testimonios convocados por la autora fílmica, que irrumpen como parte del empeño indagatorio de esta gesta cinematográfica narrada en primera persona.

Eileen superpone imágenes de archivo que forman parte del reservorio de la historia, de ese pasado aún incompleto. Lo resuelve fusionándolo con gráficas de sobrias líneas dispuestas para completar la ausencia de iconografías documentales. Son estos recursos apoyaturas legitimadoras de la narración que emerge y evoluciona sopesada por las emociones, por la impronta de reconstruir una historia trunca.

El epílogo del filme es doblemente simbólico. Tras una larga y emotiva ruta la documentalista quiere ser parte de ese empeño por cimentar la memoria. Junto a los testimoniantes (familiares y amigos de la protagonista del filme), siembra en el lugar donde desapareció la joven argentina una baldosa que se integra a las muchas huellas que habitan en las calles, plazas, parques y escenarios campestres de una nación empeñada en no olvidar ese pasado tenebroso. Un final vertido de emotividad, de abrazos sentidos, de hondas palabras que pintan de sustantivas verdades cada minuto de esta oportuna obra documental.

Tomado de Pensar el cine de: http://www.cubarte.cult.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

15 años Cubarte

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Los pilotes de Leontina. Por: Octavio Fraga Guerra*

LeontinaPor los deseos de aventuras, un niño organiza una expedición hacia ´El Legionario´, una tienda apartada en la que siempre se ofrecen golosinas a una hora específica. En las travesías descubren rarezas en el modo de vida del pueblo y tienen impedimentos que son instrumentados por algunos habitantes poderosos del lugar. El carácter peculiar de Rodrigo, el dueño de ´El Legionario`, y la atmosfera de su local crean en los niños gran encantamiento consiguiendo cambiar el destino y el estado de las cosas”.

Esta es la nota de presentación del filme Leontina, segundo largo de ficción del cineasta cubano Rudy Mora, también realizador de televisión. Un texto que exhibe un inusual surrealismo en la construcción de su puesta en escena, erigidos por locaciones que subrayan, significan, fortalecen metáforas o argumentos no explícitos. Son espacios de luces y sombras que fortalecen las estructuras dramáticas erigidos como una suerte de lugares, por momentos sinuosos, que ponen en contexto los derroteros por donde transitan, evolucionan o adquieren corporeidad los personajes.

Ante el descorchar de la pantalla asistimos a un pueblo que no exhibe elementos de identidad directamente asociados a una determinada cultura o fortalecidas tradiciones que insinúen paralelismos presentes en otras geografías. Está dimensionada por códigos que no conducen a ningún “espacio” de la historia universal.

El pueblo de este filme, sumido en la impasibilidad de sus actuantes, es retratado, predominantemente, desde los tonos grises. Se trata de una gran locación fortalecida por cercas filosas y puertas, que en esta puesta cinematográfica son la mejor expresión de la materialidad de los encierros, cercenados por llaves que solo unos pocos controlan.

En este lugar el letargo del tiempo lo ha tomado todo. El aplomo, la tristeza, la introspección y el dialogo entrecortado habitan en los trazos de sus encuadres. Todo el paisaje interior, esculpido por protagónicos y personajes aparecidos, se revela en cuidadas actuaciones que fortalecen atmosferas, estados de ánimo, movimientos escénicos y las exigidas curvas dramáticas.

Es un estado per se que es descolocado por la “irrupción” de seis niños, personajes unidos por el empeño de comprar pintura para cumplir un deseo: retomar otra oportunidad para ganar una competencia a la que un jurado de comportamientos erráticos, más bien sospechoso, le ha privado de la victoria. En verdad esto no es lo esencial del filme. Los avatares de los niños son pretextos de los autores cinematográficos para que seamos testigos de sus andares y lo que estos provocan en los verdaderos ejes de la historia.

Materializada la entrada de los infantes en los predios de este mentado lugar, se revelan conflictos, diálogos tensos, juegos de roles, asimetrías de palabras. Un cúmulo de parlamentos y gestualidades desatados en un “tablero de ajedrez” de envoltura teatral, donde lo verdaderamente sustantivo está por empezar.

En ese espacio se pone a prueba el anclaje del poder, el absurdo como expresión material de su permanencia, las paranoias de los que la instrumentan o la incomunicación entre los mortales de este impreciso escenario que es también un lugar, cualquier lugar de nuestro universo. Son unos pocos los que anulan o desconocen los sueños de unos muchos, tejiendo trampas, desatando tropiezos, agrietando las fortalezas de la luz con el silencio y el miedo.

En ese juego de roles cuidadosamente articulado dentro del núcleo de poder, afloran los personajes grises, que por momentos evolucionan con estructuras tópicas, gestualidades sumisas o puntualmente arrojadizas. Un centro actoral en el que se impone significar la actuación de Corina Mestres y Blanca Rosa Blanco.

La profesora Corina Mestre, muy respetada en el gremio de los actores y actrices de nuestra Isla, construye un personaje brillante. Emerge con denotada fuerza, como una actriz que sabe explotar los resortes del teatro sin caer en la saturada teatralidad que resulta impropia para la curvatura narrativa del arte cinematográfico. Se proyecta con vitalidad o mesurada articulación gestual, en correspondencia con la ruta del guión y los ciclos de la historia de la que ella es parte vital en un filme escrito con sutilezas, insinuaciones o mensajes subliminales.

Su presencia en la pantalla es sustantiva y ese protagonismo le exige no repetirse. La contención en algunos planos, la vitalidad de sus movimientos escénicos en otras, son parte de las riquezas y aciertos de sus entregas como intérprete que sabe desdoblarse sin saturar su cometida actoral. Es evidente, sabe aprovechar con sabia los recursos escénicos que el equipo escenográfico ha puesto para el filme y para su mejor desempeño. Se impone como una mujer que el poder le obsesiona, le deslumbra, rosando la paranoia que evoluciona en partes medulares de la pieza, articulándose hacia el final del filme en los derroteros de la frustración, la amarga derrota.

El personaje de Blanca Rosa Blanco forma parte de ese núcleo de poderes ennegrecidos, pero su naturaleza es de otra envoltura, de otro sutil acabado. Transita entre la duda ante la ruptura de unos niños que se desmarcan de lo “correcto” y el cuestionamiento de su complicidad con el grupo de corte autoritario. La actriz teje con espíritu artesano la credibilidad de una mujer que por momentos enfrenta el poder unipersonal.

En la gestualidad de sus entregas, la expresión que parece contenida se insinúa (revela otro pensar, otro decidir). Es parte de esos escalones logrados por la joven actriz que, fruto de su trabajo, se ha ganado un lugar entre las imprescindibles intérpretes del audiovisual cubano.

Este gran dueto de actrices es parte de los atractivos de Leontina, una pieza escrita y filmada con los sabores de la metáfora, los acertados recursos del símil, donde aparece cómplice la poesía de la luz y el renovado encuadre de una fotografía que cierra historias de vida y relatos frescos.

Texto tomado de: http://www.lajiribilla.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

15 años La Jiribilla

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Los silencios de La última estación. Por: Octavio F...

La última estaciónLa cámara, tomadora de monólogos y quebrados silencios, persiste anclada por ese degustar del tiempo donde los diálogos sordos y la luz comparten un mismo espacio desde la altitud de las horas. En esos habitáculos de sórdidos pasillos y lámparas necias perduran las sombras de hombres y mujeres que han vivido, y viven, la hornaza del tiempo tardío. De esas muchas horas de andar por la vida, cuando toca la hora del recuento, se avistan memorias. Pero estas, en La última estación no afloran en versos. Se exhiben como metáforas desde las exuberantes simbologías que encumbran los saberes y las emociones, vitales para encender los monólogos que narran esta puesta cinematográfica, poblada de texturas.

En esta entrega documental no se retrata un espacio cualquiera. En el moran las huellas de abultadas vidas, los silencios que persisten aferrados a quedarse como soliloquios y las miradas truncas de quienes gravitan en sórdidas nostalgias. Esas que dibujan la quietud o las preguntas engullidas en fuga, en medio de la nada.

Son ancianos con historias, con muchas historias que nos toca tomar mediados por una pantalla virtuosa pintada de luz y sabia. Son humanidades que exhiben enconados trazos de pliegues curtidos por el transitar de los años dibujados como apuntes de plumillas y tintas de acuarelas envejecidas; caducadas por el castigo de las noches y los golpes del alba, que no distinguen ideologías, culturas, religiones o crónicas vagas.

El tomavistas de esta pieza documental discrimina ángulos, palabras en fuga, ventanas enteras o detalles que clavan los sentidos de la aurora. Incursiona en relatos surgidos por el azar o ese espontáneo devenir de una tarde cualquiera, que tras las esperadas mutaciones adquiere significados, verdades, certezas y nuevas preguntas. Todas ellas escritas para un lector que ha de estar atento a los vericuetos del sonido, a los poderes de una noche en veda o a los apacibles refugios de un árbol sembrado en medio de la lluvia, el frio que cala los huesos y la curtida neblina. Ese árbol traslucido y voraz que, sin saber cómo, avista colores, humedades o frescos de patinas ciegas.

La filmadora de esta ejemplar obra se revela poseída por sustantivos ojos que hurgan en las intimidades de un lugar varado, en la que habitan los personajes de un relato trenzado. Dibuja con paciencia materialidades de un aposento sembrado, herido y sin faldas. Es en verdad la nueva patria de mortales subyugados por el silencio, la soledad y el recuento.

Ella toma el preguntar de un anciano que explora interminables pliegos de números telefónicos impresos que al final de cada día tacha, como símbolo y evidencia de la pérdida. Discrimina en ángulo ancho y distanciada curvatura los empeños de un hombre que se resiste a dejarse doblegar por los dolores y la curvatura de su espalda tullida, recogiendo hojas secas de texturas inversas, vertidas en los grises de un patio colindante donde las sombras no tienen espacio ni claro aposento.

Son sucesivas fotos que encuadran los cercos de una habitación de sobrias posesiones, ocupados por camastros vestidos con mantas de aspecto grueso, que asumen la encomienda de desterrar los abultados fríos, los diálogos vedados, las noches de llantos discretos. Todo ello, ante la soledad que lo absorbe, emerge erigida como esa posesiva señora de pelos largos y grandes follajes que transita en los altares del silencio.

El retrato forma parte de ese tomar impresiones, pertinente para edificar con sabia y declaradas emociones los marcos de esta obra fílmica. Son rostros callados, balbuceantes, absortos en alguna estación o estratosfera finisecular, cuya simbología transciende en nuestro presente como parte de esas miradas que no percibimos o apenas notamos.

Para justificarlo, diría que nos atrapa ese andar de prisa pues parece que estamos dispuestos a tomar el mundo para nosotros y no para los otros. A esos rostros de luz y sombras los vemos en las portadas de las novelas de éxito, en alguna revista tomada de ocasión o en los derroteros de los telediarios que pintan delgados reportajes o crónicas inconclusas teñidas de mediocridad y caminatas con sabor a sal gruesa después de un largo aguacero.

Con La última estación, las piedras de sus ojos se clavan en los sonidos de la tristeza, en la sentida nostalgia, destrabando las esenciales preguntas de una verdad que no siempre queremos reconocer. Sobre todo, cuando se trata de escuchar con atención a los que hicieron la noche, los amaneceres tardíos y las tardes de domingo. Estos también son nuestros ancianos aunque no los conozcamos, no sepamos sus nombres y apenas se nos haya revelado escuetas evidencias de sus relatos quebrados.

Cristian Soto Hermosilla y Catalina Vergara, los autores de esta excepcional pieza documental, enfilan las grietas de sus miradas hacia el cobertizo de un entierro, hacia el espacio luctuoso de una funeraria. Dejan en soledad su cámara de improntas saliéndose de ese marco estrecho que predomina en la obra, para retratar el sentido de la pérdida, la luz que le acompaña y los pocos testigos que le asisten. Es un plano incólume, impasible, empeñado en tomar los sonidos destronados y las fuerzas que le amordazan. Entonces se revela, tal vez, la ausencia de muchos amigos, los abrazos de un familiar que asiste desprovisto de adjetivaciones rocosas tras el precio del tiempo, del más enardecido tiempo que no permite que le detengan su amotinada ruta.

Esta obra documental, de gran altura cinematográfica, toma de las energías que distinguen a la escritura de un diario por ese empeño de registrar lo que allí sucede. Resuelto con cerradas narrativas sin intervenciones floridas y tecnologías al uso, despojada de la letra muerta que define al glamour insulso, descorchado, vestido de vago nihilismo. Con este texto se imprimen preguntas, aciertos, desvelos, verdades y ese esencial cometido que le asiste al género: cultivar los sabores de la vida en nota fílmica.

Tomado de Pensar el cine de: http://www.cubarte.cult.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

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Gema de Cuba. Testimoniar desde la emotividad. Por:...

Fotograma de filme Gema de Cuba. Directora: Estela Bravo

Fotograma de filme Gema de Cuba. Directora: Estela Bravo

El trazo personal en la articulación del documental es uno de los rasgos característicos del género. Un precepto que no entra en contradicción con la naturaleza colectiva de su realización, con los muchos que participan y aportan a su evolución hasta el arte final.

A la no ficción se le atribuyen singularidades en la composición, excepcionales soluciones estéticas o modos narrativos de desarrollarla, capítulos esenciales que la redimensionan como puesta audiovisual. Son también parte de los predios distintivos que afloran desde las raíces del creador el sello, el acabado tono, el sentido sociológico, cultural e ideológico de la obra, la intencionalidad de su escritura.

Desde una mirada global, los documentales han de ser textos contrastables, icónicos, sugerentes, sentidos. Todos estos atributos parten de un guión o escaleta que sirve de ruta, de un mapa de singulares estructuras muchas veces cartografiado por apuntes, entrelíneas, dibujos de valores o signos  vestidos con recortes.

En el proceso de montaje quedan los descartes que podrían habitar en otros soportes estéticos: piezas literarias, pictóricas, periodísticas o performances, entre otros. Todos ellos se integran en esa necesaria biblioteca cada vez más digital (concebida para la socialización del conocimiento y la memoria colectiva) que el tiempo redimensiona, multiplica en archivos globales.

Las emociones en los filmes documentales no entran en contradicción con sus vitales esencias, no deslegitiman la veracidad del discurso, aunque la estructura narrativa que define al género ha de responder a los términos que le son propios. Algunos de ellos son la veracidad, el uso de las fuentes, el compromiso con los principios del periodismo; sin olvidar la construcción jerárquica de los argumentos que sostiene la pieza fílmica, elementos recurrentes para que la narración se arrope de legitimidad discursiva y vigencia frente a la historia que juzga, hace preguntas.

Todas estas ideas entroncan con la emocionalidad que distingue la obra documental de la cineasta norteamericana Estela Bravo. Una sustantiva filmografía que ha contado con la escritura cómplice de su compañero, el argentino Ernesto Bravo, hacedor de historias, narrativas, discursos. Cultor de palabras hechas imágenes universales, imprescindibles para la memoria social, política y cultural de Cuba y de Nuestra América.

Los que se fueron (1980), Una bella misión (1982), Los marielitos (1983), Niños desaparecidos (1985), El regreso a Chile (1986), El santo padre y la gloria (1986), Niños endeudados (1987), Miami–La Habana (1994), Los excluibles cubanos (1994), Fidel. La historia no contada (2001), ¿Quién soy yo? Los niños encontrados de Argentina (2007), Operación Peter Pan (2008), son tan solo 12 filmes escritos por estos cultivadores del género como selecta antología de una obra mayor, signada por esa explícita sensibilidad y el renovado talento que acompaña a los esposos Bravo, unidos también, para hacer con su arte una humanidad mejor.

Sobre Estela Bravo excepcionales intelectuales se han expresado con curtida oralidad y encendidas adjetivaciones que dimensionan la hondura de su labor cinematográfica. El escritor uruguayo Eduardo Galeano, el cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, el folklorista norteamericano Pete Seeger, el también escritor uruguayo Mario Benedetti, el dramaturgo inglés Harold Pinter, el poeta cubano Nicolás Guillén o el cineasta argentino Eliseo Subiela, son tan solo algunos de los que forman parte de ese abanico de construcciones discursivas que dibujan las fortalezas de la cineasta. Hombres y mujeres universales de agudas palabras que expresan probadas certezas de ejemplares síntesis a tono con su labor creativa.

De todas ellas, la más completa y que entronca con su filme Gema de Cuba (2016) es la sentencia expresada por la escritora norteamericana Alice Walker quien desnuda con llano desenfado y estatura intelectual a la documentalista: “Los filmes de Estela Bravo son la obra de un corazón inteligente; es conmovedora, informativa, desafiante, todo a la vez; el espectador se siente igualmente tan inteligente y compasionado-firme, como ella es”, revela la autora de El color purpura.

Estos son parte de los atributos y valores presentes en el más reciente documental de Estela Bravo, narrado en primer plano con los excepcionales testimonios de sus protagonistas, con los documentos que habitan en esta puesta, tejido con una estructura redimensionada, jerárquica, discursiva. Son historias y hechos que hasta hoy fueron revelados en parte, siempre inconclusos, que el tiempo los ubica en la memoria de nuestras vidas, en el evolucionar de nuestras palabras, de nuestros encendidos argumentos.

Gerardo Hernández, un cubano luchador antiterrorista y su esposa Adriana Pérez son el punto de partida de esta historia fílmica. Él es un excepcional hombre que estuvo preso injustamente por más de 15 años en las cárceles de los Estados Unidos.

Desde sus argumentos el documental evoluciona y se fortalece. En él se revelan intimidades, recuerdos, adversidades, empeños de un héroe que supo penetrar en el entramado de los grupos terroristas cubanoamericanos radicados en Miami. Un combatiente de la Revolución que con su hacer, junto a otros cuatro compatriotas, desarticuló varios planes violentos organizados contra la Isla, que hubieran anulado la vida a hombres y mujeres de la nación cubana.

Estela dibuja, hurga y discrimina en tono fotográfico la sensibilidad de sus personajes. Para su documental se apropia de gestos cautivos, sentidas palabras, llantos que son partes de las huellas de un recuerdo dimensionado, de muchos recuerdos puestos en el virtuoso tejido del documental como parte de una delgada (y bien construida) pátina que subraya las sobrias envolturas de su texto audiovisual.

Emplaza a los protagonistas ante las cámaras de multiplicados encuadres, ubicando los silencios como nítidas transiciones de entregas que tienen letra propia. Son secuencias que engarzan un pasaje con otro, que no siempre respetan la temporalidad, la evolución de los hechos. Se apega a significar lo que resulta esencial, a revelar en el recuadro cinematográfico lo verdaderamente trascendente, lo probadamente icónico.

En este documental las escrituras cinematográficas son de acento biográfico, de valor historicista, imbricando lo periodístico con lo asertivo del género, ese que responde a los preceptos de la verdad. Se impone lo ético en esta pieza. La narradora fílmica teje con sobrio cuidado las experiencias vividas por esta pareja de cubanos con apego a la lealtad y a los principios que ellos defienden, en sintonía con el discurso de valores humanos predominante en cada minuto de este audiovisual.

Para el testimonio, Estela y Ernesto Bravo apelan en el documental Gema de Cuba a una cuidada presencia de otros participantes. No se regodean en una suma abarcadora de entrevistados como recurso fortalecedor de los argumentos del filme. Cuatro, más bien cinco, son suficientes para cerrar esta pieza.

Con una aparición indistinta, equilibrada, gráfica, les dan voz a dos intelectuales y políticos, protagonistas de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Ricardo Alarcón, expresidente de la Asamblea Nacional de Cuba y Wayne Smith, exjefe de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en Cuba.

Ellos son convocados para apuntar sobre algunos hechos vinculados en torno a la vida de Gerardo y Adriana, y sobre algunos pasajes de la historia entre los dos países. Pero además, para abundar sobre el rol de los otros cuatro combatientes antiterroristas de la Revolución cubana que ostentan, merecidamente, el título Héroe de la República de Cuba: Antonio Guerrero Rodríguez, Fernando González Llort, Ramón Labañino Salazar y René González Sehwerert, junto Gerardo Hernández Nordelo.

Los cinco son parte consustancial de la historia del filme, no solo en imágenes, también desde el sentido testimonio de Gerardo Hernández que tuvo palabras de horonda envoltura para sus compañeros. Hombres de lucha y honor que vivieron el injusto cautiverio.

Siguiendo la traza de los testimonios, Estela Bravo pone en cuadro apretado al Senador de los EE.UU. Patrick Leahy y a su esposa Marcel. ¿Por qué la realizadora audiovisual hace un aparte con estos entrevistados en esta pieza fílmica? ¿Qué significado encierran en la historia de Gerardo y Adriana el matrimonio estadounidense?

El protagonista cinematográfico de esta entrega documental estaba condenado a dos cadenas perpetuas, más 15 años de prisión por cargos que no tenían ningún sustento jurídico, una condena que le imposibilitaba su retorno a Cuba. En este plano de la historia se ubica Adriana, empeñada, aun en estas circunstancias, en fundar una familia. Un asunto de claro cimiento humano, limitado por el agravante de que en las leyes federales de esa nación se destierra toda posibilidad de visitas conyugales.

Patrick y Marcel Leahy, responden a esa demanda de Adriana y median en la materialización de un sueño, de un gran sueño, cuyo final fue el nacimiento de Gema, la hija de los dos. La cineasta documental significa un capítulo relevante, universal: lo humano ha de predominar en las relaciones entre los estados, entre los gobiernos y sus pueblos.

Se impone un aparte sobre Danny Glover, el actor norteamericano que hizo suya la lucha por la liberación de los cinco antiterroristas cubanos. Estela y Ernesto Bravo desdoblan la cámara para poner en lugar la figura de este hombre leal, comprometido, sensible. Desde esos atributos lo retrata la pareja de cineastas con una simbiosis de planos reporteriles equilibrados con la entrevista vibrante, biográfica.

El pliegue narrativo en estas escenas subraya la solidaridad de este gran hombre que puso en valor la constancia de su entrega, el sentido de sus actos por la liberación de cinco cubanos. En estas escenas, impera el desenfado, el desdoblado recuento, la emotividad discursiva, la búsqueda de la palabra precisa, las razones de su complicidad.

Son secuencias erguidas en la que subyace un asunto mayor, la inmensa solidaridad internacional que secundó esta lucha y que los cineastas montaron sin lecturas panfletarias, sin textos inflados, tan solo con la sobriedad que saben dejar los planos humanos de la vida. Apuntaron hacia lo esencial, la apuesta de un hombre universal por los cauces de la verdad y la justicia. Todo ello sustentado por fotografías que revelan su confabulación por la felicidad de una familia.

Tras el visionaje del filme cabe preguntarse sobre las motivaciones que impulsaron a sus creadores para la realización del documental. Gema, la hija de Gerardo y Adriana es un buen pretexto, un punto de partida. Ella es la mejor expresión de la felicidad de una familia, de un sueño hecho verdad. Significa la concreción de una victoria y el comienzo de una vida. Otra etapa en la existencia de esta pareja de jóvenes cubanos comprometidos con su amor y con las ideas que comparten.

La obra pone en primer lugar a la solidaridad como expresión humanista que caracteriza al pueblo cubano; signa a la familia como esencial espacio donde han de forjarse los valores de la sociedad; revela capítulos trascendentales de la historia de nuestra isla sellada por la hidalguía y la entrega de muchos hombres y mujeres en diferentes períodos históricos.

Estela y Ernesto Bravo escriben un documental firmado bajo el compromiso, no siempre rubricado por otros cineastas, el de asumir una postura, una entrega vinculada al arte revolucionario, a los preceptos de una nación que los ha acogido como hijos ilustres tras más de cinco décadas de hacer por ella y por las causas más nobles que aún laceran a nuestro planeta. Estela y Ernesto Bravo han hecho suyo ese principio martiano que sentencia: “Patria es humanidad”.

Texto tomado de Notas del reverso de: http://www.lajiribilla.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

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Gloria Rolando: Una huella, un documento. Por: Octa...

Dialogo con mi abuelaLos cineastas asumimos como un regalo la existencia de documentos que sirven de punto de partida para el desarrollo de la obra cinematográfica. Son huellas de disímiles naturaleza que tienen un claro valor historicista, cultural, político o sociológico. Estas enriquecen sus significados con la construcción de la obra fílmica en una cartografía narrativa que ha de transitar desde el inexcusable carril argumental.

En su desarrollo, el arte documental se erige con relatos vertebrados, construidos como pátinas de luz y sustantivos sonidos, cuya marca ha de ser un punto de vista, o más de uno, con personal mirada. A fin de cuentas estos son, tan solo, esenciales atributos distintivos de la no ficción. Pero se impone edificarlos con creatividad, renovada textura y claro compromiso con las bases de sus cimientos ideoestéticos.

Estas huellas multiformes las aprecian también los comunicadores, arqueólogos, antropólogos e historiadores junto a otros especialistas de las humanidades, más el lector que valora el origen, la ruta y el sentido de una singular construcción fílmica. Pieza cuyo arte se desgrana en una estela de encuadres y puestas con acento en la palabra y el signo, recursos que jerarquizan su naturaleza artística. En este tejer de simbologías, la memoria es parte de la génesis de la esencial expresión cinematográfica.

Ella persiste a pesar de los equivocados pronósticos de muerte desatados como sonadas crisis de renacidos ciclos, tras más de cien años de andares. El cine documental evoluciona erguido, vital, definitivamente necesario. Seguramente por esa virtud que le caracteriza, la de tocar en la llaga, arremeter contra los poderes globalizadores del capitalismo que pretende anular nuestras culturas: ricas, diversas, plurales, renovadas.

A manera de prólogo, sustantivos relatos y el imperioso epílogo, se revelan estas esencias creativas en el filme Dialogo con mi abuela, la más reciente puesta documental de la experimentada cineasta cubana Gloria Rolando, construido desde una huella secular.

En este filme la realizadora tomó los apuntes sonoros de una plática entablada con su entrañable abuela: la señora Inocencia Leonarda Armas y Abreu. Un dialogo que guardó en las texturas de una cinta de casete, que en nuestro presente se despliega con otras dimensiones, de renovadas certezas. Un texto vertido desde trazas narrativas con acentos biográficos.

Desempolvar los sustratos de un documento, ponerlos en tonos conversos y enrumbadas historias de vida, erigir discursos desde crecidas vertientes iconográficas y sólidas interrogaciones, son parte de los aciertos de esta pieza fílmica que afina las emociones calando en los recuerdos del silencio para construir memoria.

La autora ha narrado su historia desde las fuerzas estéticas que jerarquizan lo transcendente en el abordaje de un tema, o muchos. Todo ello forjado por una escritura de claro humanismo y reveladas emociones, imprescindible para tocar los más recónditos vericuetos de nuestra cultura social.

Todas ellas discurren desde los pastos de la evocación, la necesidad de historiar los orígenes de su familia y apuntar sobre esenciales capítulos de la racialidad. Todo ello sin desconocer algunos episodios de la nación cubana, edificados como obra de arte a partir de recursos ideoestéticos contemporáneos.

En este documental lo onírico entronca con la metáfora, ante la ausencia de su abuela. Las historias ficcionadas son escritas con trazas de luz y sobrias reconstrucciones de época, erigidas desde los tapices del ya mentado recurso del documento, de muchos documentos. Sin dudas, atinadas estrategias discursivas y soluciones dramáticas reconocidas en este género cinematográfico.

La fascinación por las fotos de la protagonista pintadas como exquisitas puestas en escena, el dialogo fortalecido por la grabación revelada, los interiores de “su casa” reconstruidos en algún lugar que engarza con los espíritus de su querida Inocencia, son parte de esa arquitectura narrativa que busca legitimar lo pasado y trascendente.

No se trata de pintar con aires de virtualidad o falso goce de lo antiguo, se empeña, y lo logra, poner en primer plano las palabras de una mujer sabia que vivió los ardores de una época (principios del siglo pasado) marcada por la discriminación, la exclusión social y el agrio sabor de ser pobre.

El Grupo Vocal Baobab, invitado por la realizadora de este filme, es convocado para interpretar cantos tradicionales del espiritismo cubano. La agrupación protagoniza varias transiciones como acertado recurso narrativo y de puesta en escena. Sus integrantes asisten dotados de una singular teatralidad que se revela como entonaciones reflexivas, vitales para hacernos transitar por los variados ejes temáticos donde lo anecdótico evoluciona por esa intencionada búsqueda de lo significante. La presencia de la agrupación en espacios interiores y escenarios naturales responde al empeño de componer una diversidad visual, coherente con el trazo expresivo del filme y con la historia socio biográfica de la abuela.

Inocencia es también un pretexto para situar en nuestra memoria presente pasajes poco acreditados por la historia. Son sucesos vividos o conocidos por la protagonista que la autora del documental escribe poblados de argumentos, fortalecidos por un trabajo de investigación en el que la lente fotográfica y el pensado montaje se revelan como ejemplares actores.

Las sociedades clasistas de principios del siglo XX de la natal Santa Clara de su abuela, las maneras en que fueron abordados por los medios de la época los conflictos y las diferencias sociales que les caracterizó, la fotografía de la exclusión por el color de la piel, son parte de ese abanico argumental construido con un discurso de sentido aplomo, pero también de entereza. De indignación ante los pretéritos hechos que al ser revelados, invitan a buscar otras lecturas sobre esas epopeyas, narradas en este filme como apuntes cursivos de valor historiográfico.

La ficción como puesta en escena, la jerarquización de los mentados documentos, el entrecruzamiento de la gentil voz de la abuela; son partes de ese mejunje integrador que busca trasportar a los espectadores contemporáneos a los espíritus de una período consumado. Un diámetro cinematográfico donde la música toma particular fuerza acompañada del bolero y el danzón, géneros musicales erigidos como voces y aliento de su tiempo.

Subyace también otro tema en Dialogo con mi abuela, un asunto que importa en una etapa en la que los valores transitan caóticos y esquivos: la familia, el altar de la familia. Ese espacio vital de luz y palabras, de enseñar y aprendernos desde la virtud y el respeto por nuestros padres, nuestros ancianos, nuestros más ejemplares ancestros. Asunto tejido ante los lectores desde una medular escritura donde la cineasta, por momentos, es justificada protagónica.

Son textos emplazados, asistidos por fotos y anécdotas que se avistan en tono de símil hacia los derroteros de nuestro presente. Gloria Rolando alerta y ejemplifica la necesidad de jerarquizar ese gran corazón de la sociedad cubana, el de todas las sociedades.

Es parte de los cometidos de este filme subrayar la legitimación social y cultural de nuestros afrodescendientes en la sociedad cubana contemporánea. Lo simbólico es tomado como recurso por la documentalista para entregarnos una escena cargada de indignación. Figuras de artesanía que hoy son comercializadas en espacios turísticos con empaques pensados y proyectados para “reflejar” la cultura de la Isla, es arremetida contra el suelo en claro mensaje contra el estereotipo o lo marcadamente sexista.

La virtuosa creadora fustiga la vulgarización y el facilismo “estético”, ese que pretende inocular el mal gusto con figuras maniqueas y adornos generadores de propuestas estériles, claramente mediocres. El argumento comercial no vale para sostener su presencia.

Esta meritoria producción cinematográfica que ha contado con el respaldo del ICAIC, se incorpora como renovado apunte para reflexionar entre nosotros, sobre ciertos comportamientos subyacentes en la sociedad cubana contemporánea, donde afloran claras expresiones discriminatorias, racistas, inaceptables para la obra y la historia de la Revolución, forjada por la hidalguía y el talento de sus mejores hijos.

Tomado de Notas del reverso de: http://www.lajiribilla.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

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Sala Estorino le abre las puertas al cine cubano. P...

La compañía teatral La Colmenita en la sala teatro Abelardo Estorino

La compañía teatral La Colmenita en la sala teatro Abelardo Estorino del Ministerio de Cultura de Cuba

En una reciente nota de prensa publicada por el ICAIC, se anuncia la apertura de un espacio para socializar el cine cubano: la sala Abelardo Estorino, teatro que acoge en su sede el Ministerio de Cultura.

Si miramos el concepto de trabajo comunitario, visto desde la perspectiva de lo periférico, esta acertada idea desmonta toda la arquitectura teórica del término para articular con la praxis la política cultural de la nación, sin dudas, la más útil de todas las posibles.

Esta línea de programación artística que se suma a las ofertas de artes plásticas, teatro, música, y otras presentaciones especiales, redimensiona las funciones de una institución constituida para concebir y gestionar las políticas culturales de nuestra Isla. Un organismo administrativo que, desde la coherencia, responde a la idea de que cada espacio posible, es un espacio de cultura.

Esta pequeña sala equipada con los mínimos que exigen las tecnologías del proscenio y lo digital, es también un centro geográfico del arte y la cultura de la nación, necesaria para construir el gusto, cultivar el talento, socializar la lectura, entendida esta última más allá del libro. A fin de cuentas, cuando dialogamos con una propuesta artística o cultural, hacemos eso, leer. La invitación para el cine cubano, será el tercer viernes de cada mes, a las 6:00 p.m. Las puertas del Abelardo Estorino están abiertas.

Tomado de: http://www.lajiribilla.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubadebate, Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

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Esteban: acordes para un sueño. Por: Octavio Fraga ...

Reynaldo Guanche en Esteban, opera prima de Jonal Cosculluela. Fuente: www.estebanlapelicula.com

Reynaldo Guanche en Esteban, opera prima de Jonal Cosculluela. Fuente: www.estebanlapelicula.com

Resulta muy alentador ver un filme cubano producido en el 2015 desmarcado de esa escritura redundante que, desde la fotografía, dibuja estratos marginales, escenarios barrios bajeros o periféricos. Este último término, muy usado por articulistas en textos de envoltura ensayística para “resolver” las múltiples aristas de estas zonas de la sociedad contemporánea. Se impone una obviedad, respeto la libertad del creador en asumir ópticas, ángulos o puntos de vista y las maneras de construirlo.

Estos necesarios capítulos temáticos en nuestro cine se erigen desde construcciones escénicas y tomas fotográficas, alineados a códigos narrativos de jerarquizada intencionalidad. Son apuestas que construyen entramados sociales poblados de identidades y valores, en ocasiones singulares o claramente irrepetibles, fortalecidas por la hondura de los personajes, aunque no siempre con un acabado un artístico.

A los cineastas nos asiste el deber de construir audiovisuales más allá de ciertos tópicos sociales. En nuestra isla, estos temas suelen ser resueltos con repetidas fórmulas clonadas de variaciones estructurales. Dichas escrituras, provocan en determinados lectores fílmicos denotadas expresiones de saturación. Son propuestas que reflejan, a priori, el desconocimiento de otras rutas de la sociedad que distinguen a la nación. Igual de complejas, claramente plurales, ricas en matices dramáticos que amerita explorar.

Ante una mirada foránea condicionada por más de cinco décadas de permanente desinformación sobre la realidad nacional, dichas apuestas fílmicas quedan selladas con una pátina que se podría acuñar como “esto es Cuba”. A fin de cuentas, un texto audiovisual retrata fragmentos de una comunidad, de un tiempo, de una historia, de una vida.

Son la diversidad temática y los renovados recursos estéticos dos buenos itinerarios para cartografiar los disímiles ángulos que caracterizan a toda sociedad. Ella nos exige un abanico mayor de obras fílmicas para “satisfacer” esa lectura siempre compleja, construida desde las vivencias.

Nuestra Isla se distingue por una pluralidad de perfiles sociológicos, reestructurados por singulares procesos culturales, religiosos, migratorios y generacionales; algunos inéditos en el desarrollo de la obra social de la Revolución, sobre todo en estos tres últimos lustros. Una evolución mermada por los efectos del Bloqueo económico, comercial y financiero impuesto contra nuestro pueblo por el gobierno de los EE.UU. La consecuencia más visible es la ralentización de la economía con claros efectos en la sociedad y la vida de los que somos parte de esta nación del Caribe. Dicha política ha revelado sustantivas grietas en la soberanía de los gobiernos que asumen posturas de complicidad y acciones de “buenos vecinos”.

¿Es deber de los creadores audiovisuales la construcción fílmica de espacios marginales, escenarios barrios bajeros o periféricos? La respuesta es obvia, pero exige la búsqueda de nuevas formas narrativas, renovadas soluciones artísticas y la contextualización de los abordajes. Todo ello atemperando nuestra revolucionada sociedad que no pierde sus anclajes, los principios que le asisten y valores que la distingue como nación de una sólida historia y cultura.

El conflicto y el drama, recurrentes bases dramatúrgicas, son tan solo dos ingredientes demandados por los cineastas para la cimentación de textos audiovisuales. Estos recursos entroncan con la más reciente entrega del cine cubano. Esteban, opera prima del joven realizador Jonal Cosculluela construye una historia que no desconoce nuestra realidad social; discurre por los derroteros del empeño, por la búsqueda y materialización de un sueño. En el filme los escenarios (urbanos) son fotografiados distantes de los colores lúgubres y sórdidos de aquella reiterada filmografía.

En esta película se retratan espacios cerrados y escenarios citadinos desde los equilibrios de luces y sombras legitimadoras de otras zonas de nuestra sociedad, cuyas texturas no han sido tratadas con la necesaria recurrencia. Sin embargo, Esteban es un texto cinematográfico de distintivos retratos humanos, necesarios para la jerarquización de sus estructuras narrativas.

La sencillez de la historia no le quita brasa al filme. El protagonista, un niño de nueve años, interpretado por Reynaldo Guanche, es el eje de la puesta cinematográfica. Pero Esteban no es un niño común, por su notoria seriedad y revelada introspección (resuelta con agudas pausas en su desenvolvimiento escénico). Nos muestra, para su edad, singulares trazos de ética y sensibilidad tejidos con una cuidada sobriedad, diseñadas para el encantamiento.

Dichas particularidades del personaje no pasarán inadvertidas ante el espectador fílmico. Su desarrollo está construido con singulares formas de expresión corporal acordes con la identidad y el estrato social en el que se desarrolla.

Una necesaria contraparte es Miriam, la madre del protagonista, encarnada por la joven actriz Yuliet Cruz. Mujer separada del padre de Esteban que encara el sustento económico desde la alegalidad. Se dedica a vender productos de origen incierto en la calles de su barrio y estimula esta opción en su hijo para solventar la economía familiar.

Esta otra protagónica muestra a su personaje desde un amplio registro actoral. Responde a las exigencias del guión atemperando modos, gestualidades, expresiones, movimientos escénicos que adquieren valor significante en los espacios interiores donde se desarrolla el filme.

Construye una madre creíble, inexperta, aturdida por momentos, justificada por un guión de íntimos abordajes y bocadillos desconocedores del texto panfletario. La actriz Yuliet Cruz dibuja con talento la profunda soledad de su personaje y los hondos vacíos de comunicación, que por momentos le estremecen ante su hijo, demandante de un sueño.

El signo distintivo de su desarrollo como intérprete en Esteban es la cuidada evolución actoral, ante un texto que le exige pasar por diversos estadios forzados por la impronta del niño y los retos de la cotidianidad. Un mérito asociado también al guión, cuyo autor no desconoce los resortes que definen las claves de su escritura y a la par, la dirección de actores, esencial para una pieza de pocos intérpretes.

Los causes y contrapesos dramatúrgicos que va desatando el niño son resueltos por Yuliet con desenfado, hondura actoral de cuidada resolución escénica, legitimando su crédito como actriz que imprimió una ejemplar experiencia artística en Conducta, de Ernesto Daranas.

El triángulo de actores protagónicos que distingue al filme de Cosculluela cierra con el experimentado Manuel Porto. Su personaje Hugo es el catalizador de una puesta que en el primer tercio del tiempo evoluciona con delineaciones horizontales, sin grandes giros y resortes dramáticos que apunten hacia lo sustantivo del conflicto. Un guión que pudo ser redimensionado por algunos cortes en tramos donde se repiten situaciones escénicas o ser resuelto por cauces conflictuales. Me refiero a las secuencias del personaje Esteban en su andar por su barrio.

Hugo es un hombre de carácter muy fuerte y sufre de limitaciones motoras para su cotidiano desarrollo. El azar puso en el habitual camino de Esteban a este profesor de piano; escucharlo fue pretexto para un primer punto de giro. Aprender a tocar este instrumento se convierte más tarde en el empeño por la conquista de un sueño.

Manuel Porto nos confirma su probada capacidad de asumir cualquier personaje. Lo construyó escenificando a un hombre creíble, de justificadas variaciones en sus estados de ánimos (resueltos también en los andares por su casa, pintada por el abandono, la suciedad y los significativos recuerdos de su vida). Un maestro alejado de los acartonamientos y las vestiduras de mármol. Sumido en sus angustias personales y el dolor por una perdida familiar.

Los primeros encuentros entre Esteban y Hugo se desatan sinuosos. Eso sí, enriquecidos por este dueto de actores que asumen, desde la singularidad de sus personalidades, los desafíos y obstáculos que cada uno le pone al otro. Un desarrollo actoral bien plateando en el guión que el realizador Jonal Cosculluela supo encauzar, al sacar partido a los diálogos escritos por Amilcar Salatti. Son parlamentos que emergen horondos y atemperan las curvas dramáticas, claramente fortalecidas en este estadio del filme.

Se impone retomar entonces la presencia de Miriam (la madre de Esteban) en esta ruta cinematográfica, cuya participación y desarrollo amerita ser descubierta en la gran pantalla. Bocetada en la primera parte del texto, el personaje se nos revela en un primer momento como el elemento oponente de los sueños de Esteban. Una actitud que desatará no pocos análisis, controversias o replanteamientos sobre la responsabilidad de la familia (en primerísimo lugar) ante su hijo y la sociedad. Esta última ha de acompañar, encauzar, construir esenciales puertas para el desarrollo de los infantes.

La obra fílmica expone fuerzas comunicantes y también opuestas para la materialización de los sueños, sin dudas, esenciales para la evolución de los seres humanos.

Esta transita por diversos capítulos dramáticos en los cuales la fotografía asume un rol predominante, medular. Sobre todo en el uso de la luz pensada y diseñada para las escenas interiores donde se trazan sombras y detalles que apuntan a la singularización de los personajes. Una labor artesana de puesta en escena, materializada por Lianed Marcoleta, quien apela a un diapasón de encuadres, haciendo énfasis en los tonos que dibujan los rasgos de personalidad y las motivaciones de los actores. Son intérpretes envueltos en espacios desprovistos de fugaz de neón para edificar autenticidad, sin exacerbado dramatismo.

Resulta vital para el filme el exquisito trabajo de Chucho Valdés quien asumió el encargo de Maritza Ceballo, la productora del filme, y Jonal Cosculluela. Este trasmitió al maestro algunas pautas acerca de los derroteros y entronques de la dramaturgia cinematográfica.

Las piezas musicales logradas calibran emociones, distinguen los ejes medulares de las escenas, describen espacios con notas que nacen de la sobriedad, edifican atmosferas o giros dramáticos y subrayan también el curso final de esta entrega. Un cierre sentido, de agudas lecturas, que no deja incólumes a los lectores cinematográficos. Las composiciones musicales de este filme hacen de las suyas para poner en contexto y en renovado tiempo el sentido del filme.

El joven realizador Jonal Cosculluela asumió con dignidad y clara entrega su opera prima. Entendió lo que resulta sustantivo en el arte cinematográfico y delineó algunas de las vitales esencias que le caracterizan: el sentido social del cine y la responsabilidad del cineasta con el lector fílmico. Un cine y sus creadores, que ha de jerarquizar un diálogo crítico constructivo, previsor en el abordaje de temas sociales ajenos a los códigos manidos de fáciles lecturas.

En la producción de esta pieza cinematográfica participan el Instituto Cubano de la Música, RTV Comercial y Mediapro (de España), con la colaboración de la Asociación Hermanos Saíz y la embajada de Noruega en Cuba. La mayoritaria presencia de instituciones cubanas asociadas a dicho proyecto artístico confirma la valía de esta praxis para el fortalecimiento del cine cubano, que demanda soluciones creativas y voluntades de productores nacionales y de otras entidades culturales en favor del cine, en un período global marcado por la esquizofrenia de los contenidos y la “perfección” de las formas.

Tomado de la sección Notas del reverso de: http://www.lajiribilla.cu

*Licenciado en Comunicación Audiovisual (Instituto Superior de Arte). Editor del blog CineReverso. Productor y guionista de cine y televisión. Articulista de la revista cultural La Jiribilla. Colaborador de las publicaciones Cubadebate, Cubarte y Cubainformación, esta última de España.

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