Santiago Álvarez, la genialidad del artesano

“Un hombre o un niño que se muera de hambre o de enfermedad en nuestros días no puede ser espectáculo que nos haga esperar a que mañana o pasado mañana, el hambre y la enfermedad desaparezcan por gravitación. En este caso inercia es complicidad: conformismo es incidencia con el crimen.”

Santiago Álvarez

Santiago Álvarez (La Habana, 1919 – 1998), es de esos hombres que podría presumir de inequívoca grandeza, pero su coraza humana enarbola el manto de la humildad. Lo conocí cuando las canas le poblaban la envoltura de su pelo y su postura de acento sereno, avistaba la pose de un sabio curtido por la ruta de la vida. Cuando se explora en los oficios que antecedieron su prolifera carrera cinematográfica, los estereotipos saltan por los aires. Con 15 años fue aprendiz de cajista y linotipista, su pasión por la radio lo llevó a dirigir una hora dominical en dos emisoras. Su marcha hacia los Estados Unidos, le trajo la experiencia de lava platos y el duro batallar en las minas de carbón de Pensilvania.

Tras el triunfo de la Revolución en 1959, regresa a Cuba y funda junto a otros intelectuales la sociedad cultural Nuestro Tiempo y luego el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), donde creó el Departamento de Cortometrajes y dirigió el Noticiero ICAIC Latinoamericano por más de veinte años.

Autor de 600 noticieros y casi 120 documentales, resulta imposible desarrollar una exhaustiva valoración de su trabajo en estas páginas, pero su obra amerita la escritura de estas líneas. Se podría afirmar que fue un creador con una arrancada tardía, pues su primera obra cinematográfica la realizó con 42 años.

Su documental Now (1965), aborda la discriminación racial en los Estados Unidos, está pieza cinematográfica está considerada por los especialistas del género como pionera del video clip actual. Este trabajo de tan solo 6 minutos, discurre bajo la voz incorruptible de la cantante Lena Horne. En esta puesta, prima el contrapunteo imagen/banda sonora, tejida con la precisa contundencia para convertir el discurso en una cerrada denuncia.

Es un filme construido bajo la estética de un artesano que no desecha nada, por muy intrascendente que pueda parecer. En un breve espacio de tiempo, toma prestado fragmentos de periódicos, imágenes de telediarios, fotos que configuran un texto genuino y renovador dentro del lenguaje cinematográfico. Su lente se centra en un capítulo de la tragedia humana, distante del espectador que persigue el morbo de la tragedia como espacio de goce, como puerta de diálogo vacío. Apunta con precisión ante el horror de un período de la historia de los Estados Unidos, ejemplificado en la filosofía reaccionaria del gobierno de turno y el extendido movimiento de los Ku Klux Klan (KKK).

Con 79 Primaveras (1969), dibuja con acertada nitidez uno de los conflictos bélicos más horrendos de la historia: la invasión del ejército norteamericano al pueblo vietnamita. En este trabajo, revela su estética que roza la artesanía del concepto, la contrición del mensaje, la puesta que busca la culminación de una idea central y apela a todos los medios para resaltar ese arte final. En un singular apartado del texto fílmico, cuelga algunos fotogramas de soldados caminando por las selvas vietnamitas y en contrapunteo, pone en un pedestal el sonido de ametralladoras para al final destruir el fotograma. Santiago en esta pieza como en toda su filmografía, agudiza su postura y su punto de vista. Su relación con el género la define de la siguiente manera: “el cine documental no es un género menor, como se cree, sino una actitud ante la vida, ante la injusticia, ante la belleza y es la mejor forma de promover los intereses del Tercer Mundo”.

Otra pieza vital de su filmografía es: La guerra necesaria (1980). Recoge desde la estructura del testimonio, los antecedentes históricos y la preparación que motivaron la gesta de la Revolución Cubana. Una obra que se rodea del intimismo de sus narradores e interlocutores para desdoblar la compresión de los hechos convertidos en historia, en realidad presente. La palabra de Fidel Castro, Juan Almedida Bosque o Celia Sánchez Manduley, se enriquecen con el verso emotivo de los colaboradores que en México participaron en la preparación de la gran epopeya. Santiago dibuja la fotografía de este documental, hurgando en los perfiles de sus interlocutores, en la gestualidad de sus pausas, en la potencia o nitidez de sus voces favoreciendo la contribución de los testimonios, eje central de esta obra que contó con “actores de excepción”. Pero este sustantivo filme no renuncia a la dramaturgia de la música, la obra de Leo Brouwer, Silvio Rodríguez y el propio Juan Almedia Bosque –autor de importantes piezas de la cancionística cubana-, subrayan y enfatizan el sentido de filme que se define en si mismo como documento, una de las virtudes del género.

En la mayor parte de su obra de cine documental, está ausente la entrevista. En la construcción dramatúrgica de su trabajo recurre a las letras de las canciones, a la música y una diversidad de elementos expresivos que lo definen como artista renovador, un experimentador del género, distante del tono convencionalista que fatiga el acto creativo. Su discurso periodístico es incisivo y su obra se potencia por su genialidad como artesano del montaje.

Sobre la perenne dualidad entre arte y política Santiago definía: “La eficacia artística y política de una obra cinematográfica reside fundamentalmente en la clara posición ideológica con que ha sido realizada, porque en definitiva la forma se hace hermosa cuando se basamenta en un contenido hermoso y no se es artista revolucionario si se produce un divorcio entre contenido y forma”.

Entrevistó a importantes personalidades del mundo de la política y el arte como: Fidel Castro, el Che, Ho Chi Min, Salvador Allende y Agostinho Neto, al cineasta Joris Ivens, Santiago lo consideraba su maestro. Más de 80 premios avalan su inagotable obra. Fue nombrado maestro perenne de la prestigiosa Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, de La Habana.

Hombre fundamental en el que siempre destaca la fuerza de sus imágenes.

Georges Sadoul (Crítico e historiador cinematográfico).

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